(De América y la tierra)
Esmeraldas pregonaba su siglo de emancipación con verdes y blancas banderitas de papel, engomadas con muyuyo. Se preparaban bailes, concursos de atracones, conservas y cocadas.
Los frejolillos de palo se cargaban venciendo las ramas, las niñas jugaban a la rayuela, los chiquillos dejaban a un lado el tejido de las redes. El olor del mar pescaba pescadores en tierra.
Los buques, saludaban con su ulular a la ciudad en fiesta y la música de los amorfinos venidos desde Manabí brotaba de la sombra de los zaguanes. El espeso barrio no estaba ajeno al movimiento, solo en la casa se sentía la alegre tranquilidad de los días de asueto.
-¿América, ya terminajte laj cosas?
-Sí mamita.
-¿Quierej ir al centro a ve’ los carroj alegórico’?
La muchacha no sabía qué contestar, estaba tan acostumbrada a obedecer y hacer la voluntad de los demás que le resultaba extraño el deseo propio. Como si se encontrara en un gran aprieto, buscaba la respuesta correcta, temerosa de contrariar a la abuela.
Decir que sí o que no, implicaba dejar descubierto el semblante de su mundo interior.
Pero la abuela ya lo había decidido. Iría, y no solo eso sino que el hijo de doña Filomena Reinoso se había ofrecido a llevarla a la feria y traerla de regreso al terminar el recorrido de su colectivo.
El gentío frenético se movía cerca de la playa. Un grupo de niños sobre el espejo de la arena mojada daban caza a los cangrejos.
Tumb! tumb! El canto negro se extendía luminoso por el aire.
La arena seca cimbraba a los pies de los danzantes.
Un vestido de tafetán floreado ceñía el talle de la chica que había preferido llevar zapatillas acordonadas y ahora las traía al hombro. Los vuelos de su falda y el fuste blanco desparramaban gracia con sus movimientos.
Tumb! tumb! Un trueno.
Era temprano aún, sin embargo, la muchacha decidió volver a su casa. Se alegró de sus zapatillas, correría y así la vecina lluvia no desharía el encanto del almidón de su traje verde. Después avisaría a doña Filomena, para que no vaya su hijo a buscarla en vano.
Se encaminó a la calle principal, la fiesta le perseguía. Desconfiaba de la euforia de los beodos, y el aguacero cada vez más cerca. Las máscaras le salían al paso, y el ruido se volvía insoportable, si no hubiera sido por el viento y las primeras gotas de lluvia.
Tumb! otro trueno.
Ya casi salía del tumulto.
-¡América!
- ¡Joven Rafico! Graciaj a Dio’ que ejtá usté acá.
-¡Suba, que se moja!
-Ya me estaba yendo, dijculpe que no lo iba a ejperá – Dijo mientras abordaba el bus.
El hombre sonrió, no tenía importancia, puso en marcha el vehículo, América no se había percatado de una mujer que se encontraba en el asiento de preferencia, cuando la miró, ésta le sonrió tristemente. Una ligera inclinación de cabeza como saludo y tributo al duelo que llevaba, no dejó de llamarle la atención lo blanco de las flores de seda que adornaban el atuendo de la mujer.
Mientras Rafico maniobraba para no meterse en las ciénegas, la lluvia golpeteaba con sus lagrimones los vidrios, ya casi no se veía por las ventanas. La conversación era imposible por el aguacero sobre las latas. La chica suspiró, acomodó su vestido y echó de ver que se habían zafado los cordones de sus zapatillas, se agacho sobre el asiento para atárselos.
-¡Ya llegamos!
América levantó la cabeza, había oscurecido, pero alcanzaba a ver monte por todos lados, y más furioso que nunca el viento escarmenaba el agua sobre la tierra.
“Se ha equivocao” pensó, rápidamente buscó a la mujer, ella seguía allí con su aplastante tristeza, cuando miró a Rafico, las facciones de él estaban desencajadas, llevaba unos cuantos viernes adentro, y entonces su cara se agrandó sobre el rostro aterrado de la muchacha.
Todo el barullo de la feria, los tambores, el griterío de la gente golpearon su cabeza con el puño cerrado y lo último que vio y oyó era la mujer triste diciéndole “estoy aquí para acompañarte, iré donde vayas tú”.
***
¿Dónde, dónde había escuchado ese cacareo?
No eran sus gallinas.
Cuando abrió los ojos se dio cuenta que no se encontraba en su casa.
Se filtraba la luz por las rendijas de la caña guadúa. Todo olía diferente, aún la frescura de monte después de la lluvia.
La noche de horror le encogió el corazón.
Le dolían los párpados
Se puso a rezar, pensando que era un mal sueño, y solo se desvanecía por momentos la imagen de aquella mujer.
Su llanto silencioso empezó a estremecer sus oraciones hasta el sollozo.
-Ameriquita, ¿ya está despierta?
La voz de doña Filomena mientras asomaba la cabeza por la puerta.
-¿Se siente mejor? ¡Qué suhto no’ ja dado a todo’! Vea, hemo’ ehtao pensando en la mejor manera’e que vuelva a su casa sin que la rete’oña Julia.
La señora le dijo que había estado inconciente varios días, y que se le había roto el vestido en la playa, que Rafaelito, tan caballero, la trajo a casa para que se lo cosiera. Todo esto dicho en un tono de complicidad, que estaba a punto de producirle arcadas de angustia.
-Pero mi mamá Julia…
-No se preocupe, Ameriquita, ya le mandé a deci’ que le diera permiso pa’ cerme compañía por uno’ día’ y ha consenti’o en ello, eso sí le encargo que ejta conversación no se la cuente a nadie, ¿me oyó? pue’ la que sale perdiendo e’ ujté, ademá’, coquetearlo a mijo, sabiendo que se va casá’, eso yo no ejperaba de ujté, tan formalita... ¡Mire! Ya ejtá el vesti’o.
Como una flor arrancada volvió a su casa, abierta y seca como una almendra sin aceite, conociendo lo que no había querido conocer: Un mundo artero que le robaba su ración de sueños.
Sintió que hasta las palomas la miraban diferente. Sus largas pestañas acentuaban su congoja, un secreto impuesto que le mordía los talones, pero ¿cómo contarlo? ¿A quién? ¿Quién se lo creería?, doña Julia era capaz de dar más crédito aun tramposo que a sus propios nietos. Echaba de menos a su hermana, ella abría sido su paño de lágrimas, ella que era ya una mujer desde hace tiempo, sabría decirle que hacer, pero no, los deberes de la casa no podían esperar.
Así, se retrajo cada vez más y se refugiaba por las hamacas que colgaban debajo de la casa, empezó a descuidar poco a poco sus quehaceres, los castigos empezaron a multiplicarse. El ojo malicioso del tío la asediaba. A veces, se metía al dormitorio a gatas y trataba de acariciarla pero ella fingiendo estar profundamente dormida pateaba y manoteaba, de tal suerte que Cuchucho, se retiraba temiendo despertar a los demás. La lengua venenosa de la tía la atormentaba, y al disimulo desordenaba lo que ya había sido arreglado, para provocar el regaño de la abuela.
“Una vez, me fui a La Propicia con la batea’e ropa pa’ lavá como siempre. Taba yo rejtregaando una camisa, cuando veo que un pantalón de Matía se me estaba yendo en el río, me metí al agua toa vejtía y a nado lo alcancé, no jue cuento que al salir a la orilla, toíta chorreando, siento un golpe en la ejpalda. ¿Quién había sío? El bonito ‘e mi hermano, que me había ejtao espiando pa’ luego ile con cuento’ a mi abuela. Agarró un canalete con el que se golpeaba la ropa, y empezó a queré darme en la cabeza, oye, como si quisiera matame. Yo, en ante’ no me defendía de pura boba que era, pero esta ve’ me dio coraje así que aprovechando que él ejtaba mal parao lo cogí ‘e laj piernas y lo zumbé pal agua. El condenao era güeno pa’ tirame cojcorrone’, patada’ pero no sabía nadá con lo que me reí de lo lindo porque empezó a manoteá y a gritá que lo sacara, ej que no se había dao cuenta quel agua ejtaba bajita, y la gente le gritaba: -¡So pendejo, parecej longo!- y dejde ahí le pusieron a Matía el apodo ‘e longo, así jue como me desquité de toíto lo que me hacía. No mija, es que ya ejtaba cansá ‘e tanto maltrato, se daba golpe’ en el pecho diciendo: - Sií! Yo soy el preferío ‘e mi padre! Yo he ido al colegio y tú no- Y mij’ otro’ jermano’, eso’ eran igualito’ y también eran uno’ vago’...”
Cuando por primera vez la savia escarlata empezó a descender, no tenía amigas a quienes peguntar qué debía hacerse, ni un alma le explicó que no había motivo para ruborizarse. Se escondía por entre los árboles frutales, cavaba un hoyo y sepultaba allí la causa de su vergüenza.
Y su madre, ausente siempre, siempre.
Entornaba los ojos como cuando están cansados de sol, para sentirla cerca y perennemente la veía alta y de espaldas, como yéndose. Se miraba así misma de igual manera, sin rostro y sin palabra, yéndose también, pero en el río crecido y rugiente.
Hasta que una tarde, mientras mecía su existencia en la hamaca, el largo pasillo de sus pensamientos se poblaba de recuerdos y sólo de los no tan buenos. No se acordó, por ejemplo, de las muñecas de aserrín, ni de las tacitas de tagua de su infancia. Una voz, de alguna parte le preguntaba si todo lo sufrido tenía sentido.
Bajó un pie y otro se apeó más adelante, se deslizó quedamente hacia la verja de malvas. Todo en ella estaba enmudeciendo. Pasó por el gallinero, por el palomar, íntimamente deseó tener alas, se dolió un poco de la indiferencia de los perros.
El día rendía sobre las cosas sus últimos suspiros dorados, y la silueta nubia de unos cabellos al aire, atravesó la puerta del seto. Penosamente el palo de mango se estiraba tras de casa para despedirle. Se volvió por un momento para mirar cómo quedaban sus flores, sus ganzos,
Así fue en descalzado encuentro hasta el filo del barranco a preguntar una vez más hasta cuándo, y la de las blancas flores de seda respondió invariable:
- Espera, todavía no me lo dicen.
Y la muchacha se lanzó tierra abajo a perseguirla, con el anhelo de que alguna de las tantas vacas bravas que andaban por ahí, diese con ella.
Ya al otro lado se veía La Isla vestida con la neblina del río.
-¡Madre! Retumbó en el pecho la palabra, y en hora tan pesada echó a andar de prisa y sin miedo por el cementerio de los palos de balsa donde apenas se veían los caprichosos lechuguines abrazando las astillas con sus rizos.
Llegó a la orilla, sin perder el equilibrio como cuando era niña, a tiempo del último remero. Su silenciosa esencia la cubrió de las miradas indiscretas. Al bajar de la canoa la palabra sublime iba adelante como un pequeño faro.
Esperanzada bebía la brisa mientras trepaba ágilmente la loma.
Rodeada de mandarinos había una cabaña de madera que con ojos amarillos miraba hacia la cordillera, abajo, el delta se abría como una mano ávida de mar.
Subió despacito las escaleras y al plantarse en la puerta vio a su madre, de espaldas.
-Ha venío contigo- dijo sin volverse, mientras le ponía una vela blanca al pequeño altar lleno de estampas. América sintió que la mujer desconocida se quedaba abajo.
-¡Madre!
Doña Olga se santiguó, con un lento vigor se puso de pie y por fin miró a la muchacha, que no había dado un paso más. Desde el umbral le llegó sin palabras todo cuanto tenía que saber. Con una larga mirada sufrió lo vivido por la chica. Se sintió culpable de su largo abandono, pero el río que la arrasaba no se detendría jamás. Habría querido abrazar a su niñita y consolarla, pero la ternura estaba amarrada al miedo.
-Mamá, ya no quiero viví en la casa grande, quiero quedame con ujté. Yo le ayudaré en lo’ quehacere’…
-No puede’ quedarte, te van a vení a bujcá con perro’ y yo no puedo defendete. No necesito que me ayude’, no quiero que me ayude’…
-Puedo aprendé a curá el mal deojo...
-No muchacha, no. No necesita’ jacelo, cuando ejté’ lijta va’ja sabelo, si te queda’ te va’ a condená y yo me voy derechito pal infierno por dejate hacé.
-¡Madre!
-Mejor ándate, que no tardan en vení, yo ‘toy maldecía.
-Ujté e’ buena mamá- agregó en tono suplicante pero la hechicera ya le había dado la espalda.
-Vete muchacha, que tengo que hacé. Dió’ te bendiga.
América, comprendiendo su soledad se arrancó de la puerta, de las escaleras, de su sangre y echó a correr loma abajo mientras de lejos le llegaba el adiós de los jazmines.
Lídice Robinson
Buenos Aires, 11 de junio de 2008
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