martes, 25 de marzo de 2014

Formas de querer



 (De América y la tierra)


Diecisiete años y ya parecía cargar con una historia ancestral, llena de pesadas cadenas que le arrastraban los pies, los brazos y la ambarina mirada hacia el abismo.

Una lenta y constante caída desde la raíz de su pelo bruno y ensortijado, avanzaba por su espalda y se perdía en la arena infinita. Sus arqueadas y espesas cejas hacían maquinalmente la misma pregunta: -“¿A qué vine yo a ejte mundo?”

Cuántas veces sentada a la vera del barranco vio pasar la Muerte de la mano que no era la suya y de la orilla de en frente y le preguntaba cuándo pasaría por ahí la serpiente y la otra le contestaba en un murmullo desgarrado por su paso: -Espera, que aún no me dicen cuándo.

Y la gran mandarina teñía el cielo con sus pestañas.

De vuelta, y con la luz de la luna torneándose en la cocoa de sus brazos, pensaba en los ingredientes de la merienda.

Esa mano, de palma casi tan blanca como las lajas de un coco recién abierto, la otra,… ambas acunaban el carbón; parecían dos palomas grises escarbando entre las cenizas. Luego un pequeño fuego con afable sonrisa aparecía como un niño tímido dentro del castillo de leña y crecía crepitante hasta abrazar lascivamente los leños en una danza marimbera.

La habilidad de sus manos, magia de muchas vidas, convertía en oro cálido y vivificador, el pescado, noble y engalanado de ajo y sal; la cebolla, niña gorda y delicada que se deshacía en olorosas cintas; el arroz, nieve ardiente, florecido de tomate y arvejitas tiernas.

¡Ah! ¡Qué deliciosa era su sazón!

Pero cocinar como ella cocinaba, requería separar el cuerpo, la mente y el alma sin morir, porque en la mesa, la mirada cejijunta de mamá Julia, el mohín traicionero de la tía y la perenne ausencia de la madre, la aplastaban.

Una isla rodeada de hermanos mimados y malagradecidos, eso era.

-Oye, ¿ya regajtel palo e mango?-Preguntaba la abuela.

-Sí mamá Julia.

-¿Hicijte el cocío e tamarindo?

-Si tía.

-Ve, ¿me planchajte lo’ pantalone’?

-Sí ñaño.

Otra cucharada.

-¿Guardajte laj gayina’?

-Sí mamá.

El látigo puesto por doña Julia en la mesa cerró a la conversación las bocas.
El tintineo de las cucharas se mezclaba con el griterío de los grillos.

Arriba, la luna herida por un negro rayo de nube reflejaba la tormenta contenida en su corazón.

“Espera, que aún no me dicen cuándo” le repetía la voz, queda, como un suspiro.

Poco a poco fue perdiendo el sonido de su verdadero nombre, nombre escogido por su madre casi al apuro, cuando su padre la miró en brazos de doña Olga y le dijo:

-Hazte cargo tú, que no es mi hija.

La niña dormía, pero sintió caer una lluvia caliente sobre su piel y su ropita.

Eran las dolorosas aguas con las que doña Olga bendijo a la pequeña y maldijo al padre.

-Te llamarás América- Y su destino se selló en la ambigüedad.

Entonces creció como crecen los niños de familias pobres y numerosas, poco amor, muchos quehaceres.

“Candil de afuera, oscuridad de casa”

Las vecindades que solían demostrarle algo de cariño tampoco sabían a ciencia cierta cómo llamarla, pero aconsejaban a sus hijas que emularan a la mulatita de doña Julia.

Ella, la modelo, la obediencia, la docilidad, ponía tanto de sí para ser amada y soñaba con casarse con un negro trabajador que la adorase y estar rodeada de muchas caritas felices que le tiraran del vestido. Era, lo que se dice, una mujercita.

-No como la Nimia; esa machona- a decir de la abuela, que estaba aún resentida porque la chica, bastante desarrollada, ni bien cumplió los trece se botó de casa y consiguió marido.

Nimia, algo menor que América, no resistió los embates y maledicencia de las que eran víctimas. Su corazón de mujer había despertado antes que el de su hermana y la sumisión no era su credo. Sabiéndose hermosa no iba a consentir que el exótico fruto fuera tomado por quien ella no quería, además los avances amatorios de su tío político le producían repugnancia y un miedo muy justificado porque la tía Virginia la atosigaba con sátiras y celos.

América, por su parte, nació con la estrella de silente paciencia y, por instinto había aprendido a esgrimirla como defensa. Pero el dique se había roto y el agua se filtraba calladamente.

Al terminar la escuela, la directora llamó a doña Julia para sugerirle una serie de colegios en los que podría matricular a su nieta.

Cual una pared escuchó de las cualidades artísticas de América. Oyó de su bella voz, de su habilidad en el dibujo y la pintura. Al finalizar el monólogo de la profesora, la abuela agradeció sordamente y se retiró pensando que querían arrancarle un brazo, que querían romper el espejo en el que se reflejaba.

El camino de regreso parecía haber multiplicado las piedrecillas para dificultarle el andar. ¡Ah! ¡Qué largo le resultaba ahora el sendero!

Su cabeza de algodón plateado estaba triste. Toda la edad se le vino como un muro y ella que lo había sostenido todo desde su viudez, flaqueaba en sus fuerzas.

El calor le pesaba en los hombros y le intensificaba el ruido de la selva. El pequeño platanar de su propiedad prometía abanicarle sus congojas.

No prestó atención al quieto desfile de los exquisitos frutos en los solares lindantes. Desesperadamente se asía a la imagen de sus míramelindas y pensamientos, amor de un día y lilas brillantes que la niña de sus ojos cultivaba.

¿Quién le ayudaría con el cuidado de la casa y de los nietos que vivían con ella?
Nadie tenía la amorosa mano a la que las palomas volaban y hacían la delicia de los niños en verano.
¿Quién le acompañaría a misa los domingos y por las noches a casa de las parturientas?

La profesora había mencionado la palabra “artista” y eso sí que no permitiría en casa; una mujercita metida en cosas de hombres.

“No. Que ‘tudien lo’ varone’ que pa’ eyo’ ej el mundo”

La prisa de su corazón le tiraba de sus pies y la casa, por fin, llegó encaramada en sus pilares de guayacán verde.

Una tijereta voló graznando desde el techo.
Se extrañó de la quietud circundante.

-Ha de se’l caló- se dijo.

Un presentimiento. Subió la escalera. Todo silencioso.

Pensó que la tijereta se había llevado algo.

-¿América?

Nada. Pálpito. Las cortinas reposaban meciéndose lenta, muy lentamente, cual mujeres fantasmales. Volvió a llamar, esta vez encaminándose a su cuarto.

- ¿Ej que stá’ sorda?

América levantó la vista de su costura.

-Perdone mamita, no la ejcuché- Su mirada volvió a la costura para rematar una puntada.

Todo parecía estar como antes, pero doña Julia no dejó de sentir una diferencia enorme.

América había dejado de cantar, sin embargo, nadie lo notó.

La abuela la miró buscando. Nada se veía inusual, excepto por una puerta amurallada.

Después de un siglo en el que las gaviotas pasaron cantando a través de la ventana, la anciana se sentó al pie de la cama para percibir mejor las cosas.

¡Qué hondo le llegaba ese silencio!

-América, ¿ejtá jenferma?

-No mamita.

Quiso ordenarle que la mirara a los ojos, pero sintió miedo de la nueva mirada.

Otro siglo, en que el hilo silbaba entre las fibras.

-Como a vo’ te gujta cantá, te vo’ a comprá una guitarra.

Y le compró la guitarra con la esperanza de que el padre, que era músico, le enseñara a tocar.

Así, al día siguiente, se encaminaron muy entusiasmadas hasta el trabajo de don Remberto Escobar.

El hombre, malhumorado, las recibió subiéndose a la distancia de la superioridad. Manifestó que no tenía tiempo para boberías y que en el Andarele los hombres tocan los instrumentos, las mujeres tan solo pueden bailar. Ante esto, América, diestra en la danza africana, quiso intervenir, pero un vistazo de su papá le dio a entender que no había cabida en su corazón ni en su vida. América leyó la humillación y el dolor de su abuela y en si misma el odio del padre por la madre.

No pudo más.

-¡Usté ej un mal hombre!

-¡¿Cómo haj dicho?!

-Ya me oyó, no tiene derecho a tratarno’ así, ni a mi madre, ni a mi abuela ni a mí.

-¡Silencio, que te vo’ a dá un golpe!

-¡No se atreva!

-¡Más rejpeto que soy tu padre!

En esta señora que tengo yo al lao tengo mi padre, usté lo que hizo fue solo engendrarme na’ má, y ya me cansé.

-¡O te cayaj o no te reconojco!

-¡Guárdese su apeyido que no lo necesito! ¡El de mi madre, Barker, ese me bajta y me e’ suficiente pa ejcribir!

Remberto levantó el brazo para castigarla pero una amenaza lo detuvo.

-¡No le tengo miedo! Usté que me levanta la mano y yo que lo maldigo.

-¡América! ¡Quieta que te vaj a condená!- repica la abuela- ¡Tu madre ya lo hizo!

El hombre estaba temblado, su hija había demostrado carácter, le había ganado, entonces ahora sí merecía tener su apellido.

Solo le resonaba aquello de la maldición. ¿Sería posible?

Cuando se volvió para hablarles, las mujeres ya no estaban.

Ellas retornaban cabizbajas, la una con la culpa y la sorpresa y la otra, lejana, abrazando la bonita guitarra azul, que nunca habría de tocar.

Todo había pasado como en un sueño. Volvía la claridad de la tarde a retirarse estirando sus brazos por todos los espacios como la marea lenta y perfumada.

Volvían los escandalosos gansos a perseguir a los proletarios del gallinero. Los mangos se caían del gusto y se mecían los tamarindos al susurro de los manglares.

Volvía también la anciana a encender su cachimba en la lumbre del fogón pero ahora ojeaba con disimulo a la muchacha buscando por dónde y cuándo había huido la niña de las cuatro gruesas trenzas.

Lídice Robinson
Buenos Aires, 2007



lunes, 17 de marzo de 2014

Al regreso del Cinema

(De América y la tierra)


Del cinema al aire libre
vengo, madre de mirar
una mar mentida y cierta
que no es la mar y es la mar
Rafael Alberti
     
            

América estaba en cuclillas frente al fogón. Las sombras que proyectaba el candil en la cocina daban una visión monstruosa de las formas, de los objetos llenos de tizne y las derruidas paredes de ladrillo ennegrecidas por el hollín.

Sus relatos, poblados de encantamientos y conjuros nativos ovillaban a la niña más y más junto a su madre, un tanto por el miedo a los aparecidos de los cuentos, otro tanto por el frío de la noche montañosa y otro por instinto filial.

“Vea, lo que pasó fue así:…- comenzó mientras las latas en que hervían “la’ agua’ medicinaleh” empezaban a silbar al ritmo de la candela y con toda la ciencia que requería la ejecución de un clarinete agarró un tubo de hierro para largar su soplido a través de él y así no dejar que las brasas agonizaran-… Regresaba yo de ve’ una película al aire libre esa noche…

¡Virgencita, la calor que jasía era mu fuerte!

¿Te acuerdas, mija de la película que vimo cuando e’tábamo jen Ehmeralda’?

¿Te acuerda que la proyectaban sobre una paré? Flor de ‘urasno se yamaba ¿no? Bueno, igualitico quesa ve’ yo había vi’to La creación del edén en tennicoló.

Pa’ e’to me viá mandao a hacer un ve’stío nuevo con una tela que me regaló mi mamá Julia. Yo taba bien aliñada y como en esa época taba de moda la falda campana pa ese día me venía de perla.

Ya era como cerca e la’ once y venía silbando un fox por la caye que iba a mi casa, cuando e repente se acerca un retaco con cara e la sierra y mandonsísimo me ice — ¡Papeles!—

Yo enseguía por la vo’ me í cuenta qu’era un chapa. — ‘Tate— me ije yo padentro — e’te lo que quiere e’ refocilarse grati’ conmigo— Pa mala suerte, me viá olvidao yo la cédula, que en esa época no era como la de ahora. Bueno, como venía iciendo, me viá olvidao lo’ papele y el chapa empezó a tratame de p parriba y p pabajo y cuando e’tiró la mano pa tocame debajo el vestío, de un soplamoco le paré el carro por abusivo. ¡Oye, s’encaprichó el hombre y me yevó presa! Y así fue que me yevó

a la intendencia. Cuando yegamo le ijo a lo’ otro policía’ que me viá agarrado por pro’titución.Mencerró en un calabozo y se puso a e’cuchá música. ‘Taba o’curo y le’ joía claritico que se secreteaban y se reían. Pasaron varia’ jora’ . Taban chupando cerveza y me puse a pensá que no quería amanecé ahí. Yo ya sabía que lo que querían era que me durmiera pa luego venime a caminá.

Me puse a yorá y a rezá —¡Virgencita, Madre de Jesú, no permita que me quede aquí! ¡Hajme un milagro, Madrecita! ¡Protégeme! —

En eso que yo ‘taba veo con la lu’ que venía de fuera que el candao era deso’ antiuo’ que tenían la oreja larga, me acerco cayaíta ha’ta la puerta, empujo ‘ejpacito y se hace una rendija grande, quedito me saque lo’ taco’ pa que no me sintieran, metí a vé si podía pasá la cabeza y luego metí el cuepo y tamién pasó, así que mescurrí despacio ha’ta la tapia qu’era bajita, me trepé y salté a la caye. Ya me estaba alejando por la caye de tierra cuando no fue cuento quempezaron a ladrá uno’ perro’ y a oìrse voce’ y empezaron a gritá — ¡Onde se habrá metío! — y jau,jau! ladraban lo’ perro y vía una luce’ así que se habían dao cuenta que me viá ‘scapao y empece a corré como alma que yeva el diablo y me metí por un camino yeno de monte hasta que me arrimé a la verja de un jardín y me yegué asta una puerta y comencé a golpiá y a rogá que me abrieran y na’. No me abrían y luego a o’cura’ vi otra puerta y también fui a golpeá y tanto golpié y na’. Rendía por el cansancio y la caló me quedé dormía. Cuando en eso comenzaron a cantá lo’ gayo’ y abrí lo’ ojo’ y entremedio de la neblina que había caído empiezo a leé uno’ letrero’ : “Fulanita de… Tal …1903…-1940, Mengano… 1910…1935… una cruce por acá, otra por ayá… ¡Aaay, mamita! y toíta la flore’ estaban marchita…”

Lídice Robinson
Buenos Aires 5 de noviembre 2009

domingo, 16 de marzo de 2014

Delirio

(De América y la tierra)

Son casi las once, tibia y silenciosa es la noche.

Vienen por la Calle de las Siete Cruces dos mendigos viejos, vienen cargando sus costales llenos de tereques y susurrando sus filosóficas penas.

Ignacia, desde la recova de Santo Domingo, cansada de recoger los mullos regados entre las piedras, se encamina sola hacia la Plaza Grande. ¡Hambre! gritan sus tripas y alarga sus manos pidiendo pan, pero la gente que se detiene no sabe que es una niña y le regalan objetos y ropa vieja, y ella agradece con una sonrisa dolorosa. Ya no le quedan manos para pedir, pero sigue acuciándole el hambre y ahora el dolor en la garganta por no poder llorar.

El Sagrario hace el último llamado para los rezos, Carondelet ha iluminado su pasaje y su reloj da las doce, las beatas y los últimos devotos apuran el paso y la plaza queda desierta. El cielo muestra su indolente azul ante la soledad de Ignacia. Hay una pertinaz lluvia de estrellitas de fantasía que la lastima con sus chispas. Es Noche Buena pero le es ajena la alegría. Llegan los viejos vagabundos por la esquina y al verla detienen su coloquio. La encuentran sentada en el suelo abrazando sus rodillas. Son dos abuelos, olvidados también por la alegría. Ellos sí se dan cuenta de que es apenas una infante. ¿Dónde está tu madre? preguntan y ella, señalando calle abajo responde angustiada: ¡Danzando!

Entonces uno de los ancianos abre su morral y sacando del mismo algo que parece ser la miniatura en oro de la Basílica, se la ofrece y le dice: Tiene música. ¡Ábrela!

Ignacia toma la miniatura y levantando la tapa alcanza a oír una melodía muy bella, quizá la más bella y triste que pudiera recordar. El otro anciano le extiende en la mano una trenza de pan y le dice: Come con nosotros la mitad, la otra es para tu mamá. Ignacia abre los ojos y dejándolo todo toma la mitad de la trenza y corre contenta hacia la iglesia de San Agustín. Llega y en vez de la cruz que guarda la puerta ve una pileta de agua alrededor de la cual se halla su madre descalza y ajena danzando un fox. Ignacia la llama pero su madre parece ida y se evapora en el aire cuando la niña se abraza a sus pies. Un sollozo la sacude y la despierta en la inmensidad del dormitorio de las niñas. Se vuelve a dormir a ver si encuentra a su madre otra vez.


Lídice Robinson
01/01/2014