(De América y la tierra)
Diecisiete años y ya parecía cargar con una historia ancestral, llena de pesadas cadenas que le arrastraban los pies, los brazos y la ambarina mirada hacia el abismo.
Una lenta y constante caída desde la raíz de su pelo bruno y ensortijado, avanzaba por su espalda y se perdía en la arena infinita. Sus arqueadas y espesas cejas hacían maquinalmente la misma pregunta: -“¿A qué vine yo a ejte mundo?”
Cuántas veces sentada a la vera del barranco vio pasar la Muerte de la mano que no era la suya y de la orilla de en frente y le preguntaba cuándo pasaría por ahí la serpiente y la otra le contestaba en un murmullo desgarrado por su paso: -Espera, que aún no me dicen cuándo.
Y la gran mandarina teñía el cielo con sus pestañas.
De vuelta, y con la luz de la luna torneándose en la cocoa de sus brazos, pensaba en los ingredientes de la merienda.
Esa mano, de palma casi tan blanca como las lajas de un coco recién abierto, la otra,… ambas acunaban el carbón; parecían dos palomas grises escarbando entre las cenizas. Luego un pequeño fuego con afable sonrisa aparecía como un niño tímido dentro del castillo de leña y crecía crepitante hasta abrazar lascivamente los leños en una danza marimbera.
La habilidad de sus manos, magia de muchas vidas, convertía en oro cálido y vivificador, el pescado, noble y engalanado de ajo y sal; la cebolla, niña gorda y delicada que se deshacía en olorosas cintas; el arroz, nieve ardiente, florecido de tomate y arvejitas tiernas.
¡Ah! ¡Qué deliciosa era su sazón!
Pero cocinar como ella cocinaba, requería separar el cuerpo, la mente y el alma sin morir, porque en la mesa, la mirada cejijunta de mamá Julia, el mohín traicionero de la tía y la perenne ausencia de la madre, la aplastaban.
Una isla rodeada de hermanos mimados y malagradecidos, eso era.
-Oye, ¿ya regajtel palo e mango?-Preguntaba la abuela.
-Sí mamá Julia.
-¿Hicijte el cocío e tamarindo?
-Si tía.
-Ve, ¿me planchajte lo’ pantalone’?
-Sí ñaño.
Otra cucharada.
-¿Guardajte laj gayina’?
-Sí mamá.
El látigo puesto por doña Julia en la mesa cerró a la conversación las bocas.
El tintineo de las cucharas se mezclaba con el griterío de los grillos.
Arriba, la luna herida por un negro rayo de nube reflejaba la tormenta contenida en su corazón.
“Espera, que aún no me dicen cuándo” le repetía la voz, queda, como un suspiro.
Poco a poco fue perdiendo el sonido de su verdadero nombre, nombre escogido por su madre casi al apuro, cuando su padre la miró en brazos de doña Olga y le dijo:
-Hazte cargo tú, que no es mi hija.
La niña dormía, pero sintió caer una lluvia caliente sobre su piel y su ropita.
Eran las dolorosas aguas con las que doña Olga bendijo a la pequeña y maldijo al padre.
-Te llamarás América- Y su destino se selló en la ambigüedad.
Entonces creció como crecen los niños de familias pobres y numerosas, poco amor, muchos quehaceres.
“Candil de afuera, oscuridad de casa”
Las vecindades que solían demostrarle algo de cariño tampoco sabían a ciencia cierta cómo llamarla, pero aconsejaban a sus hijas que emularan a la mulatita de doña Julia.
Ella, la modelo, la obediencia, la docilidad, ponía tanto de sí para ser amada y soñaba con casarse con un negro trabajador que la adorase y estar rodeada de muchas caritas felices que le tiraran del vestido. Era, lo que se dice, una mujercita.
-No como la Nimia; esa machona- a decir de la abuela, que estaba aún resentida porque la chica, bastante desarrollada, ni bien cumplió los trece se botó de casa y consiguió marido.
Nimia, algo menor que América, no resistió los embates y maledicencia de las que eran víctimas. Su corazón de mujer había despertado antes que el de su hermana y la sumisión no era su credo. Sabiéndose hermosa no iba a consentir que el exótico fruto fuera tomado por quien ella no quería, además los avances amatorios de su tío político le producían repugnancia y un miedo muy justificado porque la tía Virginia la atosigaba con sátiras y celos.
América, por su parte, nació con la estrella de silente paciencia y, por instinto había aprendido a esgrimirla como defensa. Pero el dique se había roto y el agua se filtraba calladamente.
Al terminar la escuela, la directora llamó a doña Julia para sugerirle una serie de colegios en los que podría matricular a su nieta.
Cual una pared escuchó de las cualidades artísticas de América. Oyó de su bella voz, de su habilidad en el dibujo y la pintura. Al finalizar el monólogo de la profesora, la abuela agradeció sordamente y se retiró pensando que querían arrancarle un brazo, que querían romper el espejo en el que se reflejaba.
El camino de regreso parecía haber multiplicado las piedrecillas para dificultarle el andar. ¡Ah! ¡Qué largo le resultaba ahora el sendero!
Su cabeza de algodón plateado estaba triste. Toda la edad se le vino como un muro y ella que lo había sostenido todo desde su viudez, flaqueaba en sus fuerzas.
El calor le pesaba en los hombros y le intensificaba el ruido de la selva. El pequeño platanar de su propiedad prometía abanicarle sus congojas.
No prestó atención al quieto desfile de los exquisitos frutos en los solares lindantes. Desesperadamente se asía a la imagen de sus míramelindas y pensamientos, amor de un día y lilas brillantes que la niña de sus ojos cultivaba.
¿Quién le ayudaría con el cuidado de la casa y de los nietos que vivían con ella?
Nadie tenía la amorosa mano a la que las palomas volaban y hacían la delicia de los niños en verano.
¿Quién le acompañaría a misa los domingos y por las noches a casa de las parturientas?
La profesora había mencionado la palabra “artista” y eso sí que no permitiría en casa; una mujercita metida en cosas de hombres.
“No. Que ‘tudien lo’ varone’ que pa’ eyo’ ej el mundo”
La prisa de su corazón le tiraba de sus pies y la casa, por fin, llegó encaramada en sus pilares de guayacán verde.
Una tijereta voló graznando desde el techo.
Se extrañó de la quietud circundante.
-Ha de se’l caló- se dijo.
Un presentimiento. Subió la escalera. Todo silencioso.
Pensó que la tijereta se había llevado algo.
-¿América?
Nada. Pálpito. Las cortinas reposaban meciéndose lenta, muy lentamente, cual mujeres fantasmales. Volvió a llamar, esta vez encaminándose a su cuarto.
- ¿Ej que stá’ sorda?
América levantó la vista de su costura.
-Perdone mamita, no la ejcuché- Su mirada volvió a la costura para rematar una puntada.
Todo parecía estar como antes, pero doña Julia no dejó de sentir una diferencia enorme.
América había dejado de cantar, sin embargo, nadie lo notó.
La abuela la miró buscando. Nada se veía inusual, excepto por una puerta amurallada.
Después de un siglo en el que las gaviotas pasaron cantando a través de la ventana, la anciana se sentó al pie de la cama para percibir mejor las cosas.
¡Qué hondo le llegaba ese silencio!
-América, ¿ejtá jenferma?
-No mamita.
Quiso ordenarle que la mirara a los ojos, pero sintió miedo de la nueva mirada.
Otro siglo, en que el hilo silbaba entre las fibras.
-Como a vo’ te gujta cantá, te vo’ a comprá una guitarra.
Y le compró la guitarra con la esperanza de que el padre, que era músico, le enseñara a tocar.
Así, al día siguiente, se encaminaron muy entusiasmadas hasta el trabajo de don Remberto Escobar.
El hombre, malhumorado, las recibió subiéndose a la distancia de la superioridad. Manifestó que no tenía tiempo para boberías y que en el Andarele los hombres tocan los instrumentos, las mujeres tan solo pueden bailar. Ante esto, América, diestra en la danza africana, quiso intervenir, pero un vistazo de su papá le dio a entender que no había cabida en su corazón ni en su vida. América leyó la humillación y el dolor de su abuela y en si misma el odio del padre por la madre.
No pudo más.
-¡Usté ej un mal hombre!
-¡¿Cómo haj dicho?!
-Ya me oyó, no tiene derecho a tratarno’ así, ni a mi madre, ni a mi abuela ni a mí.
-¡Silencio, que te vo’ a dá un golpe!
-¡No se atreva!
-¡Más rejpeto que soy tu padre!
En esta señora que tengo yo al lao tengo mi padre, usté lo que hizo fue solo engendrarme na’ má, y ya me cansé.
-¡O te cayaj o no te reconojco!
-¡Guárdese su apeyido que no lo necesito! ¡El de mi madre, Barker, ese me bajta y me e’ suficiente pa ejcribir!
Remberto levantó el brazo para castigarla pero una amenaza lo detuvo.
-¡No le tengo miedo! Usté que me levanta la mano y yo que lo maldigo.
-¡América! ¡Quieta que te vaj a condená!- repica la abuela- ¡Tu madre ya lo hizo!
El hombre estaba temblado, su hija había demostrado carácter, le había ganado, entonces ahora sí merecía tener su apellido.
Solo le resonaba aquello de la maldición. ¿Sería posible?
Cuando se volvió para hablarles, las mujeres ya no estaban.
Ellas retornaban cabizbajas, la una con la culpa y la sorpresa y la otra, lejana, abrazando la bonita guitarra azul, que nunca habría de tocar.
Todo había pasado como en un sueño. Volvía la claridad de la tarde a retirarse estirando sus brazos por todos los espacios como la marea lenta y perfumada.
Volvían los escandalosos gansos a perseguir a los proletarios del gallinero. Los mangos se caían del gusto y se mecían los tamarindos al susurro de los manglares.
Volvía también la anciana a encender su cachimba en la lumbre del fogón pero ahora ojeaba con disimulo a la muchacha buscando por dónde y cuándo había huido la niña de las cuatro gruesas trenzas.
Lídice Robinson
Buenos Aires, 2007
