domingo, 7 de diciembre de 2014

El enrevesao

(De América y la tierra)

Ilustración de Juan Borja


-¡Cómo se ha puesto e bonita la niña!- Le decían las amistades a doña Eufemia, de su hija que estaba po' cumplir los dieciséi año. Y es que era cierto, porque su piel ya no tenía mancha de paspa y se le había formao bonito el cuerpo.

Aidé era do jaño' mayó que mí. Cuando éramo compañera jen la escuela, tenía un pelo largo y negrísimo que siempre estaba trenzao sobre la cabeza en un royo, oye, que parecía una piña. Su' pestaña eran también mu largas y lo’ ojos que parecían do capulíe briyante. Tenía uno labio má grueso que lo  mío  y eso que a mí me yamaban la bembona.

E'tábamos en el mi'mo grao, no hablaba con nadie y era muy apocá hajta pa' contestar cuando lo profesore preguntaban algo. Se quedaba callá y con la vista 'bajo y lo profesore se ponían bravo, oye, y la trataban de tonta o vaga. A mí no me parecía que lo fuera pero así fue que se fue que'ando e año ha'ta que su mamá la sacó e la escuela, en parte pa' que no sufriera y en parte po'que la edá ya no le permitía seguí con nosotra, que éramo má chica .

Aidé fue haciéndose “guambra”, como 'icen acá lo’ serrano.

Doña Eufemia, que sabiéndose la mamá de la muchacha más linda 'el barrio, estaba presumidísima. Tenía l'eperansa de que fuera una mujercita e su casa y así le enseñó los quehacere, la tenía metía entro e casa y no 'ejaba que ningún alzao se atreviera a mirala. Eya decía que algún día vendrá un señor europeo o gringo que viéndola a la chica tan guapa y reservá no dudaría en llevásela con él, eso sí, despué de celebrao el casamiento. Y cuando lo decía se nos hacía agua la boca con solo la idea del pedazo e torta que nos iba a convidá.

-¡Hmmm! Esto va terminá mal– murmuraba mamá Julia, poniendo la cachimba a un lado e la boca.

Yo sabía que mi hermano Vicente estaba reuniendo plata para podé invitala a tomá uno helado y se mataba estibando cajas en el puerto.

-Ve, Aidé– le decía, empinándose a la ventana de eya y ofreciéndole unas pieza de tela que conseguía yo no sé ónde– yo a ti te quiero, porqué no me dejas entrar a tu casa y hablar con tu señora madre. Yo vo a sé un hombre solo pa ti. ¿Es que no me crees? O ¿es que tú no me quiere?- Y eya se quedaba muda como cuando en la escuela le preguntaban algo difícil. Y así fue que le fue dando largas y más largas a mi hermano que de la pena empezó a ponerse flaco y seco como un palo. Mi abuela que tenía ojo 'e adivina decía: -¡Hmmm! Esto e obra de alguno que no quiero nombrá!- y me mandaba a mí a echá agua e romero y agua bendita en el umbral de las puerta' e la casa. También iba a echale humo e su pipa a los palo e fruta y al solar. Incluso me decía que usara lo interiore al revé.

Mientras tanto, Aidé ya no se asomaba má a la ventana.

Una noche, estaba yo profundamente dormía, ¡como nunca, oye! Tú sabe que yo tengo sueño ligero como el gato, pero esa vez me bía acostao tardísimo y rendía porque estaba cuidando a mi hermano que volaba en fiebre, y deliraba como enbrujao. Cuando e pronto siento un a sacudia e mi mamá Julia que estaba asustada y me ecía: -Tranca bien la puerta y ponte a rezá y por ningún motivo digas na' ni preguntes si oyes a alguien cantando bajo e casa.

-Sí mamá– le dije yo.

-¡Aidé!

-¡Aidé!- Gritaban lo hombre del vecindario, buscándola y abriendo a machetazo el monte. Es que Aidé había desaparecío de su cuarto sin dejá rastro .

Yo rezaba al Santísimo, a la Virgen, a las Trece Ánimas Benditas.
Lo' perro, ladraban desesperao y auyaban y rascaban con la' juña la parede.

Seguí rezando hasta que casi había amanecido, cuan en es, e’cucho yo cantá una vo’ de hombre. Yo al principio pensé que jera mi tío Cuchucho, pero era como gangosa, y entonse’ se me espelucó el cuerpo, y cuando espié por la rendija de la cañas del cuarto e mi hermano, alcanso a vé que se e’taba yendo a cabayo un enano con sombrero. -Tate-, ije yo-pa mí, que este, no é d’esta. Oye, es que cuándo se ha visto que se necesite usa sombrero a la lú de la luna.

Al final, amaneció, y no habían encontrao a Aidé.

Todo lo jombre de la vecindá, habían vuelto. Alguno, taban arañao po la’ ortiga’ y la hualanga.

Entonce, empezaron a decí las vieja, que se la había llevao el duende, porque uno día jatrá, Aidé amanecía con su cabellera hecha nudo y como tenía lo’ ojo grande, como le gustan al duende; el bonito se bía enamorao d’eya, así, que no recomendaban a la jotra muchacha dormí con el pelo bien peinao con agua bendita y lo interiores al revé y que cuando oigamo cantá a alguno, con una guitarra de una sola cuerda, cerca de la ventana a las tre de la mañana, que é la jora en que salen los aparcío a recorré el mundo, que cuando oigamo, nos santigüemo y avisemo a los grande o alguna mujé que haya probao marido pa que pregunte: “¿ere d’ejta o de la otra?” y ¡zape! le eche orine’, porque así, lo jahuyentaban.

Mija! este duende, era muy malicioso, pue' en las noche se metía en el cuarto de la muchacha que había elegío, pa peinala mientra jeya dormía. Pero el condenao no sabía hacé trenza, así que la peinada amanecía con uno’ nudo grandote. También andaba siempre a cabayo, pero uno podía sabé que no era un hombre ni alma de Dio, porque lo montaba al revé. Es que era tan feo que temía vé su propia cara cuando el animal se agachaba a bebé agua, y pa podé robase a la muchacha sin que  ella se asuste, usaba un sombrero de ala jancha’, y si había algún pretendiente, el condenao, lo embrujaba, pa que se enfermara y se volviera loco. Y eso mismito, era lo que le taba pasando a mi hermano, así, que entre mi abuela, mamá y mi tías empezaron a jacé novena’ a la Santísima Virgen, pa rescatá al Vicente. ¡Pobre, mi hermano! ¡mese’ pasó en cama, con una tristeza bien honda!

Mientra tanto, la gente del barrio ‘ecía que, no hay que sé presumío, porque si no, le pasaba como a doña Eufemia, iba a misa todo lo día’ a rezá por su hija desaparecía.

A mí, una noche, me vino a cantá el Enrevesao, y yo, como no tengo miedo 'e nada, lo saqué en quema con meado calentico y le gritaba “¡La cera del Santíiisimo!”

Lídice Robinson
Buenos Aires, 25 de octubre de 2014

sábado, 25 de octubre de 2014

Un relato pa' dormí

-Mamitaa- resonó en la oscuridad del cuarto la voz de Ignacia

-Mmm, queeé?- la voz adormilada de doña América

-Cuénteme del costal de papas?

-¿Qué costal de papa'? 

-El que se cayó del puente.

-¿Pa’ qué? Ya te lo conté muchas vece’.

-Es que quiero dormirme.

-Mmm! Ta bien!- Doña America, acurrucó hacia su costado a su hija, y mientras se arropaban empezó

- Cuando tú, taba' en mi barriga, y yo no tenía ónde viví, le cuidaba la caseta de revista del Raúl Caisa, que estaba al ladito del puente del Cumandá. Iba todo el mundo a alquilá las revistas, yo ya sabía que a alguno que eran morbosos les gustaban las picantes. Ya me la jabía leído toditicas, desde las fotonovelas hasta, Kalimán, el Fantasma y el Negrito Memín, pero mis preferida jeran la policiacas, porque desde chica, yo quise haceme detective, pero la jodida de tu bi’abuela no me dejó e’tudiá. Oye, es que a mí me gustaba mucho la letura y la envestigasión.

Bueno, al principio, yo me iba a dormí en las noche al albergue pero, despué con mi panza, ya no podía subí, hajta El Tejar, entonce le dije al viejo Raúl, que me pagara para ime a un hotel, de esos barato que quedaban cerca de El Cumandá, pero viste que él era un viejo roñoso y en vez de plata propuso que me quedara a dormí ahí, mismo, en el kiosko, y que me iba a traé la comida. Yo pensé que estaba bien por un tiempo, pero después, ya no me traía la comida y me empezó acusá de que le robaba las revista, y cada dos por tré, me preguntaba, que para cuándo la criatura, que no le vaya yo a manchar na' cuando dé a lu’! Oye, cómo jorobaba, pero me aguanté porque no tenía ónde ime...

-Y el costal?- interrimpió, Ignacia

-Pérate, ya va! Yo acomodaba las revista como una cama y me acostaba, pero no podía dormí bocarriba, entonce poco a poco me levantaba y empezaba a dormí casi sentada, porque me faltaba es el aire, además, hacía un frío, y el ruido era muy juerte. Yo con mi oído e’ tísico escuchaba todo, hasta que me jui acostumbrando. Una noche, taba yo profundamente dormía, cuando siento que tú me pone los piese en la boca’el ejtómago y empezó a faltame más el aire, me levanto, lentamente y cuando me puse en pié, pululúm, siento que se viene el techo ‘e la caseta encima mío. ¡Diosito! El sujto que me pegué fue enorme, pues yo me quedé parada y las latas de zinc alrededor mío. En eso veo un bulto como un costal de papas sobre las latas. 

Yo escuchaba a la gente gritando –¡Auxilio, ¡¡¡saquen a la morena que duerme ahiií!!! Sáquenla que está embarasá!!!- y vino un montón de gente y yo les desía –Yo estoy bien! Yo estoy bien! ¡Ayuden a ese pobre hombre, antes que sea tarde!- y todos se fueron a vé si el costal de papa taba vivo, entonce, vemo, que el hombre se levanta, nos mira a todos como desorbitao, dijo no sé qué cosa y tambaleando se fue por el arco ‘e La Ronda… Ve, ¿ ya te dormiste? ¡Mmm! Hace rato que ronca la bonita…-

Doña América se persigna, bendice a su hija y se entrega al sueño, acaso reparador.

martes, 6 de mayo de 2014

La vaca negra


(De "América y la tierra")
-No te vaya’ Enrique.

- ¿Y por qué no me he de ir? ¿Quién va a traer la plata para comer?

-Por Dio’ te pido que te quede’, tengo un mal presentimiento, Enrique!

-¡Ya va! ¡Ya va a empezar!

-No te vaya’ que he soñaó con una vaca negra y eso quiere decí que va habé pelea.

-¡Bah, creencias! Vos me quieres meter miedo, y ¿qué si hay pelea? No te meterás nomás.

-La vaca estaba chorreando sangre, Enrique. Es grave soñá con eso. Quédate, quédate.

Y mientras doña América le perseguía relatando su sueño, Enrique llenaba una vieja lavacara de aluminio con agua y se aseaba para irse al Cumandá.

Ese día era el primero de clases en toda la sierra, pero Ignacia, no irá a la escuela.

No había plata para los útiles ni para la matrícula ni para…

La niña no comprendía por qué sus antiguos compañeritos la ignoraban ¡Sólo han pasado unas semanas! Y así ella cerró la ventana del cuarto, se sentó sobre la cama y observaba la discusión mientras el hombre preparaba su máquina de afeitar y convertía en espuma un jabón. Realizó el ritual de los hombres que huyen de las quejosas mujeres y los fastidiosos niños y se pierden bien lejos de sus moradas, en lo que sea. Él se refugiaba en el alcohol, que era el único amigo que le daba pan y lecho sin sudar en la simpleza del mundo, le mentía y le rasgaba la piel y el bolsillo con indolencia. Al anochecer cuando llegaba al cuarto, si llegaba, le esperaba una pantera asesina, agigantada y deformada por su visión etílica y fanfarroneando su hombría, por los ardores del agua, lanzaba también sus improperios, mentadas y también los golpes, pero la pantera era más fuerte que el gallinazo. Ignacia, en el medio, veía volar los cuervos de las palabras soeces salidos de un infierno oscuro y sobrecogedor. Luego, todo cesaba, con los conjuros entre dientes de doña América y los quejidos hiposos de Enrique. Afuera, los sapitos y el aullido de los perros denunciaban el silencio del barrio.

...
-Sí, trabajo dice él, cuando se ha visto que sea trabajo empinar la botella, en vez de quedarse solo por hoy, porque, seguro va habé pelea. Lo sueño nunca equivocan y yo tengo este pálpito Jesú María Santisima, y esta puerca sucia que no sirve ni pa prendé el fogón. A tu edá, tu hermana ya me llevaba el desayuno a la cama. Y el bonito, que lo único que hace es insúltame, darme dolor de cabesa, tate, va a venir borracho. Ya estoy cansada. Esto no me lo merejco. Un día d’esto’ me largo pa mi tierra y se quedan lo do, a ver…- Así estaba doña América, refunfuñando cuanta letanía atinaba a pasarle por la mente cuando se oyó por la puerta que daba al patio unos golpecitos y la voz endulzada de la vecina del terreno de al lado.

-Vecina Meri!, ¿Se puede?

-Diga vecina Blanca, pa qué soy buena.

-Aquí que vengo a pedile un favor bien grande.

-Diga nomás qué se le ofrece- respondió doña América tratando también de afinar su voz.

-Que me dé viendo al Roberto y a la Magali. Yo le he de pagar cuando vuelva.

Verá, es que como ya está bien viejita mi suegra se ha caído y se ha roto la cadera, y como el mío está de viaje, toca ile a cuidar en el hospital.

-No se preocupe vecina, yo se los cuido.

-Me shevo al Mauricio, ahí le dejo ya preparada la mamadera pa la Magali cuando se despierte. Ah, y hay comida, calentarále y serviránse usté y la suíta, nomás. Al Roberto ya le dejo comido y stá viendo la televisión.

-Ah, bueno vecina, vaya nomá tranquila que ahorita subo.

-Taluego.

-Taluego.

Las comadres se despedían mientras el barullo del cuarto contiguo de la casa aumentaba entre la saturación del relato deportivo, los gritos entre festivos y alevosos de los Chiluisa, el ruido de botellas o vasos rompiéndose, el Aucas había perdido. “Y esto me faltaba. Esto’ longo’, a quiene les serví cuando no tenían ni pa comé, a quiene los ayudé cuando se murió su muchachito. Si no hubiera sido por mi hubieran ido a la cárcel, porque ese muchachito estuvo yorando toa la santa noche y esto’ que roncaban ni me oyeron cuando le fui a golpeá la puerta, ni se dieron cuenta que la criatura se estaba muriendo. Yo que fui a buscar al padrecito pa que le diera la bendición a ese angelito, yo que le presté plata pa que pudieran hacele el velorio. Y así me pagaron, acusándome de que le había robado. ¡Roñoso’, miserable’!”

América estaba por estallar así que prefirió empeñarse cuanto antes en el encargo. Sus pálpitos eran más fuertes. “Mejor evitar una desgracia”. Arremangándose la pollera de paño que llevaba ese día, trepó por el pequeño chaquiñán hasta la vivienda de Doña Blanca. Previamente había dejado a Ignacia la tarea de lavar los platos en el patio, así ella la vigilaría desde la terraza contigua.

“Al fin, un poco de sosiego” pensó mientras bombeaba la válvula del reverbero. Un fósforo, otro, no encendía. “Ha de estar tapao”. Decidió limpiarlo. Vacío la escasa gasolina que había en una lata. “Tal como pensé, esta gasolina está sucia.” Como si el tiempo quisiera andar más lento, la beba seguía dormida y Roberto seguía viendo la TV. Un silencio pesado acompañaba el soplido y el bombeo de la válvula.

Se oyen bufidos y palabrotas y otras ininteligibles atravesando el zaguán de la casa. El indio Chiluisa, beodo y azuzado por los vasos de Crystal, va gritando y pateando cuanto obstáculos se le cruza. De una patada derriba la desvencijada puerta que separa el patio con la calle. Se dirige a la niña arrodillada frente a las lavacaras. -¿Dónde está la negra pucta de tu mama?- La tambaleante figura se agrandó sobre Ignacia, la agarró por el cuello y la tiró al suelo. Con horror ve la chica que se lleva las manos a la bragueta.

-¡Mami!, alcanza a gritar al tiempo que rodando se escapa hasta la cocina. Un trozo de leña silba en el aire y da en la espalda del borracho. La pantera ha saltado la terraza. La mujer del Chiluisa ha entrado corriendo y suplica a la negra que no le pegue a su marido. Se lo lleva casi arrastrando entre desvaríos y escupos.

-Entrate al cuarto que yo ya vengo con la comida. Tranca bien la puerta.

“Esto no habría pasado si no se hubiera ido el bonito del Enrique, tate, cuando vuelva, ya lo va a ver. Supersticiones mías dice él, ahí está. Pobre de él que venga borracho. Esto no es vida”.

Fue a ver a los niños de su comadre. Para entonces, Roberto se había quedado dormido y la nena estaba despertándose. Emprendió de nuevo la tarea de encender el reverbero para calentarle el biberón a la criatura.

Ignacia, ha desobedecido a su madre y ha salido del cuarto. La ve de espaldas a la calle frente a la hornalla encendida. Ve también a Chiluisa subiendo en puntillas como en acecho hacia donde estaba su madre. Lleva algo en la mano, el pico de una botella.

-¡Mami!- grita angustiada. América sin darse vuelta le ordena que vuelva al cuarto. El chacal avanza.

¡Mami! grita por segunda vez y ahora sí se voltea, a tiempo para esquivar el golpe traidor. La pantera retrocede, el chacal intenta asestar un segundo golpe, aún zigzaguea.

Una nube sorda de acontecimientos se impregnará eternamente en la memoria de Ignacia.

Ve cómo su madre hunde las manos en los bolsillos de su falda, saca una caja de fósforos y enciende uno. Con la puntería que le caracteriza prende la gasolina sucia de la lata. Un tercer golpe del indio y ella con una agilidad diabólica alcanza la antorcha y se la tira.

Ahora la antorcha es enorme y gira consumiendo el poliéster rojo y amarillo del chacal que aulla desesperado, cae y se retuerce entre gritos ahogados.

Se materializó todo el barrio al instante. Algunos para socorrer al que se estaba quemando. Otros para…

Ignacia corrió a abrazar a su madre. La turba frenética por la morbosidad y el racismo daba rienda suelta a la lengua.

-¡Negra incendiaria! ¡Negra asesina! ¡Bruja sucia!

La policía llegó antes que la ambulancia. A empujones se abrió paso hasta el cuarto donde estaban la rehén y los tres niños que lloraban. Ella, inmersa en la pesadilla de la vaca negra. Tal vez chorreaba sangre, tal vez chorreaba fuego.

El nudo entre madre e hija fue brutalmente desecho por los gendarmes. La esposaron mientras los curiosos le lanzaban piedras. Algunos policías trataba de alejar a la multitud. Los niños quedaron encerrados con candado en el cuarto de Doña Blanca, pero Ignacia, quería estar con su madre a toda costa. De algún modo trepó por la ventana, saltó al patio y fue corriendo hasta casi alcanzarla. Vio cómo la metían en la patrulla. Percibió una última mirada, sin lágrimas pero tan profunda que dolía, que parecía darle la facultad de volar, alcanzar la patrulla y detenerla y así hubiera sucedido de no ser por una mano fortuita que le impidió ser arrollada por una camioneta.


Lídice Robinson

                                                                                                                 Buenos Aires, marzo de 2013

viernes, 2 de mayo de 2014

Penas resecas

(De "América y la tierra")


Aunque su cráneo era muy pequeño, Ignacia poseía una cabellera abundante, larga y tan seca que de lejos parecía una chamiza andando. No se podía decir si era hermosa o no. Había que mirarla con mucha atención, pero la gente no tenía tiempo y si su madre pensaba que era bella, nunca se lo dijo. Habrá querido evitar que la niña creciera presumida y vanidosa o habrá sido porque en su juventud, doña América, jamás recibió un halago de su madre o de su abuela, menos aún, de sus hermanos y por eso, la idea de tener una hija que pudiera despertar la envidia de las vecinas, le era remota. No obstante jamás quiso cortarle la pajosa pelambrera, ni aún cuando a la pobre chicuela le aquejaban los piojos. –¡Humm! esto es piojo e pena.- decía y con la paciencia con la que hacia las cosas pequeñas, y dueña de una vista de águila, agarraba a la niña, se sentaba en el patio bajo el sol abrasador, la acostaba sobre su regazo y mechón por mechón iba escarmenando con agua de ortiga y uno a uno sacaba de todo, hasta que no quedaba ni un mísero liendre seco. Tan efectivo era su método que Ignacia quedaba como nueva. Eso sí, cada cabello que se le cayera iba a parar en una bolsa que después “curaba” con orines y agua bendita. Su secreto terror era que el mal de ojo pudiera arrebatarle otro hijo.

Es que años atrás, doña América había parido a su tercer vástago, quizá el que más amaba porque era fruto de sus amores con don Portugal Obando, un soldado que las circunstancias dieron de baja. Lo llamó Jackson.

–Mijo iba a ser guapo- decía, y se explayaba describiéndolo tan vívidamente que quien la oía, no tenía más que extender los brazos y agarrar al chiquillo y arrullarlo. – Iba a se’ adivino porque nació con una cru’ en el centro ‘e la lengua y al mes de nacío ya gorjeaba y se reía como si conversara con lo ángele, pero a lo’ tre mese’ mi muchachito se fue pa onde van lo’ angelito que no ha tocao el agua bendita y esto lo sé porque unos días antes, estaba yo barriendo el patio y a la seis de la tarde una lechuza se puso a cantar, yo la espantaba, y siempre volvía al mismo palo a cantar las otras tardes a la misma hora. Hasta que no vino má y a la mañana siguiente mi Jackson ya no se despertó. Cuando lo estábamos velando se le iba abriendo su boquita y en el lugar donde estaba la cruz había un hueco, como el de un queso. ¡Ay! Mijo murió sin bautizo por falta’e plata. Las brujas me lo mataron y ahora debe ser una almita en el limbo- capitulaba, con la voz seca y fría a fuerza de sollozos reprimidos, y uno se quedaba maldiciendo a esas las horribles mujeres.

La madre, hueca, como calabaza vieja, debió ir al centro del pueblo a pedir limosna para comprar un féretro y poderlo enterrar en el cerro cerca del cementerio. Meses después llegó del Oriente don Portugal en busca del hijo. –Andá a velo al cementerio- Fue la respuesta de América. Ella le daba la espalda mientras atizaba el fogón. El hombre, la miró de pie a cabeza, queriendo adivinar en vano una emoción tan sola, con la cual consolarse y recordó a la preciosa morena de diecinueve años que huída de su casa se confió a su costilla y con quien se fue a vivir como un adolecente en un palafito del manglar esmeraldeño.

-Oye, dame un hijo, le suplicaba y ella se esforzaba por complacerle y a cada expectativa sucedía la desilusión de los amantes. Sin embargo así, un año y medio duró el idilio hasta que la primera mujer de Portugal apareció de sorpresa. Había venido de la Sierra, era unos años mayor que él, corpulenta y de mal carácter. Empezó el declive de la felicidad.

Al principio, América quiso retirarse por las buenas, le explicó a Portugal que debía volver donde su señora pues ella había llegado primero. Él, sin querer contradecirle, se iba; pero al cabo de un par de días volvía, con algún chichón o rasguño, a la ternura de su morena. Despechada y aprovechando que Portugal estaba de servicio en el cuartel, “la legal” ora sola, ora en gavilla, con las otras mujeres de los soldados, empezó a acechar a la “negra tal y cual”. Cuando se la encontraba por la calle, le tiraba una que otra sátira, sin saber que no hay que torear a las vacas que pacen. De vez en cuando, una comedida piedra llegaba a la espalda de América -¡Mona tal, robamarido! – le gritaban y ella seguía adelante, espigada y erguida como una reina. –“Tate, ejta’ longas buscapleito, se creen que porque son mujere de milico, puen vení a la tierra de “lo mono” a jodélo a uno.”

Hasta que en una ocasión la emboscaron, pero América había ya tomado los recaudos necesarios, pues, escuchando su corazonada, había preparado su pelo en una serie de diminutas trenzas cosidas, había bañado su cuerpo en aceite y se había vestido con ropa ceñida de entre casa. Joven, de sangre ferviente, dejaba fluir el fuego del combate ancestral, las mujeres no lo esperaban, la mona no peleaba, no se defendía, danzaba y a cada bofetada o arañazo detenía con un golpe. Intentaron asirla, por el cabello, por la ropa, por los brazos, pero ella se escurría, en cada descuido asestaba con puntería un puñetazo o una patada hasta que cerca del cansancio vino la policía a separarlas. Detenida, se la llevaron a interrogarla, las gavilleras, como testigos contusos. “La oficial” victimizada mostraba un hueco de su muslo. Insta el intendente a que hable la fiera. América no contesta, pero sus ojos llamean y ante el horror y morbo de todos ella escupe un pedazo de carne.

-¡Tú te yeva’ a tu marío y con él te yeva’ este recuerdo!

El precedente se sienta en la memoria de los curiosos.

Portugal se ha enterado del incidente, viene a ver a su amante, convence a los oficiales que la dejen libre. Las horas que siguen son amargas. Todo, es diferente ahora, pues deben despedirse. “La oficial” ha logrado que le den el pase al Oriente. Ellos entrelazados, como esperando una piadosa muerte, pretenden convertirse en piedra, pero la aurora húmeda filtraba sus vapores entre las guadúas del cuarto.

Lídice Robinson
25 de febrero 2014

martes, 15 de abril de 2014

La celebración


(De América y la tierra)

Esmeraldas pregonaba su siglo de emancipación con verdes y blancas banderitas de papel, engomadas con muyuyo. Se preparaban bailes, concursos de atracones, conservas y cocadas.

Los frejolillos de palo se cargaban venciendo las ramas, las niñas jugaban a la rayuela, los chiquillos dejaban a un lado el tejido de las redes. El olor del mar pescaba pescadores en tierra.

Los buques, saludaban con su ulular a la ciudad en fiesta y la música de los amorfinos venidos desde Manabí brotaba de la sombra de los zaguanes. El espeso barrio no estaba ajeno al movimiento, solo en la casa se sentía la alegre tranquilidad de los días de asueto.

-¿América, ya terminajte laj cosas?

-Sí mamita.

-¿Quierej ir al centro a ve’ los carroj alegórico’?

La muchacha no sabía qué contestar, estaba tan acostumbrada a obedecer y hacer la voluntad de los demás que le resultaba extraño el deseo propio. Como si se encontrara en un gran aprieto, buscaba la respuesta correcta, temerosa de contrariar a la abuela.

Decir que sí o que no, implicaba dejar descubierto el semblante de su mundo interior.

Pero la abuela ya lo había decidido. Iría, y no solo eso sino que el hijo de doña Filomena Reinoso se había ofrecido a llevarla a la feria y traerla de regreso al terminar el recorrido de su colectivo.

El gentío frenético se movía cerca de la playa. Un grupo de niños sobre el espejo de la arena mojada daban caza a los cangrejos.

Tumb! tumb! El canto negro se extendía luminoso por el aire.

La arena seca cimbraba a los pies de los danzantes.

Un vestido de tafetán floreado ceñía el talle de la chica que había preferido llevar zapatillas acordonadas y ahora las traía al hombro. Los vuelos de su falda y el fuste blanco desparramaban gracia con sus movimientos.

Tumb! tumb! Un trueno.

Era temprano aún, sin embargo, la muchacha decidió volver a su casa. Se alegró de sus zapatillas, correría y así la vecina lluvia no desharía el encanto del almidón de su traje verde. Después avisaría a doña Filomena, para que no vaya su hijo a buscarla en vano.

Se encaminó a la calle principal, la fiesta le perseguía. Desconfiaba de la euforia de los beodos, y el aguacero cada vez más cerca. Las máscaras le salían al paso, y el ruido se volvía insoportable, si no hubiera sido por el viento y las primeras gotas de lluvia.

Tumb! otro trueno.

Ya casi salía del tumulto.

-¡América!

- ¡Joven Rafico! Graciaj a Dio’ que ejtá usté acá.

-¡Suba, que se moja!

-Ya me estaba yendo, dijculpe que no lo iba a ejperá – Dijo mientras abordaba el bus.

El hombre sonrió, no tenía importancia, puso en marcha el vehículo, América no se había percatado de una mujer que se encontraba en el asiento de preferencia, cuando la miró, ésta le sonrió tristemente. Una ligera inclinación de cabeza como saludo y tributo al duelo que llevaba, no dejó de llamarle la atención lo blanco de las flores de seda que adornaban el atuendo de la mujer.

Mientras Rafico maniobraba para no meterse en las ciénegas, la lluvia golpeteaba con sus lagrimones los vidrios, ya casi no se veía por las ventanas. La conversación era imposible por el aguacero sobre las latas. La chica suspiró, acomodó su vestido y echó de ver que se habían zafado los cordones de sus zapatillas, se agacho sobre el asiento para atárselos.

-¡Ya llegamos!

América levantó la cabeza, había oscurecido, pero alcanzaba a ver monte por todos lados, y más furioso que nunca el viento escarmenaba el agua sobre la tierra.

“Se ha equivocao” pensó, rápidamente buscó a la mujer, ella seguía allí con su aplastante tristeza, cuando miró a Rafico, las facciones de él estaban desencajadas, llevaba unos cuantos viernes adentro, y entonces su cara se agrandó sobre el rostro aterrado de la muchacha.

Todo el barullo de la feria, los tambores, el griterío de la gente golpearon su cabeza con el puño cerrado y lo último que vio y oyó era la mujer triste diciéndole “estoy aquí para acompañarte, iré donde vayas tú”.

***

¿Dónde, dónde había escuchado ese cacareo?

No eran sus gallinas.

Cuando abrió los ojos se dio cuenta que no se encontraba en su casa.

Se filtraba la luz por las rendijas de la caña guadúa. Todo olía diferente, aún la frescura de monte después de la lluvia.

La noche de horror le encogió el corazón.

Le dolían los párpados

Se puso a rezar, pensando que era un mal sueño, y solo se desvanecía por momentos la imagen de aquella mujer.

Su llanto silencioso empezó a estremecer sus oraciones hasta el sollozo.

-Ameriquita, ¿ya está despierta?

La voz de doña Filomena mientras asomaba la cabeza por la puerta.

-¿Se siente mejor? ¡Qué suhto no’ ja dado a todo’! Vea, hemo’ ehtao pensando en la mejor manera’e que vuelva a su casa sin que la rete’oña Julia.

La señora le dijo que había estado inconciente varios días, y que se le había roto el vestido en la playa, que Rafaelito, tan caballero, la trajo a casa para que se lo cosiera. Todo esto dicho en un tono de complicidad, que estaba a punto de producirle arcadas de angustia.

-Pero mi mamá Julia…

-No se preocupe, Ameriquita, ya le mandé a deci’ que le diera permiso pa’ cerme compañía por uno’ día’ y ha consenti’o en ello, eso sí le encargo que ejta conversación no se la cuente a nadie, ¿me oyó? pue’ la que sale perdiendo e’ ujté, ademá’, coquetearlo a mijo, sabiendo que se va casá’, eso yo no ejperaba de ujté, tan formalita... ¡Mire! Ya ejtá el vesti’o.

Como una flor arrancada volvió a su casa, abierta y seca como una almendra sin aceite, conociendo lo que no había querido conocer: Un mundo artero que le robaba su ración de sueños.

Sintió que hasta las palomas la miraban diferente. Sus largas pestañas acentuaban su congoja, un secreto impuesto que le mordía los talones, pero ¿cómo contarlo? ¿A quién? ¿Quién se lo creería?, doña Julia era capaz de dar más crédito aun tramposo que a sus propios nietos. Echaba de menos a su hermana, ella abría sido su paño de lágrimas, ella que era ya una mujer desde hace tiempo, sabría decirle que hacer, pero no, los deberes de la casa no podían esperar.

Así, se retrajo cada vez más y se refugiaba por las hamacas que colgaban debajo de la casa, empezó a descuidar poco a poco sus quehaceres, los castigos empezaron a multiplicarse. El ojo malicioso del tío la asediaba. A veces, se metía al dormitorio a gatas y trataba de acariciarla pero ella fingiendo estar profundamente dormida pateaba y manoteaba, de tal suerte que Cuchucho, se retiraba temiendo despertar a los demás. La lengua venenosa de la tía la atormentaba, y al disimulo desordenaba lo que ya había sido arreglado, para provocar el regaño de la abuela.

“Una vez, me fui a La Propicia con la batea’e ropa pa’ lavá como siempre. Taba yo rejtregaando una camisa, cuando veo que un pantalón de Matía se me estaba yendo en el río, me metí al agua toa vejtía y a nado lo alcancé, no jue cuento que al salir a la orilla, toíta chorreando, siento un golpe en la ejpalda. ¿Quién había sío? El bonito ‘e mi hermano, que me había ejtao espiando pa’ luego ile con cuento’ a mi abuela. Agarró un canalete con el que se golpeaba la ropa, y empezó a queré darme en la cabeza, oye, como si quisiera matame. Yo, en ante’ no me defendía de pura boba que era, pero esta ve’ me dio coraje así que aprovechando que él ejtaba mal parao lo cogí ‘e laj piernas y lo zumbé pal agua. El condenao era güeno pa’ tirame cojcorrone’, patada’ pero no sabía nadá con lo que me reí de lo lindo porque empezó a manoteá y a gritá que lo sacara, ej que no se había dao cuenta quel agua ejtaba bajita, y la gente le gritaba: -¡So pendejo, parecej longo!- y dejde ahí le pusieron a Matía el apodo ‘e longo, así jue como me desquité de toíto lo que me hacía. No mija, es que ya ejtaba cansá ‘e tanto maltrato, se daba golpe’ en el pecho diciendo: - Sií! Yo soy el preferío ‘e mi padre! Yo he ido al colegio y tú no- Y mij’ otro’ jermano’, eso’ eran igualito’ y también eran uno’ vago’...”
Cuando por primera vez la savia escarlata empezó a descender, no tenía amigas a quienes peguntar qué debía hacerse, ni un alma le explicó que no había motivo para ruborizarse. Se escondía por entre los árboles frutales, cavaba un hoyo y sepultaba allí la causa de su vergüenza.

Y su madre, ausente siempre, siempre.

Entornaba los ojos como cuando están cansados de sol, para sentirla cerca y perennemente la veía alta y de espaldas, como yéndose. Se miraba así misma de igual manera, sin rostro y sin palabra, yéndose también, pero en el río crecido y rugiente.

Hasta que una tarde, mientras mecía su existencia en la hamaca, el largo pasillo de sus pensamientos se poblaba de recuerdos y sólo de los no tan buenos. No se acordó, por ejemplo, de las muñecas de aserrín, ni de las tacitas de tagua de su infancia. Una voz, de alguna parte le preguntaba si todo lo sufrido tenía sentido.

Bajó un pie y otro se apeó más adelante, se deslizó quedamente hacia la verja de malvas. Todo en ella estaba enmudeciendo. Pasó por el gallinero, por el palomar, íntimamente deseó tener alas, se dolió un poco de la indiferencia de los perros.

El día rendía sobre las cosas sus últimos suspiros dorados, y la silueta nubia de unos cabellos al aire, atravesó la puerta del seto. Penosamente el palo de mango se estiraba tras de casa para despedirle. Se volvió por un momento para mirar cómo quedaban sus flores, sus ganzos,

Así fue en descalzado encuentro hasta el filo del barranco a preguntar una vez más hasta cuándo, y la de las blancas flores de seda respondió invariable:

- Espera, todavía no me lo dicen.

Y la muchacha se lanzó tierra abajo a perseguirla, con el anhelo de que alguna de las tantas vacas bravas que andaban por ahí, diese con ella.

Ya al otro lado se veía La Isla vestida con la neblina del río.

-¡Madre! Retumbó en el pecho la palabra, y en hora tan pesada echó a andar de prisa y sin miedo por el cementerio de los palos de balsa donde apenas se veían los caprichosos lechuguines abrazando las astillas con sus rizos.

Llegó a la orilla, sin perder el equilibrio como cuando era niña, a tiempo del último remero. Su silenciosa esencia la cubrió de las miradas indiscretas. Al bajar de la canoa la palabra sublime iba adelante como un pequeño faro.

Esperanzada bebía la brisa mientras trepaba ágilmente la loma.

Rodeada de mandarinos había una cabaña de madera que con ojos amarillos miraba hacia la cordillera, abajo, el delta se abría como una mano ávida de mar.

Subió despacito las escaleras y al plantarse en la puerta vio a su madre, de espaldas.

-Ha venío contigo- dijo sin volverse, mientras le ponía una vela blanca al pequeño altar lleno de estampas. América sintió que la mujer desconocida se quedaba abajo.

-¡Madre!

Doña Olga se santiguó, con un lento vigor se puso de pie y por fin miró a la muchacha, que no había dado un paso más. Desde el umbral le llegó sin palabras todo cuanto tenía que saber. Con una larga mirada sufrió lo vivido por la chica. Se sintió culpable de su largo abandono, pero el río que la arrasaba no se detendría jamás. Habría querido abrazar a su niñita y consolarla, pero la ternura estaba amarrada al miedo.

-Mamá, ya no quiero viví en la casa grande, quiero quedame con ujté. Yo le ayudaré en lo’ quehacere’…

-No puede’ quedarte, te van a vení a bujcá con perro’ y yo no puedo defendete. No necesito que me ayude’, no quiero que me ayude’…

-Puedo aprendé a curá el mal deojo...

-No muchacha, no. No necesita’ jacelo, cuando ejté’ lijta va’ja sabelo, si te queda’ te va’ a condená y yo me voy derechito pal infierno por dejate hacé.

-¡Madre!

-Mejor ándate, que no tardan en vení, yo ‘toy maldecía.

-Ujté e’ buena mamá- agregó en tono suplicante pero la hechicera ya le había dado la espalda.

-Vete muchacha, que tengo que hacé. Dió’ te bendiga.

América, comprendiendo su soledad se arrancó de la puerta, de las escaleras, de su sangre y echó a correr loma abajo mientras de lejos le llegaba el adiós de los jazmines.

Lídice Robinson
Buenos Aires, 11 de junio de 2008





lunes, 14 de abril de 2014

Un día en la escuela


(De América y la tierra)

-¡Tu mama es ladrona porque es negra!

Esas palabras, dichas tan claramente en un chillido, no dejaban lugar a dudas; se había lanzado la ofensa y había que responder.

Los ojos grises de Ignacia se encendieron y el ofensor no era una ofensora, entonces a puño cerrado y patadas.

“Honrarás a tu padre y a tu madre” rezaba el mandamiento y ella no faltaría de ningún modo porque en una sola persona tenía padre y madre. “Negra sí, pero muy honrada” pensó.

Tal calumnia debía ser castigada.

Se abalanzó sobre el chiquillo de estatura algo más alta que ella.

Al principio, él solo ponía las manos como defensa pero los golpes que recibía eran muy fuertes y le producían no poco dolor.

Pronto se trenzaron en una lucha que rodaba por el suelo y la furia vencía al asombro.

Los demás rodearon a los luchadores, animando al uno, animando a la otra, a ambos, era todo un espectáculo. Hasta que el barullo atrajo la atención de los maestros en el corredor.

Dos manos firmes separaron a los contendientes y resonó la voz atiplada de la maestra, dejando en culpable silencio a los demás chicos.

-¿Qué te pasa Ignacia?

¿Por qué golpeas a tu compañerito?- increpó visiblemente contrariada. No podía comprender cómo una niña tan dulce y educada había dejado en tan lamentable estado a otro chico.

Aún agitada, la niña lo miró, en un esfuerzo por contener el llanto. Y al ver que un hilo de sangre se deslizaba de la nariz del de la bocota, estalló sin poder explicar nada.

-¡A sus tareas!- exclamó la maestra mientras conducía a los litigantes al departamento médico y a la dirección respectivamente.

Para los niños, el ser llevado a la dirección, significaba ser un niño malo y tenía un precio: ¡La expulsión!

Rápidamente vinieron a su vivaz memoria los días previos al inicio de clases:

Vio a su madre radiante llegar con la noticia de que la había matriculado en esa escuelita que tantas veces miró extasiada desde el alambrado. Se pasó la manito por el lloroso rostro y entre gimoteos recordaba que una vez la mamita se había puesto muy guapa, guapísima para ir al centro y comprarle los útiles escolares.

Cuando regresó le contagió su entusiasmo, mostrándole el libro “Caritas Alegres” en el que aprendería por fin a leer, claro que antes se había ocupado de enseñarle una que otra letra.

Siguió buscando en la bolsa de papel y aspiró ese característico olor a nuevo y, ante sus agrandados ojos surgió la caja de pinturas ¡Nuevas! ¡Qué felicidad! ¡Y la mamita la había comprado! ¡Doce colores! Las tradicionales “Carioca”.

Echó una mirada al gran tarro de galletas, repleto de bolígrafos, lápices y crayones viejos que usaba para hacer sus dibujos y garabatos. Sintió pena. No se desharía de ellos.

Vuelta a mirar la caja nueva, le parecía sagrada y la depositó suave y respetuosamente a un costado. Miró a su madre, ocupada en buscar en otra bolsa de papel y en un impulso quiso abrazarla, pero a mitad de camino se contuvo, ella era también sagrada, más que las pinturas.

¡El uniforme de los lunes!:

Un saquito rojo con ribetes bicolor en azul y blanco, una falda plisada azul marino y una blusa blanca.

¡Un mandil blanco y con pechera! Como el de la niña de “Mundo de juguete”, la novela que a veces miraba en casa de los vecinos.

¡Todo era nuevo! Salvo los zapatos. No alcanzó la plata.
No importaba.
Fuera de eso, todo era prometedor:

No tenían luz eléctrica, pero los lápices de colores harían más brillante la luz de la vela y de la lamparita de kerosén hecha por su mamá.

No tenían agua corriente, pero ahora pintaría un grifo propio y una ducha de agua caliente.

No tenían cocina a gas pero ahora los leños del fogón proporcionarían un fuego rojo y chispeante para hacer más frecuente la deliciosa comida. Para hacer más frecuente la comida.

Sí, toda la sensación de hambre de sus anteriores días había desaparecido ante tales promesas. Hasta fabricaría un castillo para que pudieran vivir ella, su madre y acaso su padrastro.

Mientras tanto la mamita canturreaba un antiguo bolero, de esos que no han dejado rastro, forraba los cuadernos y los libros con papel de empaque y ponía en sus lomos las iniciales I. B.

Luego abrió el “Caritas Alegres” que ilustraba niños blancos, rubios y rollizos, y escribió en la carátula con su bellísima letra inglesa, una especie de poema que leyó en voz alta para que Ignacia lo recitara:

“Si este libro se perdiera,
Como puede suceder,
Le suplico a quien lo encuentre,
Que lo sepa devolver.
No es de oro ni de plata,
Ni es cosa de comer.
Es de una niña pobre
Que tan solo quiere aprender”

Se esfumó el entusiasmo de Ignacia cuando su madre, con su habitual mirada severa y voz grave le dijo:

-“A tu’ otro’ hermano’ no lo’ pu’e mandá l’ ejcuela, eyo no han tenío tu suerte.

Ejto me ha costao mucha plata. Si no aprovecha’ loj e’tudio y me trae’ de mu’ buena pa’rriba te saco ‘e la ejcuela y te pongo a trabajá”

Ese pensamiento la asaltó de pronto.

Se detuvo y con voz casi angustiada suplicó a la profesora:

- Señorita Sonia, ¡no quiero ser expulsada!- y reanudó el llanto. San Pedro, la miró conmovida, cerró los ojos y decidió que no era para tanto.

Estando en la puerta de la Dirección, agarró a la niña para volver al aula, pero el Director que ya había sido informado, les salió al encuentro:

-¿Cuál es la novedad, Señorita San Pedro? – Preguntó fijandol a mirada en Ignacia a través de sus gruesos lentes.

-La niña Barker estaba golpeando a Jorge, el del año pasado, y no ha querido decirnos por qué.

Evidentemente, Navarrete se había prometido una historia deliciosa, pero primero debía calmar a la asustada niña.

-A ver, jilguerito ¿Te pegó muy duro?- la niña negó con la cabeza a pesar del moretón en el brazo.

– ¡Que traigan a Jorge! – Jorge apareció con un taco de algodón en la nariz. El director creyó comprenderlo todo.

Al chico le gustaba hacer llorar a las niñas poniéndoles bichos en sus ropas y en sus pupitres, cuando no en los carriles.

Era afecto a buscar pelea pero como era el más fortachón, los otros le temían. No estudiaba, todo el tiempo desaliñado.
Siempre se dijo que algún día encontraría la horma de sus zapatos, pero nadie imaginó que sería una niña la que lo pondría en cintura.

-¿Qué te pasó en la nariz?- El chico no respondió al momento.
Se sentía humillado.
¡Una niña lo había tumbado frente a los demás! Y lo que era peor ¡La hija de una negra!
Pero seguramente la castigarían por su insolencia.

-¡Ella me pegó!

-¿Por qué?

-No sé.

-¡Dijo que mi mamá es ladrona porque es negra! -gritó Ignacia.

-Y ¿Por qué dijiste tal cosa?- El chico se encogió de hombros.

-¡No es modo de responder!- retó Navarrete.

-Porque no quería prestarle mis “cariocas” entonces él dijo que seguramente eran robadas, y mi mamita no es ladrona, por eso…por eso… ¡Por favor, no me expulse!- volvió a gemir la niña.

-¡Pero Ignacia! No va a pasarte eso- aventuró San Pedro, con una expresión de súplica al Director.
Él, que siempre estaba de buen humor y que a pesar del mal momento y de lo delicado de la situación, corroboró amablemente.

-Así es, y tú, ¡Jorge!...- el niño tembló- No volverás a molestar a nadie.

¡Nunca más! ¿Me oíste? Vas a aplicarte o tendrás que dejar la escuela.- el chico estaba expectante- Profesora, falta poco para que suene el timbre, vaya y deje a los chicos con tarea, luego quiero una Junta con todos los maestros en mi oficina.

-¡Jorge!- esta vez en tono de complicidad- Te golpeaste en los juegos. ¿Estamos?- El muchacho suspiró aliviado, una explicación así le evitaría una golpiza de su padre alcohólico.

Más tarde, la maestra se encargaría de explicar a los niños que todos son iguales ante la ley, indios, negros, blancos, todos y sobre todo ante la ley de Dios.

Ignacia se prometió que nunca más habría de lastimar a nadie y defendería a aquellos que no pudieran defenderse.

Los niños la admiraban por su valor, pero sobre todo por su fuerza. A sus siete años, era en la escuela, todo un personaje.

Todos los lunes, el director pedía que la niña cantara junto a él el himno nacional, y cuando tuvo sarampión, llegaban sus compañeros con la orden del día para que siempre estuviera al corriente.

La madre estaba orgullosísima de la popularidad de la niña.

Al final del primer grado obtuvo uno de los mejores puntajes de ese año.

Llegó la sabatina, las vacaciones tocaban timbre y el verano se acercaba con sus barridos cielos azules y sus ricos helados de mora y coco.



Lídice Robinson
Buenos Aires, 30 de noviembre 2006




domingo, 13 de abril de 2014

Cuello de vidrio


(De "América y la tierra")

Se llamaba Enrique y, como todos los chagras de la región, nació besando los pies al gran coloso de gola nevada, el Cotopaxi.

Hacía tiempo ya que el miedo a los legendarios rugidos del volcán se había transformado en recuerdos sepultos y Latacunga crecía con el sopor campesino en sus faldas, lentamente como el musgo en la floresta.

En la Cordillera Occidental latía sin flama el bello Corazón junto al Atacazo, todavía canoso y distante. Abajo, retando las colinas, la arteria férrea llevaba sueños e historias de una ciudad a otra.
Los niños interrumpían sus juegos y olvidando su sangre se mezclaban para verlo pasar.

Los hijos de las longas se quedaban boquiabiertos sin saber si dar rienda suelta al salto emocionado de sus pequeños corazones y los hijos de la casa, con arrogante inocencia, fabricaban puentes con sus manos en el aire para hacer pasar por allí al magnífico juguete de humo.

Los grandes los sacudían de su ensueño recordándoles su cuna:

-¿Qué has de juntarte con la longada, hijito? Ve a seguir estudiando.

-¿Quias diacer añiñado, colos siñores? ¡Andá seguir barriendo, guanbra manavali! - retaba una india mientras le halaba la oreja a alguno.

Y la formidable máquina dejaba ver sus años en su rítmico avanzar. Los viejos miraban al intruso como una incumplida promesa y chasqueaban amargamente lo que les quedaba de dientes.

Los señoritos iban con un séquito de peones y mulas hasta la estación de Chimbacalle para ir de allí a Durán. Luego de tediosas maniobras llegaban a Guayaquil donde finalmente se embarcaban en un mar de pañuelos y sombreros hacia el viejo mundo. De esta manera el primo Alberto se fue a estudiar a “Lonrres” y nunca más se supo de él, ni una carta, ni un telegrama, sumiendo el corazón de la tía Rosario en miles de rosarios de lágrimas.

A cargo de la empobrecida hacienda quedó don Segundo Aguirre, hombre de pocas luces y responsabilidad de zángano, que dejó que La Lucita fuera apagándose paulatinamente. 

Restó importancia cuando uno de los indios vino corriendo a avisarle que había visto unos cuatreros por los linderos.

Nada hizo cuando una mañana la ordeñadora le anunció que a su marido no sé quién le había atacado la noche anterior y que al amanecer faltaban varias cabezas de ganado, principalmente vacas. 

-Nuasoman las lecheras, patrón, han dejado los toros nomás.

-Falta semishas, patrón.

-Se cayó las tejas del establo, patrón.

-Se ha seco el arroyo, hay quiacer otro, patrón.

-Nuay 'rramientas, patrón.

-Nuay harina de castisha ni mashca, patrón.

Y así la cadena de quejas, faltas y necesidades fue agrandándose, hasta que ningún respeto inspiraba el nuevo administrador, por más que fuera pariente de las Toledo.

Los peones, que eran muchos, se sentían abandonados y se iban rebelando. 

No conocían ni entendían a Carlos Marx, pero la frase “revolución marxista” prendió en su sangre resentida como llama en paja estival y poco a poco fueron apropiándose de grandes parcelas y de lo que había en ellas:

-La tierra tiene que volver a sus originales güeños- decían los autoproclamados líderes.

Doña Teresa y doña Rosario maldecían la hora en que su hermana diera el “mal paso” con ese badulaque.

Doña María sufría en silencio sin permitir que sus ojos negros vertieran una sola lágrima, y así, las hermanas Toledo, huérfanas de voluntades férreas y don de mando cifraban sus magras esperanzas en Enrique.

¡Pobre muchacho! Tamaña empresa le ponían en los hombros las infelices mujeres por salvar las pocas hectáreas de La Lucita, y él, menos iluminado que el taita y que además a duras penas terminó la primaria, aceptó encantado, para más tarde -bastante tarde- darse cuenta que el poder solo sirve con el conocimiento, pero se encogió de hombros y cuando llegó la reforma agraria, tan solo vio pasar las tierras de una mano a otra, porque legalmente era menor de edad y los papeles estaban mal cuidados en manos de don Segundo, quien se mecía alegremente a la mitad de una botella de aguardiente.

La casona, sin más fortuna que la media vida que le restaba, cedía a las goteras que taladraban el alma de las viejas, cada vez más agrupadas para rezar el Santo Rosario, pero cada vez más distanciadas por sus íntimos reproches, culpas y frustraciones. La palabra cesó, solo se dejaba oír en agrias reconvenciones hacia el muchacho, que seguía esperando la promesa de su primo, el que antes de partir le había prometido mandarlo a traer para que conociera Europa.

De mala gana limpiaba las consecuencias de una pasada de copas en el cuarto asignado a los dos varones de la casa. Mientras atendía las borracheras y delirios de su padre, uno que otro golpe le pasaba zumbando en las orejas, había aprendido a esquivarlos, lo que al viejo exasperaba en gran manera, entre los ave marías de sus tías y de su madre, refugiadas del mundo y de sí mismas en los rezos para no ser tentadas por el Maligno, después de todo eran buenas. Después de todo eran solo mujeres.

Y Enrique se cansó de ver al olvido de los demás como en un espejo, así que él también olvidaría, solo conservaría en su memoria las ilustraciones y grabados del viejo Londres que en su niñez le habían sido mostradas.

La ilusión le seguía lacerando como la libertad a un preso. 

La capital florecida en el cercano valle le llamaba como una mujer escondida entre perfumes y afeites.

Se cansó también de esperar noticias de su primo, más bien; lo olvidó. Así que desafiando las amenazas de sus tías, desoyendo los consejos de su madre, se dispuso a seguir el camino del padre. Como él, bajo el enlodado sendero hacia el pueblo, no miró que las chacras quedaban desoladas y mustias.

Pasó por los chaquiñanes sin fijarse en los sembríos frescos del maíz ni en las violetas flores del los fréjoles. De nadie se despidió, ni contestó el saludo lejano de una vaca.

Su corazón iba arrullado por la necia garúa que lo acompañó entre resbalones y caídas hasta Latacunga.

Antes de llegar, el fresco aroma de bizcocho con mapahuira lo sacó de su ensimismamiento, y se tentó de hurtarle a la Matilde cuatro o cinco allullas.

Apresuró el paso, la garúa maduraba, aún no clareaba pero él estaba acostumbrado a caminar a tientas, a fuerza de recorrer hasta altas horas de la noche los establos cuando era niño. Aminoró la marcha para no ser sentido por los perros, un paso en falso, un nuevo resbalón. Ahora sus manos estaban sucias. Se lavaría con el agua del canal, además las allullas de la Matilde valían la pena, ya se relamía del gusto, cuando toda la maniobra hecha para llegar a la tanda de bizcochos fue interrumpida por un gruñido desconocido.

Una raposa le había ganado en sus intenciones y viéndose sorprendida escapó asustada por sobre Enrique, que manoteando fue a dar con unas ollas, armándose tal estrépito que despertó a los perros y a la Matilde.

-¡¡¡Ya has de ver, guambra succio, cuando te agarre el Fermín!!! ¡¡¡Warmilla!!!- gritaba la longa en el colmo de la ira al no haber atrapado al sinvergüenza, que ayudado por el lodazal se perdía cuesta abajo en el camino y los matorrales.

Jadeante, en la proximidad de la calle principal de Latacunga, sintió que el frío de la mañana le quemaba la cara. Echó de ver que le caía un chorro de sangre por la ceja, era un rasguño adquirido a la raposa. Fue a lavarse en el agua que caía del techo de una casa, luego sacó una botella de aguardiente y se desinfectó la herida, bebió un poco. Nunca se dio cuenta cuándo se acostumbró al sabor.

El pueblo estaba despierto, el bullicio del mercado le avivaba las tripas. La acostumbrada agüita con panela y las tortillas de maíz fueron rechazadas por él en un rapto de soberbia y despecho esa madrugada, la misma que doña María, con el corazón abierto como un grano de lenteja le extendiera su bendición. Ahogó el hambre con otro sorbo de alcohol.

Enderezó hacia la plazoleta desde donde partían los buses interprovinciales, allí trabó amistad con un uno de los chóferes que venían de la capital y se enroló en el ejército de “enganchadores” que se encargaban de cobrar y acomodar a los pasajeros. 

Ahora la ilusión fue reemplazada por la necesidad de huir de las amenazas, de los quehaceres que lo habían convertido poco a poco en un peón más, en el único peón. En la capital sería independiente, sería un hombre de verdad. 

Allá arriba, arropada de niebla y miseria piadosa quedaba su niñez, con las mejillas tostadas por el aire helado y parameño, acaso le perseguiría el canto de algún gallo en sus recuerdos. Allí, aferradas a los tiempos gloriosos y a las novenas santorales, quedaban las ancianas. 

-Ave María, gratia plena…

La casa, también mujer abandonada, se entregó de a poco al amor pernicioso de la humedad y las arañas.

-Ave María, gratia plena…

Lídice Robinson
Buenos Aires 24 de Febrero 2007









martes, 25 de marzo de 2014

Formas de querer



 (De América y la tierra)


Diecisiete años y ya parecía cargar con una historia ancestral, llena de pesadas cadenas que le arrastraban los pies, los brazos y la ambarina mirada hacia el abismo.

Una lenta y constante caída desde la raíz de su pelo bruno y ensortijado, avanzaba por su espalda y se perdía en la arena infinita. Sus arqueadas y espesas cejas hacían maquinalmente la misma pregunta: -“¿A qué vine yo a ejte mundo?”

Cuántas veces sentada a la vera del barranco vio pasar la Muerte de la mano que no era la suya y de la orilla de en frente y le preguntaba cuándo pasaría por ahí la serpiente y la otra le contestaba en un murmullo desgarrado por su paso: -Espera, que aún no me dicen cuándo.

Y la gran mandarina teñía el cielo con sus pestañas.

De vuelta, y con la luz de la luna torneándose en la cocoa de sus brazos, pensaba en los ingredientes de la merienda.

Esa mano, de palma casi tan blanca como las lajas de un coco recién abierto, la otra,… ambas acunaban el carbón; parecían dos palomas grises escarbando entre las cenizas. Luego un pequeño fuego con afable sonrisa aparecía como un niño tímido dentro del castillo de leña y crecía crepitante hasta abrazar lascivamente los leños en una danza marimbera.

La habilidad de sus manos, magia de muchas vidas, convertía en oro cálido y vivificador, el pescado, noble y engalanado de ajo y sal; la cebolla, niña gorda y delicada que se deshacía en olorosas cintas; el arroz, nieve ardiente, florecido de tomate y arvejitas tiernas.

¡Ah! ¡Qué deliciosa era su sazón!

Pero cocinar como ella cocinaba, requería separar el cuerpo, la mente y el alma sin morir, porque en la mesa, la mirada cejijunta de mamá Julia, el mohín traicionero de la tía y la perenne ausencia de la madre, la aplastaban.

Una isla rodeada de hermanos mimados y malagradecidos, eso era.

-Oye, ¿ya regajtel palo e mango?-Preguntaba la abuela.

-Sí mamá Julia.

-¿Hicijte el cocío e tamarindo?

-Si tía.

-Ve, ¿me planchajte lo’ pantalone’?

-Sí ñaño.

Otra cucharada.

-¿Guardajte laj gayina’?

-Sí mamá.

El látigo puesto por doña Julia en la mesa cerró a la conversación las bocas.
El tintineo de las cucharas se mezclaba con el griterío de los grillos.

Arriba, la luna herida por un negro rayo de nube reflejaba la tormenta contenida en su corazón.

“Espera, que aún no me dicen cuándo” le repetía la voz, queda, como un suspiro.

Poco a poco fue perdiendo el sonido de su verdadero nombre, nombre escogido por su madre casi al apuro, cuando su padre la miró en brazos de doña Olga y le dijo:

-Hazte cargo tú, que no es mi hija.

La niña dormía, pero sintió caer una lluvia caliente sobre su piel y su ropita.

Eran las dolorosas aguas con las que doña Olga bendijo a la pequeña y maldijo al padre.

-Te llamarás América- Y su destino se selló en la ambigüedad.

Entonces creció como crecen los niños de familias pobres y numerosas, poco amor, muchos quehaceres.

“Candil de afuera, oscuridad de casa”

Las vecindades que solían demostrarle algo de cariño tampoco sabían a ciencia cierta cómo llamarla, pero aconsejaban a sus hijas que emularan a la mulatita de doña Julia.

Ella, la modelo, la obediencia, la docilidad, ponía tanto de sí para ser amada y soñaba con casarse con un negro trabajador que la adorase y estar rodeada de muchas caritas felices que le tiraran del vestido. Era, lo que se dice, una mujercita.

-No como la Nimia; esa machona- a decir de la abuela, que estaba aún resentida porque la chica, bastante desarrollada, ni bien cumplió los trece se botó de casa y consiguió marido.

Nimia, algo menor que América, no resistió los embates y maledicencia de las que eran víctimas. Su corazón de mujer había despertado antes que el de su hermana y la sumisión no era su credo. Sabiéndose hermosa no iba a consentir que el exótico fruto fuera tomado por quien ella no quería, además los avances amatorios de su tío político le producían repugnancia y un miedo muy justificado porque la tía Virginia la atosigaba con sátiras y celos.

América, por su parte, nació con la estrella de silente paciencia y, por instinto había aprendido a esgrimirla como defensa. Pero el dique se había roto y el agua se filtraba calladamente.

Al terminar la escuela, la directora llamó a doña Julia para sugerirle una serie de colegios en los que podría matricular a su nieta.

Cual una pared escuchó de las cualidades artísticas de América. Oyó de su bella voz, de su habilidad en el dibujo y la pintura. Al finalizar el monólogo de la profesora, la abuela agradeció sordamente y se retiró pensando que querían arrancarle un brazo, que querían romper el espejo en el que se reflejaba.

El camino de regreso parecía haber multiplicado las piedrecillas para dificultarle el andar. ¡Ah! ¡Qué largo le resultaba ahora el sendero!

Su cabeza de algodón plateado estaba triste. Toda la edad se le vino como un muro y ella que lo había sostenido todo desde su viudez, flaqueaba en sus fuerzas.

El calor le pesaba en los hombros y le intensificaba el ruido de la selva. El pequeño platanar de su propiedad prometía abanicarle sus congojas.

No prestó atención al quieto desfile de los exquisitos frutos en los solares lindantes. Desesperadamente se asía a la imagen de sus míramelindas y pensamientos, amor de un día y lilas brillantes que la niña de sus ojos cultivaba.

¿Quién le ayudaría con el cuidado de la casa y de los nietos que vivían con ella?
Nadie tenía la amorosa mano a la que las palomas volaban y hacían la delicia de los niños en verano.
¿Quién le acompañaría a misa los domingos y por las noches a casa de las parturientas?

La profesora había mencionado la palabra “artista” y eso sí que no permitiría en casa; una mujercita metida en cosas de hombres.

“No. Que ‘tudien lo’ varone’ que pa’ eyo’ ej el mundo”

La prisa de su corazón le tiraba de sus pies y la casa, por fin, llegó encaramada en sus pilares de guayacán verde.

Una tijereta voló graznando desde el techo.
Se extrañó de la quietud circundante.

-Ha de se’l caló- se dijo.

Un presentimiento. Subió la escalera. Todo silencioso.

Pensó que la tijereta se había llevado algo.

-¿América?

Nada. Pálpito. Las cortinas reposaban meciéndose lenta, muy lentamente, cual mujeres fantasmales. Volvió a llamar, esta vez encaminándose a su cuarto.

- ¿Ej que stá’ sorda?

América levantó la vista de su costura.

-Perdone mamita, no la ejcuché- Su mirada volvió a la costura para rematar una puntada.

Todo parecía estar como antes, pero doña Julia no dejó de sentir una diferencia enorme.

América había dejado de cantar, sin embargo, nadie lo notó.

La abuela la miró buscando. Nada se veía inusual, excepto por una puerta amurallada.

Después de un siglo en el que las gaviotas pasaron cantando a través de la ventana, la anciana se sentó al pie de la cama para percibir mejor las cosas.

¡Qué hondo le llegaba ese silencio!

-América, ¿ejtá jenferma?

-No mamita.

Quiso ordenarle que la mirara a los ojos, pero sintió miedo de la nueva mirada.

Otro siglo, en que el hilo silbaba entre las fibras.

-Como a vo’ te gujta cantá, te vo’ a comprá una guitarra.

Y le compró la guitarra con la esperanza de que el padre, que era músico, le enseñara a tocar.

Así, al día siguiente, se encaminaron muy entusiasmadas hasta el trabajo de don Remberto Escobar.

El hombre, malhumorado, las recibió subiéndose a la distancia de la superioridad. Manifestó que no tenía tiempo para boberías y que en el Andarele los hombres tocan los instrumentos, las mujeres tan solo pueden bailar. Ante esto, América, diestra en la danza africana, quiso intervenir, pero un vistazo de su papá le dio a entender que no había cabida en su corazón ni en su vida. América leyó la humillación y el dolor de su abuela y en si misma el odio del padre por la madre.

No pudo más.

-¡Usté ej un mal hombre!

-¡¿Cómo haj dicho?!

-Ya me oyó, no tiene derecho a tratarno’ así, ni a mi madre, ni a mi abuela ni a mí.

-¡Silencio, que te vo’ a dá un golpe!

-¡No se atreva!

-¡Más rejpeto que soy tu padre!

En esta señora que tengo yo al lao tengo mi padre, usté lo que hizo fue solo engendrarme na’ má, y ya me cansé.

-¡O te cayaj o no te reconojco!

-¡Guárdese su apeyido que no lo necesito! ¡El de mi madre, Barker, ese me bajta y me e’ suficiente pa ejcribir!

Remberto levantó el brazo para castigarla pero una amenaza lo detuvo.

-¡No le tengo miedo! Usté que me levanta la mano y yo que lo maldigo.

-¡América! ¡Quieta que te vaj a condená!- repica la abuela- ¡Tu madre ya lo hizo!

El hombre estaba temblado, su hija había demostrado carácter, le había ganado, entonces ahora sí merecía tener su apellido.

Solo le resonaba aquello de la maldición. ¿Sería posible?

Cuando se volvió para hablarles, las mujeres ya no estaban.

Ellas retornaban cabizbajas, la una con la culpa y la sorpresa y la otra, lejana, abrazando la bonita guitarra azul, que nunca habría de tocar.

Todo había pasado como en un sueño. Volvía la claridad de la tarde a retirarse estirando sus brazos por todos los espacios como la marea lenta y perfumada.

Volvían los escandalosos gansos a perseguir a los proletarios del gallinero. Los mangos se caían del gusto y se mecían los tamarindos al susurro de los manglares.

Volvía también la anciana a encender su cachimba en la lumbre del fogón pero ahora ojeaba con disimulo a la muchacha buscando por dónde y cuándo había huido la niña de las cuatro gruesas trenzas.

Lídice Robinson
Buenos Aires, 2007



lunes, 17 de marzo de 2014

Al regreso del Cinema

(De América y la tierra)


Del cinema al aire libre
vengo, madre de mirar
una mar mentida y cierta
que no es la mar y es la mar
Rafael Alberti
     
            

América estaba en cuclillas frente al fogón. Las sombras que proyectaba el candil en la cocina daban una visión monstruosa de las formas, de los objetos llenos de tizne y las derruidas paredes de ladrillo ennegrecidas por el hollín.

Sus relatos, poblados de encantamientos y conjuros nativos ovillaban a la niña más y más junto a su madre, un tanto por el miedo a los aparecidos de los cuentos, otro tanto por el frío de la noche montañosa y otro por instinto filial.

“Vea, lo que pasó fue así:…- comenzó mientras las latas en que hervían “la’ agua’ medicinaleh” empezaban a silbar al ritmo de la candela y con toda la ciencia que requería la ejecución de un clarinete agarró un tubo de hierro para largar su soplido a través de él y así no dejar que las brasas agonizaran-… Regresaba yo de ve’ una película al aire libre esa noche…

¡Virgencita, la calor que jasía era mu fuerte!

¿Te acuerdas, mija de la película que vimo cuando e’tábamo jen Ehmeralda’?

¿Te acuerda que la proyectaban sobre una paré? Flor de ‘urasno se yamaba ¿no? Bueno, igualitico quesa ve’ yo había vi’to La creación del edén en tennicoló.

Pa’ e’to me viá mandao a hacer un ve’stío nuevo con una tela que me regaló mi mamá Julia. Yo taba bien aliñada y como en esa época taba de moda la falda campana pa ese día me venía de perla.

Ya era como cerca e la’ once y venía silbando un fox por la caye que iba a mi casa, cuando e repente se acerca un retaco con cara e la sierra y mandonsísimo me ice — ¡Papeles!—

Yo enseguía por la vo’ me í cuenta qu’era un chapa. — ‘Tate— me ije yo padentro — e’te lo que quiere e’ refocilarse grati’ conmigo— Pa mala suerte, me viá olvidao yo la cédula, que en esa época no era como la de ahora. Bueno, como venía iciendo, me viá olvidao lo’ papele y el chapa empezó a tratame de p parriba y p pabajo y cuando e’tiró la mano pa tocame debajo el vestío, de un soplamoco le paré el carro por abusivo. ¡Oye, s’encaprichó el hombre y me yevó presa! Y así fue que me yevó

a la intendencia. Cuando yegamo le ijo a lo’ otro policía’ que me viá agarrado por pro’titución.Mencerró en un calabozo y se puso a e’cuchá música. ‘Taba o’curo y le’ joía claritico que se secreteaban y se reían. Pasaron varia’ jora’ . Taban chupando cerveza y me puse a pensá que no quería amanecé ahí. Yo ya sabía que lo que querían era que me durmiera pa luego venime a caminá.

Me puse a yorá y a rezá —¡Virgencita, Madre de Jesú, no permita que me quede aquí! ¡Hajme un milagro, Madrecita! ¡Protégeme! —

En eso que yo ‘taba veo con la lu’ que venía de fuera que el candao era deso’ antiuo’ que tenían la oreja larga, me acerco cayaíta ha’ta la puerta, empujo ‘ejpacito y se hace una rendija grande, quedito me saque lo’ taco’ pa que no me sintieran, metí a vé si podía pasá la cabeza y luego metí el cuepo y tamién pasó, así que mescurrí despacio ha’ta la tapia qu’era bajita, me trepé y salté a la caye. Ya me estaba alejando por la caye de tierra cuando no fue cuento quempezaron a ladrá uno’ perro’ y a oìrse voce’ y empezaron a gritá — ¡Onde se habrá metío! — y jau,jau! ladraban lo’ perro y vía una luce’ así que se habían dao cuenta que me viá ‘scapao y empece a corré como alma que yeva el diablo y me metí por un camino yeno de monte hasta que me arrimé a la verja de un jardín y me yegué asta una puerta y comencé a golpiá y a rogá que me abrieran y na’. No me abrían y luego a o’cura’ vi otra puerta y también fui a golpeá y tanto golpié y na’. Rendía por el cansancio y la caló me quedé dormía. Cuando en eso comenzaron a cantá lo’ gayo’ y abrí lo’ ojo’ y entremedio de la neblina que había caído empiezo a leé uno’ letrero’ : “Fulanita de… Tal …1903…-1940, Mengano… 1910…1935… una cruce por acá, otra por ayá… ¡Aaay, mamita! y toíta la flore’ estaban marchita…”

Lídice Robinson
Buenos Aires 5 de noviembre 2009