(De América y la tierra)
![]() |
| Ilustración de Juan Borja |
-¡Cómo se ha puesto e bonita la niña!- Le decían las amistades a doña Eufemia, de su hija que estaba po' cumplir los dieciséi año. Y es que era cierto, porque su piel ya no tenía mancha de paspa y se le había formao bonito el cuerpo.
Aidé era do jaño' mayó que mí. Cuando éramo compañera jen la escuela, tenía un pelo largo y negrísimo que siempre estaba trenzao sobre la cabeza en un royo, oye, que parecía una piña. Su' pestaña eran también mu largas y lo’ ojos que parecían do capulíe briyante. Tenía uno labio má grueso que lo mío y eso que a mí me yamaban la bembona.
E'tábamos en el mi'mo grao, no hablaba con nadie y era muy apocá hajta pa' contestar cuando lo profesore preguntaban algo. Se quedaba callá y con la vista 'bajo y lo profesore se ponían bravo, oye, y la trataban de tonta o vaga. A mí no me parecía que lo fuera pero así fue que se fue que'ando e año ha'ta que su mamá la sacó e la escuela, en parte pa' que no sufriera y en parte po'que la edá ya no le permitía seguí con nosotra, que éramo má chica .
Aidé fue haciéndose “guambra”, como 'icen acá lo’ serrano.
Doña Eufemia, que sabiéndose la mamá de la muchacha más linda 'el barrio, estaba presumidísima. Tenía l'eperansa de que fuera una mujercita e su casa y así le enseñó los quehacere, la tenía metía entro e casa y no 'ejaba que ningún alzao se atreviera a mirala. Eya decía que algún día vendrá un señor europeo o gringo que viéndola a la chica tan guapa y reservá no dudaría en llevásela con él, eso sí, despué de celebrao el casamiento. Y cuando lo decía se nos hacía agua la boca con solo la idea del pedazo e torta que nos iba a convidá.
-¡Hmmm! Esto va terminá mal– murmuraba mamá Julia, poniendo la cachimba a un lado e la boca.
Yo sabía que mi hermano Vicente estaba reuniendo plata para podé invitala a tomá uno helado y se mataba estibando cajas en el puerto.
-Ve, Aidé– le decía, empinándose a la ventana de eya y ofreciéndole unas pieza de tela que conseguía yo no sé ónde– yo a ti te quiero, porqué no me dejas entrar a tu casa y hablar con tu señora madre. Yo vo a sé un hombre solo pa ti. ¿Es que no me crees? O ¿es que tú no me quiere?- Y eya se quedaba muda como cuando en la escuela le preguntaban algo difícil. Y así fue que le fue dando largas y más largas a mi hermano que de la pena empezó a ponerse flaco y seco como un palo. Mi abuela que tenía ojo 'e adivina decía: -¡Hmmm! Esto e obra de alguno que no quiero nombrá!- y me mandaba a mí a echá agua e romero y agua bendita en el umbral de las puerta' e la casa. También iba a echale humo e su pipa a los palo e fruta y al solar. Incluso me decía que usara lo interiore al revé.
Mientras tanto, Aidé ya no se asomaba má a la ventana.
Una noche, estaba yo profundamente dormía, ¡como nunca, oye! Tú sabe que yo tengo sueño ligero como el gato, pero esa vez me bía acostao tardísimo y rendía porque estaba cuidando a mi hermano que volaba en fiebre, y deliraba como enbrujao. Cuando e pronto siento un a sacudia e mi mamá Julia que estaba asustada y me ecía: -Tranca bien la puerta y ponte a rezá y por ningún motivo digas na' ni preguntes si oyes a alguien cantando bajo e casa.
-Sí mamá– le dije yo.
-¡Aidé!
-¡Aidé!- Gritaban lo hombre del vecindario, buscándola y abriendo a machetazo el monte. Es que Aidé había desaparecío de su cuarto sin dejá rastro .
Yo rezaba al Santísimo, a la Virgen, a las Trece Ánimas Benditas.
Lo' perro, ladraban desesperao y auyaban y rascaban con la' juña la parede.
Seguí rezando hasta que casi había amanecido, cuan en es, e’cucho yo cantá una vo’ de hombre. Yo al principio pensé que jera mi tío Cuchucho, pero era como gangosa, y entonse’ se me espelucó el cuerpo, y cuando espié por la rendija de la cañas del cuarto e mi hermano, alcanso a vé que se e’taba yendo a cabayo un enano con sombrero. -Tate-, ije yo-pa mí, que este, no é d’esta. Oye, es que cuándo se ha visto que se necesite usa sombrero a la lú de la luna.
Al final, amaneció, y no habían encontrao a Aidé.
Todo lo jombre de la vecindá, habían vuelto. Alguno, taban arañao po la’ ortiga’ y la hualanga.
Entonce, empezaron a decí las vieja, que se la había llevao el duende, porque uno día jatrá, Aidé amanecía con su cabellera hecha nudo y como tenía lo’ ojo grande, como le gustan al duende; el bonito se bía enamorao d’eya, así, que no recomendaban a la jotra muchacha dormí con el pelo bien peinao con agua bendita y lo interiores al revé y que cuando oigamo cantá a alguno, con una guitarra de una sola cuerda, cerca de la ventana a las tre de la mañana, que é la jora en que salen los aparcío a recorré el mundo, que cuando oigamo, nos santigüemo y avisemo a los grande o alguna mujé que haya probao marido pa que pregunte: “¿ere d’ejta o de la otra?” y ¡zape! le eche orine’, porque así, lo jahuyentaban.
Mija! este duende, era muy malicioso, pue' en las noche se metía en el cuarto de la muchacha que había elegío, pa peinala mientra jeya dormía. Pero el condenao no sabía hacé trenza, así que la peinada amanecía con uno’ nudo grandote. También andaba siempre a cabayo, pero uno podía sabé que no era un hombre ni alma de Dio, porque lo montaba al revé. Es que era tan feo que temía vé su propia cara cuando el animal se agachaba a bebé agua, y pa podé robase a la muchacha sin que ella se asuste, usaba un sombrero de ala jancha’, y si había algún pretendiente, el condenao, lo embrujaba, pa que se enfermara y se volviera loco. Y eso mismito, era lo que le taba pasando a mi hermano, así, que entre mi abuela, mamá y mi tías empezaron a jacé novena’ a la Santísima Virgen, pa rescatá al Vicente. ¡Pobre, mi hermano! ¡mese’ pasó en cama, con una tristeza bien honda!
Mientra tanto, la gente del barrio ‘ecía que, no hay que sé presumío, porque si no, le pasaba como a doña Eufemia, iba a misa todo lo día’ a rezá por su hija desaparecía.
A mí, una noche, me vino a cantá el Enrevesao, y yo, como no tengo miedo 'e nada, lo saqué en quema con meado calentico y le gritaba “¡La cera del Santíiisimo!”
Lídice Robinson
Buenos Aires, 25 de octubre de 2014

