martes, 15 de abril de 2014

La celebración


(De América y la tierra)

Esmeraldas pregonaba su siglo de emancipación con verdes y blancas banderitas de papel, engomadas con muyuyo. Se preparaban bailes, concursos de atracones, conservas y cocadas.

Los frejolillos de palo se cargaban venciendo las ramas, las niñas jugaban a la rayuela, los chiquillos dejaban a un lado el tejido de las redes. El olor del mar pescaba pescadores en tierra.

Los buques, saludaban con su ulular a la ciudad en fiesta y la música de los amorfinos venidos desde Manabí brotaba de la sombra de los zaguanes. El espeso barrio no estaba ajeno al movimiento, solo en la casa se sentía la alegre tranquilidad de los días de asueto.

-¿América, ya terminajte laj cosas?

-Sí mamita.

-¿Quierej ir al centro a ve’ los carroj alegórico’?

La muchacha no sabía qué contestar, estaba tan acostumbrada a obedecer y hacer la voluntad de los demás que le resultaba extraño el deseo propio. Como si se encontrara en un gran aprieto, buscaba la respuesta correcta, temerosa de contrariar a la abuela.

Decir que sí o que no, implicaba dejar descubierto el semblante de su mundo interior.

Pero la abuela ya lo había decidido. Iría, y no solo eso sino que el hijo de doña Filomena Reinoso se había ofrecido a llevarla a la feria y traerla de regreso al terminar el recorrido de su colectivo.

El gentío frenético se movía cerca de la playa. Un grupo de niños sobre el espejo de la arena mojada daban caza a los cangrejos.

Tumb! tumb! El canto negro se extendía luminoso por el aire.

La arena seca cimbraba a los pies de los danzantes.

Un vestido de tafetán floreado ceñía el talle de la chica que había preferido llevar zapatillas acordonadas y ahora las traía al hombro. Los vuelos de su falda y el fuste blanco desparramaban gracia con sus movimientos.

Tumb! tumb! Un trueno.

Era temprano aún, sin embargo, la muchacha decidió volver a su casa. Se alegró de sus zapatillas, correría y así la vecina lluvia no desharía el encanto del almidón de su traje verde. Después avisaría a doña Filomena, para que no vaya su hijo a buscarla en vano.

Se encaminó a la calle principal, la fiesta le perseguía. Desconfiaba de la euforia de los beodos, y el aguacero cada vez más cerca. Las máscaras le salían al paso, y el ruido se volvía insoportable, si no hubiera sido por el viento y las primeras gotas de lluvia.

Tumb! otro trueno.

Ya casi salía del tumulto.

-¡América!

- ¡Joven Rafico! Graciaj a Dio’ que ejtá usté acá.

-¡Suba, que se moja!

-Ya me estaba yendo, dijculpe que no lo iba a ejperá – Dijo mientras abordaba el bus.

El hombre sonrió, no tenía importancia, puso en marcha el vehículo, América no se había percatado de una mujer que se encontraba en el asiento de preferencia, cuando la miró, ésta le sonrió tristemente. Una ligera inclinación de cabeza como saludo y tributo al duelo que llevaba, no dejó de llamarle la atención lo blanco de las flores de seda que adornaban el atuendo de la mujer.

Mientras Rafico maniobraba para no meterse en las ciénegas, la lluvia golpeteaba con sus lagrimones los vidrios, ya casi no se veía por las ventanas. La conversación era imposible por el aguacero sobre las latas. La chica suspiró, acomodó su vestido y echó de ver que se habían zafado los cordones de sus zapatillas, se agacho sobre el asiento para atárselos.

-¡Ya llegamos!

América levantó la cabeza, había oscurecido, pero alcanzaba a ver monte por todos lados, y más furioso que nunca el viento escarmenaba el agua sobre la tierra.

“Se ha equivocao” pensó, rápidamente buscó a la mujer, ella seguía allí con su aplastante tristeza, cuando miró a Rafico, las facciones de él estaban desencajadas, llevaba unos cuantos viernes adentro, y entonces su cara se agrandó sobre el rostro aterrado de la muchacha.

Todo el barullo de la feria, los tambores, el griterío de la gente golpearon su cabeza con el puño cerrado y lo último que vio y oyó era la mujer triste diciéndole “estoy aquí para acompañarte, iré donde vayas tú”.

***

¿Dónde, dónde había escuchado ese cacareo?

No eran sus gallinas.

Cuando abrió los ojos se dio cuenta que no se encontraba en su casa.

Se filtraba la luz por las rendijas de la caña guadúa. Todo olía diferente, aún la frescura de monte después de la lluvia.

La noche de horror le encogió el corazón.

Le dolían los párpados

Se puso a rezar, pensando que era un mal sueño, y solo se desvanecía por momentos la imagen de aquella mujer.

Su llanto silencioso empezó a estremecer sus oraciones hasta el sollozo.

-Ameriquita, ¿ya está despierta?

La voz de doña Filomena mientras asomaba la cabeza por la puerta.

-¿Se siente mejor? ¡Qué suhto no’ ja dado a todo’! Vea, hemo’ ehtao pensando en la mejor manera’e que vuelva a su casa sin que la rete’oña Julia.

La señora le dijo que había estado inconciente varios días, y que se le había roto el vestido en la playa, que Rafaelito, tan caballero, la trajo a casa para que se lo cosiera. Todo esto dicho en un tono de complicidad, que estaba a punto de producirle arcadas de angustia.

-Pero mi mamá Julia…

-No se preocupe, Ameriquita, ya le mandé a deci’ que le diera permiso pa’ cerme compañía por uno’ día’ y ha consenti’o en ello, eso sí le encargo que ejta conversación no se la cuente a nadie, ¿me oyó? pue’ la que sale perdiendo e’ ujté, ademá’, coquetearlo a mijo, sabiendo que se va casá’, eso yo no ejperaba de ujté, tan formalita... ¡Mire! Ya ejtá el vesti’o.

Como una flor arrancada volvió a su casa, abierta y seca como una almendra sin aceite, conociendo lo que no había querido conocer: Un mundo artero que le robaba su ración de sueños.

Sintió que hasta las palomas la miraban diferente. Sus largas pestañas acentuaban su congoja, un secreto impuesto que le mordía los talones, pero ¿cómo contarlo? ¿A quién? ¿Quién se lo creería?, doña Julia era capaz de dar más crédito aun tramposo que a sus propios nietos. Echaba de menos a su hermana, ella abría sido su paño de lágrimas, ella que era ya una mujer desde hace tiempo, sabría decirle que hacer, pero no, los deberes de la casa no podían esperar.

Así, se retrajo cada vez más y se refugiaba por las hamacas que colgaban debajo de la casa, empezó a descuidar poco a poco sus quehaceres, los castigos empezaron a multiplicarse. El ojo malicioso del tío la asediaba. A veces, se metía al dormitorio a gatas y trataba de acariciarla pero ella fingiendo estar profundamente dormida pateaba y manoteaba, de tal suerte que Cuchucho, se retiraba temiendo despertar a los demás. La lengua venenosa de la tía la atormentaba, y al disimulo desordenaba lo que ya había sido arreglado, para provocar el regaño de la abuela.

“Una vez, me fui a La Propicia con la batea’e ropa pa’ lavá como siempre. Taba yo rejtregaando una camisa, cuando veo que un pantalón de Matía se me estaba yendo en el río, me metí al agua toa vejtía y a nado lo alcancé, no jue cuento que al salir a la orilla, toíta chorreando, siento un golpe en la ejpalda. ¿Quién había sío? El bonito ‘e mi hermano, que me había ejtao espiando pa’ luego ile con cuento’ a mi abuela. Agarró un canalete con el que se golpeaba la ropa, y empezó a queré darme en la cabeza, oye, como si quisiera matame. Yo, en ante’ no me defendía de pura boba que era, pero esta ve’ me dio coraje así que aprovechando que él ejtaba mal parao lo cogí ‘e laj piernas y lo zumbé pal agua. El condenao era güeno pa’ tirame cojcorrone’, patada’ pero no sabía nadá con lo que me reí de lo lindo porque empezó a manoteá y a gritá que lo sacara, ej que no se había dao cuenta quel agua ejtaba bajita, y la gente le gritaba: -¡So pendejo, parecej longo!- y dejde ahí le pusieron a Matía el apodo ‘e longo, así jue como me desquité de toíto lo que me hacía. No mija, es que ya ejtaba cansá ‘e tanto maltrato, se daba golpe’ en el pecho diciendo: - Sií! Yo soy el preferío ‘e mi padre! Yo he ido al colegio y tú no- Y mij’ otro’ jermano’, eso’ eran igualito’ y también eran uno’ vago’...”
Cuando por primera vez la savia escarlata empezó a descender, no tenía amigas a quienes peguntar qué debía hacerse, ni un alma le explicó que no había motivo para ruborizarse. Se escondía por entre los árboles frutales, cavaba un hoyo y sepultaba allí la causa de su vergüenza.

Y su madre, ausente siempre, siempre.

Entornaba los ojos como cuando están cansados de sol, para sentirla cerca y perennemente la veía alta y de espaldas, como yéndose. Se miraba así misma de igual manera, sin rostro y sin palabra, yéndose también, pero en el río crecido y rugiente.

Hasta que una tarde, mientras mecía su existencia en la hamaca, el largo pasillo de sus pensamientos se poblaba de recuerdos y sólo de los no tan buenos. No se acordó, por ejemplo, de las muñecas de aserrín, ni de las tacitas de tagua de su infancia. Una voz, de alguna parte le preguntaba si todo lo sufrido tenía sentido.

Bajó un pie y otro se apeó más adelante, se deslizó quedamente hacia la verja de malvas. Todo en ella estaba enmudeciendo. Pasó por el gallinero, por el palomar, íntimamente deseó tener alas, se dolió un poco de la indiferencia de los perros.

El día rendía sobre las cosas sus últimos suspiros dorados, y la silueta nubia de unos cabellos al aire, atravesó la puerta del seto. Penosamente el palo de mango se estiraba tras de casa para despedirle. Se volvió por un momento para mirar cómo quedaban sus flores, sus ganzos,

Así fue en descalzado encuentro hasta el filo del barranco a preguntar una vez más hasta cuándo, y la de las blancas flores de seda respondió invariable:

- Espera, todavía no me lo dicen.

Y la muchacha se lanzó tierra abajo a perseguirla, con el anhelo de que alguna de las tantas vacas bravas que andaban por ahí, diese con ella.

Ya al otro lado se veía La Isla vestida con la neblina del río.

-¡Madre! Retumbó en el pecho la palabra, y en hora tan pesada echó a andar de prisa y sin miedo por el cementerio de los palos de balsa donde apenas se veían los caprichosos lechuguines abrazando las astillas con sus rizos.

Llegó a la orilla, sin perder el equilibrio como cuando era niña, a tiempo del último remero. Su silenciosa esencia la cubrió de las miradas indiscretas. Al bajar de la canoa la palabra sublime iba adelante como un pequeño faro.

Esperanzada bebía la brisa mientras trepaba ágilmente la loma.

Rodeada de mandarinos había una cabaña de madera que con ojos amarillos miraba hacia la cordillera, abajo, el delta se abría como una mano ávida de mar.

Subió despacito las escaleras y al plantarse en la puerta vio a su madre, de espaldas.

-Ha venío contigo- dijo sin volverse, mientras le ponía una vela blanca al pequeño altar lleno de estampas. América sintió que la mujer desconocida se quedaba abajo.

-¡Madre!

Doña Olga se santiguó, con un lento vigor se puso de pie y por fin miró a la muchacha, que no había dado un paso más. Desde el umbral le llegó sin palabras todo cuanto tenía que saber. Con una larga mirada sufrió lo vivido por la chica. Se sintió culpable de su largo abandono, pero el río que la arrasaba no se detendría jamás. Habría querido abrazar a su niñita y consolarla, pero la ternura estaba amarrada al miedo.

-Mamá, ya no quiero viví en la casa grande, quiero quedame con ujté. Yo le ayudaré en lo’ quehacere’…

-No puede’ quedarte, te van a vení a bujcá con perro’ y yo no puedo defendete. No necesito que me ayude’, no quiero que me ayude’…

-Puedo aprendé a curá el mal deojo...

-No muchacha, no. No necesita’ jacelo, cuando ejté’ lijta va’ja sabelo, si te queda’ te va’ a condená y yo me voy derechito pal infierno por dejate hacé.

-¡Madre!

-Mejor ándate, que no tardan en vení, yo ‘toy maldecía.

-Ujté e’ buena mamá- agregó en tono suplicante pero la hechicera ya le había dado la espalda.

-Vete muchacha, que tengo que hacé. Dió’ te bendiga.

América, comprendiendo su soledad se arrancó de la puerta, de las escaleras, de su sangre y echó a correr loma abajo mientras de lejos le llegaba el adiós de los jazmines.

Lídice Robinson
Buenos Aires, 11 de junio de 2008





lunes, 14 de abril de 2014

Un día en la escuela


(De América y la tierra)

-¡Tu mama es ladrona porque es negra!

Esas palabras, dichas tan claramente en un chillido, no dejaban lugar a dudas; se había lanzado la ofensa y había que responder.

Los ojos grises de Ignacia se encendieron y el ofensor no era una ofensora, entonces a puño cerrado y patadas.

“Honrarás a tu padre y a tu madre” rezaba el mandamiento y ella no faltaría de ningún modo porque en una sola persona tenía padre y madre. “Negra sí, pero muy honrada” pensó.

Tal calumnia debía ser castigada.

Se abalanzó sobre el chiquillo de estatura algo más alta que ella.

Al principio, él solo ponía las manos como defensa pero los golpes que recibía eran muy fuertes y le producían no poco dolor.

Pronto se trenzaron en una lucha que rodaba por el suelo y la furia vencía al asombro.

Los demás rodearon a los luchadores, animando al uno, animando a la otra, a ambos, era todo un espectáculo. Hasta que el barullo atrajo la atención de los maestros en el corredor.

Dos manos firmes separaron a los contendientes y resonó la voz atiplada de la maestra, dejando en culpable silencio a los demás chicos.

-¿Qué te pasa Ignacia?

¿Por qué golpeas a tu compañerito?- increpó visiblemente contrariada. No podía comprender cómo una niña tan dulce y educada había dejado en tan lamentable estado a otro chico.

Aún agitada, la niña lo miró, en un esfuerzo por contener el llanto. Y al ver que un hilo de sangre se deslizaba de la nariz del de la bocota, estalló sin poder explicar nada.

-¡A sus tareas!- exclamó la maestra mientras conducía a los litigantes al departamento médico y a la dirección respectivamente.

Para los niños, el ser llevado a la dirección, significaba ser un niño malo y tenía un precio: ¡La expulsión!

Rápidamente vinieron a su vivaz memoria los días previos al inicio de clases:

Vio a su madre radiante llegar con la noticia de que la había matriculado en esa escuelita que tantas veces miró extasiada desde el alambrado. Se pasó la manito por el lloroso rostro y entre gimoteos recordaba que una vez la mamita se había puesto muy guapa, guapísima para ir al centro y comprarle los útiles escolares.

Cuando regresó le contagió su entusiasmo, mostrándole el libro “Caritas Alegres” en el que aprendería por fin a leer, claro que antes se había ocupado de enseñarle una que otra letra.

Siguió buscando en la bolsa de papel y aspiró ese característico olor a nuevo y, ante sus agrandados ojos surgió la caja de pinturas ¡Nuevas! ¡Qué felicidad! ¡Y la mamita la había comprado! ¡Doce colores! Las tradicionales “Carioca”.

Echó una mirada al gran tarro de galletas, repleto de bolígrafos, lápices y crayones viejos que usaba para hacer sus dibujos y garabatos. Sintió pena. No se desharía de ellos.

Vuelta a mirar la caja nueva, le parecía sagrada y la depositó suave y respetuosamente a un costado. Miró a su madre, ocupada en buscar en otra bolsa de papel y en un impulso quiso abrazarla, pero a mitad de camino se contuvo, ella era también sagrada, más que las pinturas.

¡El uniforme de los lunes!:

Un saquito rojo con ribetes bicolor en azul y blanco, una falda plisada azul marino y una blusa blanca.

¡Un mandil blanco y con pechera! Como el de la niña de “Mundo de juguete”, la novela que a veces miraba en casa de los vecinos.

¡Todo era nuevo! Salvo los zapatos. No alcanzó la plata.
No importaba.
Fuera de eso, todo era prometedor:

No tenían luz eléctrica, pero los lápices de colores harían más brillante la luz de la vela y de la lamparita de kerosén hecha por su mamá.

No tenían agua corriente, pero ahora pintaría un grifo propio y una ducha de agua caliente.

No tenían cocina a gas pero ahora los leños del fogón proporcionarían un fuego rojo y chispeante para hacer más frecuente la deliciosa comida. Para hacer más frecuente la comida.

Sí, toda la sensación de hambre de sus anteriores días había desaparecido ante tales promesas. Hasta fabricaría un castillo para que pudieran vivir ella, su madre y acaso su padrastro.

Mientras tanto la mamita canturreaba un antiguo bolero, de esos que no han dejado rastro, forraba los cuadernos y los libros con papel de empaque y ponía en sus lomos las iniciales I. B.

Luego abrió el “Caritas Alegres” que ilustraba niños blancos, rubios y rollizos, y escribió en la carátula con su bellísima letra inglesa, una especie de poema que leyó en voz alta para que Ignacia lo recitara:

“Si este libro se perdiera,
Como puede suceder,
Le suplico a quien lo encuentre,
Que lo sepa devolver.
No es de oro ni de plata,
Ni es cosa de comer.
Es de una niña pobre
Que tan solo quiere aprender”

Se esfumó el entusiasmo de Ignacia cuando su madre, con su habitual mirada severa y voz grave le dijo:

-“A tu’ otro’ hermano’ no lo’ pu’e mandá l’ ejcuela, eyo no han tenío tu suerte.

Ejto me ha costao mucha plata. Si no aprovecha’ loj e’tudio y me trae’ de mu’ buena pa’rriba te saco ‘e la ejcuela y te pongo a trabajá”

Ese pensamiento la asaltó de pronto.

Se detuvo y con voz casi angustiada suplicó a la profesora:

- Señorita Sonia, ¡no quiero ser expulsada!- y reanudó el llanto. San Pedro, la miró conmovida, cerró los ojos y decidió que no era para tanto.

Estando en la puerta de la Dirección, agarró a la niña para volver al aula, pero el Director que ya había sido informado, les salió al encuentro:

-¿Cuál es la novedad, Señorita San Pedro? – Preguntó fijandol a mirada en Ignacia a través de sus gruesos lentes.

-La niña Barker estaba golpeando a Jorge, el del año pasado, y no ha querido decirnos por qué.

Evidentemente, Navarrete se había prometido una historia deliciosa, pero primero debía calmar a la asustada niña.

-A ver, jilguerito ¿Te pegó muy duro?- la niña negó con la cabeza a pesar del moretón en el brazo.

– ¡Que traigan a Jorge! – Jorge apareció con un taco de algodón en la nariz. El director creyó comprenderlo todo.

Al chico le gustaba hacer llorar a las niñas poniéndoles bichos en sus ropas y en sus pupitres, cuando no en los carriles.

Era afecto a buscar pelea pero como era el más fortachón, los otros le temían. No estudiaba, todo el tiempo desaliñado.
Siempre se dijo que algún día encontraría la horma de sus zapatos, pero nadie imaginó que sería una niña la que lo pondría en cintura.

-¿Qué te pasó en la nariz?- El chico no respondió al momento.
Se sentía humillado.
¡Una niña lo había tumbado frente a los demás! Y lo que era peor ¡La hija de una negra!
Pero seguramente la castigarían por su insolencia.

-¡Ella me pegó!

-¿Por qué?

-No sé.

-¡Dijo que mi mamá es ladrona porque es negra! -gritó Ignacia.

-Y ¿Por qué dijiste tal cosa?- El chico se encogió de hombros.

-¡No es modo de responder!- retó Navarrete.

-Porque no quería prestarle mis “cariocas” entonces él dijo que seguramente eran robadas, y mi mamita no es ladrona, por eso…por eso… ¡Por favor, no me expulse!- volvió a gemir la niña.

-¡Pero Ignacia! No va a pasarte eso- aventuró San Pedro, con una expresión de súplica al Director.
Él, que siempre estaba de buen humor y que a pesar del mal momento y de lo delicado de la situación, corroboró amablemente.

-Así es, y tú, ¡Jorge!...- el niño tembló- No volverás a molestar a nadie.

¡Nunca más! ¿Me oíste? Vas a aplicarte o tendrás que dejar la escuela.- el chico estaba expectante- Profesora, falta poco para que suene el timbre, vaya y deje a los chicos con tarea, luego quiero una Junta con todos los maestros en mi oficina.

-¡Jorge!- esta vez en tono de complicidad- Te golpeaste en los juegos. ¿Estamos?- El muchacho suspiró aliviado, una explicación así le evitaría una golpiza de su padre alcohólico.

Más tarde, la maestra se encargaría de explicar a los niños que todos son iguales ante la ley, indios, negros, blancos, todos y sobre todo ante la ley de Dios.

Ignacia se prometió que nunca más habría de lastimar a nadie y defendería a aquellos que no pudieran defenderse.

Los niños la admiraban por su valor, pero sobre todo por su fuerza. A sus siete años, era en la escuela, todo un personaje.

Todos los lunes, el director pedía que la niña cantara junto a él el himno nacional, y cuando tuvo sarampión, llegaban sus compañeros con la orden del día para que siempre estuviera al corriente.

La madre estaba orgullosísima de la popularidad de la niña.

Al final del primer grado obtuvo uno de los mejores puntajes de ese año.

Llegó la sabatina, las vacaciones tocaban timbre y el verano se acercaba con sus barridos cielos azules y sus ricos helados de mora y coco.



Lídice Robinson
Buenos Aires, 30 de noviembre 2006




domingo, 13 de abril de 2014

Cuello de vidrio


(De "América y la tierra")

Se llamaba Enrique y, como todos los chagras de la región, nació besando los pies al gran coloso de gola nevada, el Cotopaxi.

Hacía tiempo ya que el miedo a los legendarios rugidos del volcán se había transformado en recuerdos sepultos y Latacunga crecía con el sopor campesino en sus faldas, lentamente como el musgo en la floresta.

En la Cordillera Occidental latía sin flama el bello Corazón junto al Atacazo, todavía canoso y distante. Abajo, retando las colinas, la arteria férrea llevaba sueños e historias de una ciudad a otra.
Los niños interrumpían sus juegos y olvidando su sangre se mezclaban para verlo pasar.

Los hijos de las longas se quedaban boquiabiertos sin saber si dar rienda suelta al salto emocionado de sus pequeños corazones y los hijos de la casa, con arrogante inocencia, fabricaban puentes con sus manos en el aire para hacer pasar por allí al magnífico juguete de humo.

Los grandes los sacudían de su ensueño recordándoles su cuna:

-¿Qué has de juntarte con la longada, hijito? Ve a seguir estudiando.

-¿Quias diacer añiñado, colos siñores? ¡Andá seguir barriendo, guanbra manavali! - retaba una india mientras le halaba la oreja a alguno.

Y la formidable máquina dejaba ver sus años en su rítmico avanzar. Los viejos miraban al intruso como una incumplida promesa y chasqueaban amargamente lo que les quedaba de dientes.

Los señoritos iban con un séquito de peones y mulas hasta la estación de Chimbacalle para ir de allí a Durán. Luego de tediosas maniobras llegaban a Guayaquil donde finalmente se embarcaban en un mar de pañuelos y sombreros hacia el viejo mundo. De esta manera el primo Alberto se fue a estudiar a “Lonrres” y nunca más se supo de él, ni una carta, ni un telegrama, sumiendo el corazón de la tía Rosario en miles de rosarios de lágrimas.

A cargo de la empobrecida hacienda quedó don Segundo Aguirre, hombre de pocas luces y responsabilidad de zángano, que dejó que La Lucita fuera apagándose paulatinamente. 

Restó importancia cuando uno de los indios vino corriendo a avisarle que había visto unos cuatreros por los linderos.

Nada hizo cuando una mañana la ordeñadora le anunció que a su marido no sé quién le había atacado la noche anterior y que al amanecer faltaban varias cabezas de ganado, principalmente vacas. 

-Nuasoman las lecheras, patrón, han dejado los toros nomás.

-Falta semishas, patrón.

-Se cayó las tejas del establo, patrón.

-Se ha seco el arroyo, hay quiacer otro, patrón.

-Nuay 'rramientas, patrón.

-Nuay harina de castisha ni mashca, patrón.

Y así la cadena de quejas, faltas y necesidades fue agrandándose, hasta que ningún respeto inspiraba el nuevo administrador, por más que fuera pariente de las Toledo.

Los peones, que eran muchos, se sentían abandonados y se iban rebelando. 

No conocían ni entendían a Carlos Marx, pero la frase “revolución marxista” prendió en su sangre resentida como llama en paja estival y poco a poco fueron apropiándose de grandes parcelas y de lo que había en ellas:

-La tierra tiene que volver a sus originales güeños- decían los autoproclamados líderes.

Doña Teresa y doña Rosario maldecían la hora en que su hermana diera el “mal paso” con ese badulaque.

Doña María sufría en silencio sin permitir que sus ojos negros vertieran una sola lágrima, y así, las hermanas Toledo, huérfanas de voluntades férreas y don de mando cifraban sus magras esperanzas en Enrique.

¡Pobre muchacho! Tamaña empresa le ponían en los hombros las infelices mujeres por salvar las pocas hectáreas de La Lucita, y él, menos iluminado que el taita y que además a duras penas terminó la primaria, aceptó encantado, para más tarde -bastante tarde- darse cuenta que el poder solo sirve con el conocimiento, pero se encogió de hombros y cuando llegó la reforma agraria, tan solo vio pasar las tierras de una mano a otra, porque legalmente era menor de edad y los papeles estaban mal cuidados en manos de don Segundo, quien se mecía alegremente a la mitad de una botella de aguardiente.

La casona, sin más fortuna que la media vida que le restaba, cedía a las goteras que taladraban el alma de las viejas, cada vez más agrupadas para rezar el Santo Rosario, pero cada vez más distanciadas por sus íntimos reproches, culpas y frustraciones. La palabra cesó, solo se dejaba oír en agrias reconvenciones hacia el muchacho, que seguía esperando la promesa de su primo, el que antes de partir le había prometido mandarlo a traer para que conociera Europa.

De mala gana limpiaba las consecuencias de una pasada de copas en el cuarto asignado a los dos varones de la casa. Mientras atendía las borracheras y delirios de su padre, uno que otro golpe le pasaba zumbando en las orejas, había aprendido a esquivarlos, lo que al viejo exasperaba en gran manera, entre los ave marías de sus tías y de su madre, refugiadas del mundo y de sí mismas en los rezos para no ser tentadas por el Maligno, después de todo eran buenas. Después de todo eran solo mujeres.

Y Enrique se cansó de ver al olvido de los demás como en un espejo, así que él también olvidaría, solo conservaría en su memoria las ilustraciones y grabados del viejo Londres que en su niñez le habían sido mostradas.

La ilusión le seguía lacerando como la libertad a un preso. 

La capital florecida en el cercano valle le llamaba como una mujer escondida entre perfumes y afeites.

Se cansó también de esperar noticias de su primo, más bien; lo olvidó. Así que desafiando las amenazas de sus tías, desoyendo los consejos de su madre, se dispuso a seguir el camino del padre. Como él, bajo el enlodado sendero hacia el pueblo, no miró que las chacras quedaban desoladas y mustias.

Pasó por los chaquiñanes sin fijarse en los sembríos frescos del maíz ni en las violetas flores del los fréjoles. De nadie se despidió, ni contestó el saludo lejano de una vaca.

Su corazón iba arrullado por la necia garúa que lo acompañó entre resbalones y caídas hasta Latacunga.

Antes de llegar, el fresco aroma de bizcocho con mapahuira lo sacó de su ensimismamiento, y se tentó de hurtarle a la Matilde cuatro o cinco allullas.

Apresuró el paso, la garúa maduraba, aún no clareaba pero él estaba acostumbrado a caminar a tientas, a fuerza de recorrer hasta altas horas de la noche los establos cuando era niño. Aminoró la marcha para no ser sentido por los perros, un paso en falso, un nuevo resbalón. Ahora sus manos estaban sucias. Se lavaría con el agua del canal, además las allullas de la Matilde valían la pena, ya se relamía del gusto, cuando toda la maniobra hecha para llegar a la tanda de bizcochos fue interrumpida por un gruñido desconocido.

Una raposa le había ganado en sus intenciones y viéndose sorprendida escapó asustada por sobre Enrique, que manoteando fue a dar con unas ollas, armándose tal estrépito que despertó a los perros y a la Matilde.

-¡¡¡Ya has de ver, guambra succio, cuando te agarre el Fermín!!! ¡¡¡Warmilla!!!- gritaba la longa en el colmo de la ira al no haber atrapado al sinvergüenza, que ayudado por el lodazal se perdía cuesta abajo en el camino y los matorrales.

Jadeante, en la proximidad de la calle principal de Latacunga, sintió que el frío de la mañana le quemaba la cara. Echó de ver que le caía un chorro de sangre por la ceja, era un rasguño adquirido a la raposa. Fue a lavarse en el agua que caía del techo de una casa, luego sacó una botella de aguardiente y se desinfectó la herida, bebió un poco. Nunca se dio cuenta cuándo se acostumbró al sabor.

El pueblo estaba despierto, el bullicio del mercado le avivaba las tripas. La acostumbrada agüita con panela y las tortillas de maíz fueron rechazadas por él en un rapto de soberbia y despecho esa madrugada, la misma que doña María, con el corazón abierto como un grano de lenteja le extendiera su bendición. Ahogó el hambre con otro sorbo de alcohol.

Enderezó hacia la plazoleta desde donde partían los buses interprovinciales, allí trabó amistad con un uno de los chóferes que venían de la capital y se enroló en el ejército de “enganchadores” que se encargaban de cobrar y acomodar a los pasajeros. 

Ahora la ilusión fue reemplazada por la necesidad de huir de las amenazas, de los quehaceres que lo habían convertido poco a poco en un peón más, en el único peón. En la capital sería independiente, sería un hombre de verdad. 

Allá arriba, arropada de niebla y miseria piadosa quedaba su niñez, con las mejillas tostadas por el aire helado y parameño, acaso le perseguiría el canto de algún gallo en sus recuerdos. Allí, aferradas a los tiempos gloriosos y a las novenas santorales, quedaban las ancianas. 

-Ave María, gratia plena…

La casa, también mujer abandonada, se entregó de a poco al amor pernicioso de la humedad y las arañas.

-Ave María, gratia plena…

Lídice Robinson
Buenos Aires 24 de Febrero 2007