martes, 6 de mayo de 2014

La vaca negra


(De "América y la tierra")
-No te vaya’ Enrique.

- ¿Y por qué no me he de ir? ¿Quién va a traer la plata para comer?

-Por Dio’ te pido que te quede’, tengo un mal presentimiento, Enrique!

-¡Ya va! ¡Ya va a empezar!

-No te vaya’ que he soñaó con una vaca negra y eso quiere decí que va habé pelea.

-¡Bah, creencias! Vos me quieres meter miedo, y ¿qué si hay pelea? No te meterás nomás.

-La vaca estaba chorreando sangre, Enrique. Es grave soñá con eso. Quédate, quédate.

Y mientras doña América le perseguía relatando su sueño, Enrique llenaba una vieja lavacara de aluminio con agua y se aseaba para irse al Cumandá.

Ese día era el primero de clases en toda la sierra, pero Ignacia, no irá a la escuela.

No había plata para los útiles ni para la matrícula ni para…

La niña no comprendía por qué sus antiguos compañeritos la ignoraban ¡Sólo han pasado unas semanas! Y así ella cerró la ventana del cuarto, se sentó sobre la cama y observaba la discusión mientras el hombre preparaba su máquina de afeitar y convertía en espuma un jabón. Realizó el ritual de los hombres que huyen de las quejosas mujeres y los fastidiosos niños y se pierden bien lejos de sus moradas, en lo que sea. Él se refugiaba en el alcohol, que era el único amigo que le daba pan y lecho sin sudar en la simpleza del mundo, le mentía y le rasgaba la piel y el bolsillo con indolencia. Al anochecer cuando llegaba al cuarto, si llegaba, le esperaba una pantera asesina, agigantada y deformada por su visión etílica y fanfarroneando su hombría, por los ardores del agua, lanzaba también sus improperios, mentadas y también los golpes, pero la pantera era más fuerte que el gallinazo. Ignacia, en el medio, veía volar los cuervos de las palabras soeces salidos de un infierno oscuro y sobrecogedor. Luego, todo cesaba, con los conjuros entre dientes de doña América y los quejidos hiposos de Enrique. Afuera, los sapitos y el aullido de los perros denunciaban el silencio del barrio.

...
-Sí, trabajo dice él, cuando se ha visto que sea trabajo empinar la botella, en vez de quedarse solo por hoy, porque, seguro va habé pelea. Lo sueño nunca equivocan y yo tengo este pálpito Jesú María Santisima, y esta puerca sucia que no sirve ni pa prendé el fogón. A tu edá, tu hermana ya me llevaba el desayuno a la cama. Y el bonito, que lo único que hace es insúltame, darme dolor de cabesa, tate, va a venir borracho. Ya estoy cansada. Esto no me lo merejco. Un día d’esto’ me largo pa mi tierra y se quedan lo do, a ver…- Así estaba doña América, refunfuñando cuanta letanía atinaba a pasarle por la mente cuando se oyó por la puerta que daba al patio unos golpecitos y la voz endulzada de la vecina del terreno de al lado.

-Vecina Meri!, ¿Se puede?

-Diga vecina Blanca, pa qué soy buena.

-Aquí que vengo a pedile un favor bien grande.

-Diga nomás qué se le ofrece- respondió doña América tratando también de afinar su voz.

-Que me dé viendo al Roberto y a la Magali. Yo le he de pagar cuando vuelva.

Verá, es que como ya está bien viejita mi suegra se ha caído y se ha roto la cadera, y como el mío está de viaje, toca ile a cuidar en el hospital.

-No se preocupe vecina, yo se los cuido.

-Me shevo al Mauricio, ahí le dejo ya preparada la mamadera pa la Magali cuando se despierte. Ah, y hay comida, calentarále y serviránse usté y la suíta, nomás. Al Roberto ya le dejo comido y stá viendo la televisión.

-Ah, bueno vecina, vaya nomá tranquila que ahorita subo.

-Taluego.

-Taluego.

Las comadres se despedían mientras el barullo del cuarto contiguo de la casa aumentaba entre la saturación del relato deportivo, los gritos entre festivos y alevosos de los Chiluisa, el ruido de botellas o vasos rompiéndose, el Aucas había perdido. “Y esto me faltaba. Esto’ longo’, a quiene les serví cuando no tenían ni pa comé, a quiene los ayudé cuando se murió su muchachito. Si no hubiera sido por mi hubieran ido a la cárcel, porque ese muchachito estuvo yorando toa la santa noche y esto’ que roncaban ni me oyeron cuando le fui a golpeá la puerta, ni se dieron cuenta que la criatura se estaba muriendo. Yo que fui a buscar al padrecito pa que le diera la bendición a ese angelito, yo que le presté plata pa que pudieran hacele el velorio. Y así me pagaron, acusándome de que le había robado. ¡Roñoso’, miserable’!”

América estaba por estallar así que prefirió empeñarse cuanto antes en el encargo. Sus pálpitos eran más fuertes. “Mejor evitar una desgracia”. Arremangándose la pollera de paño que llevaba ese día, trepó por el pequeño chaquiñán hasta la vivienda de Doña Blanca. Previamente había dejado a Ignacia la tarea de lavar los platos en el patio, así ella la vigilaría desde la terraza contigua.

“Al fin, un poco de sosiego” pensó mientras bombeaba la válvula del reverbero. Un fósforo, otro, no encendía. “Ha de estar tapao”. Decidió limpiarlo. Vacío la escasa gasolina que había en una lata. “Tal como pensé, esta gasolina está sucia.” Como si el tiempo quisiera andar más lento, la beba seguía dormida y Roberto seguía viendo la TV. Un silencio pesado acompañaba el soplido y el bombeo de la válvula.

Se oyen bufidos y palabrotas y otras ininteligibles atravesando el zaguán de la casa. El indio Chiluisa, beodo y azuzado por los vasos de Crystal, va gritando y pateando cuanto obstáculos se le cruza. De una patada derriba la desvencijada puerta que separa el patio con la calle. Se dirige a la niña arrodillada frente a las lavacaras. -¿Dónde está la negra pucta de tu mama?- La tambaleante figura se agrandó sobre Ignacia, la agarró por el cuello y la tiró al suelo. Con horror ve la chica que se lleva las manos a la bragueta.

-¡Mami!, alcanza a gritar al tiempo que rodando se escapa hasta la cocina. Un trozo de leña silba en el aire y da en la espalda del borracho. La pantera ha saltado la terraza. La mujer del Chiluisa ha entrado corriendo y suplica a la negra que no le pegue a su marido. Se lo lleva casi arrastrando entre desvaríos y escupos.

-Entrate al cuarto que yo ya vengo con la comida. Tranca bien la puerta.

“Esto no habría pasado si no se hubiera ido el bonito del Enrique, tate, cuando vuelva, ya lo va a ver. Supersticiones mías dice él, ahí está. Pobre de él que venga borracho. Esto no es vida”.

Fue a ver a los niños de su comadre. Para entonces, Roberto se había quedado dormido y la nena estaba despertándose. Emprendió de nuevo la tarea de encender el reverbero para calentarle el biberón a la criatura.

Ignacia, ha desobedecido a su madre y ha salido del cuarto. La ve de espaldas a la calle frente a la hornalla encendida. Ve también a Chiluisa subiendo en puntillas como en acecho hacia donde estaba su madre. Lleva algo en la mano, el pico de una botella.

-¡Mami!- grita angustiada. América sin darse vuelta le ordena que vuelva al cuarto. El chacal avanza.

¡Mami! grita por segunda vez y ahora sí se voltea, a tiempo para esquivar el golpe traidor. La pantera retrocede, el chacal intenta asestar un segundo golpe, aún zigzaguea.

Una nube sorda de acontecimientos se impregnará eternamente en la memoria de Ignacia.

Ve cómo su madre hunde las manos en los bolsillos de su falda, saca una caja de fósforos y enciende uno. Con la puntería que le caracteriza prende la gasolina sucia de la lata. Un tercer golpe del indio y ella con una agilidad diabólica alcanza la antorcha y se la tira.

Ahora la antorcha es enorme y gira consumiendo el poliéster rojo y amarillo del chacal que aulla desesperado, cae y se retuerce entre gritos ahogados.

Se materializó todo el barrio al instante. Algunos para socorrer al que se estaba quemando. Otros para…

Ignacia corrió a abrazar a su madre. La turba frenética por la morbosidad y el racismo daba rienda suelta a la lengua.

-¡Negra incendiaria! ¡Negra asesina! ¡Bruja sucia!

La policía llegó antes que la ambulancia. A empujones se abrió paso hasta el cuarto donde estaban la rehén y los tres niños que lloraban. Ella, inmersa en la pesadilla de la vaca negra. Tal vez chorreaba sangre, tal vez chorreaba fuego.

El nudo entre madre e hija fue brutalmente desecho por los gendarmes. La esposaron mientras los curiosos le lanzaban piedras. Algunos policías trataba de alejar a la multitud. Los niños quedaron encerrados con candado en el cuarto de Doña Blanca, pero Ignacia, quería estar con su madre a toda costa. De algún modo trepó por la ventana, saltó al patio y fue corriendo hasta casi alcanzarla. Vio cómo la metían en la patrulla. Percibió una última mirada, sin lágrimas pero tan profunda que dolía, que parecía darle la facultad de volar, alcanzar la patrulla y detenerla y así hubiera sucedido de no ser por una mano fortuita que le impidió ser arrollada por una camioneta.


Lídice Robinson

                                                                                                                 Buenos Aires, marzo de 2013

viernes, 2 de mayo de 2014

Penas resecas

(De "América y la tierra")


Aunque su cráneo era muy pequeño, Ignacia poseía una cabellera abundante, larga y tan seca que de lejos parecía una chamiza andando. No se podía decir si era hermosa o no. Había que mirarla con mucha atención, pero la gente no tenía tiempo y si su madre pensaba que era bella, nunca se lo dijo. Habrá querido evitar que la niña creciera presumida y vanidosa o habrá sido porque en su juventud, doña América, jamás recibió un halago de su madre o de su abuela, menos aún, de sus hermanos y por eso, la idea de tener una hija que pudiera despertar la envidia de las vecinas, le era remota. No obstante jamás quiso cortarle la pajosa pelambrera, ni aún cuando a la pobre chicuela le aquejaban los piojos. –¡Humm! esto es piojo e pena.- decía y con la paciencia con la que hacia las cosas pequeñas, y dueña de una vista de águila, agarraba a la niña, se sentaba en el patio bajo el sol abrasador, la acostaba sobre su regazo y mechón por mechón iba escarmenando con agua de ortiga y uno a uno sacaba de todo, hasta que no quedaba ni un mísero liendre seco. Tan efectivo era su método que Ignacia quedaba como nueva. Eso sí, cada cabello que se le cayera iba a parar en una bolsa que después “curaba” con orines y agua bendita. Su secreto terror era que el mal de ojo pudiera arrebatarle otro hijo.

Es que años atrás, doña América había parido a su tercer vástago, quizá el que más amaba porque era fruto de sus amores con don Portugal Obando, un soldado que las circunstancias dieron de baja. Lo llamó Jackson.

–Mijo iba a ser guapo- decía, y se explayaba describiéndolo tan vívidamente que quien la oía, no tenía más que extender los brazos y agarrar al chiquillo y arrullarlo. – Iba a se’ adivino porque nació con una cru’ en el centro ‘e la lengua y al mes de nacío ya gorjeaba y se reía como si conversara con lo ángele, pero a lo’ tre mese’ mi muchachito se fue pa onde van lo’ angelito que no ha tocao el agua bendita y esto lo sé porque unos días antes, estaba yo barriendo el patio y a la seis de la tarde una lechuza se puso a cantar, yo la espantaba, y siempre volvía al mismo palo a cantar las otras tardes a la misma hora. Hasta que no vino má y a la mañana siguiente mi Jackson ya no se despertó. Cuando lo estábamos velando se le iba abriendo su boquita y en el lugar donde estaba la cruz había un hueco, como el de un queso. ¡Ay! Mijo murió sin bautizo por falta’e plata. Las brujas me lo mataron y ahora debe ser una almita en el limbo- capitulaba, con la voz seca y fría a fuerza de sollozos reprimidos, y uno se quedaba maldiciendo a esas las horribles mujeres.

La madre, hueca, como calabaza vieja, debió ir al centro del pueblo a pedir limosna para comprar un féretro y poderlo enterrar en el cerro cerca del cementerio. Meses después llegó del Oriente don Portugal en busca del hijo. –Andá a velo al cementerio- Fue la respuesta de América. Ella le daba la espalda mientras atizaba el fogón. El hombre, la miró de pie a cabeza, queriendo adivinar en vano una emoción tan sola, con la cual consolarse y recordó a la preciosa morena de diecinueve años que huída de su casa se confió a su costilla y con quien se fue a vivir como un adolecente en un palafito del manglar esmeraldeño.

-Oye, dame un hijo, le suplicaba y ella se esforzaba por complacerle y a cada expectativa sucedía la desilusión de los amantes. Sin embargo así, un año y medio duró el idilio hasta que la primera mujer de Portugal apareció de sorpresa. Había venido de la Sierra, era unos años mayor que él, corpulenta y de mal carácter. Empezó el declive de la felicidad.

Al principio, América quiso retirarse por las buenas, le explicó a Portugal que debía volver donde su señora pues ella había llegado primero. Él, sin querer contradecirle, se iba; pero al cabo de un par de días volvía, con algún chichón o rasguño, a la ternura de su morena. Despechada y aprovechando que Portugal estaba de servicio en el cuartel, “la legal” ora sola, ora en gavilla, con las otras mujeres de los soldados, empezó a acechar a la “negra tal y cual”. Cuando se la encontraba por la calle, le tiraba una que otra sátira, sin saber que no hay que torear a las vacas que pacen. De vez en cuando, una comedida piedra llegaba a la espalda de América -¡Mona tal, robamarido! – le gritaban y ella seguía adelante, espigada y erguida como una reina. –“Tate, ejta’ longas buscapleito, se creen que porque son mujere de milico, puen vení a la tierra de “lo mono” a jodélo a uno.”

Hasta que en una ocasión la emboscaron, pero América había ya tomado los recaudos necesarios, pues, escuchando su corazonada, había preparado su pelo en una serie de diminutas trenzas cosidas, había bañado su cuerpo en aceite y se había vestido con ropa ceñida de entre casa. Joven, de sangre ferviente, dejaba fluir el fuego del combate ancestral, las mujeres no lo esperaban, la mona no peleaba, no se defendía, danzaba y a cada bofetada o arañazo detenía con un golpe. Intentaron asirla, por el cabello, por la ropa, por los brazos, pero ella se escurría, en cada descuido asestaba con puntería un puñetazo o una patada hasta que cerca del cansancio vino la policía a separarlas. Detenida, se la llevaron a interrogarla, las gavilleras, como testigos contusos. “La oficial” victimizada mostraba un hueco de su muslo. Insta el intendente a que hable la fiera. América no contesta, pero sus ojos llamean y ante el horror y morbo de todos ella escupe un pedazo de carne.

-¡Tú te yeva’ a tu marío y con él te yeva’ este recuerdo!

El precedente se sienta en la memoria de los curiosos.

Portugal se ha enterado del incidente, viene a ver a su amante, convence a los oficiales que la dejen libre. Las horas que siguen son amargas. Todo, es diferente ahora, pues deben despedirse. “La oficial” ha logrado que le den el pase al Oriente. Ellos entrelazados, como esperando una piadosa muerte, pretenden convertirse en piedra, pero la aurora húmeda filtraba sus vapores entre las guadúas del cuarto.

Lídice Robinson
25 de febrero 2014