(De América y la tierra)
-¡Tu mama es ladrona porque es negra!
Esas palabras, dichas tan claramente en un chillido, no dejaban lugar a dudas; se había lanzado la ofensa y había que responder.
Los ojos grises de Ignacia se encendieron y el ofensor no era una ofensora, entonces a puño cerrado y patadas.
“Honrarás a tu padre y a tu madre” rezaba el mandamiento y ella no faltaría de ningún modo porque en una sola persona tenía padre y madre. “Negra sí, pero muy honrada” pensó.
Tal calumnia debía ser castigada.
Se abalanzó sobre el chiquillo de estatura algo más alta que ella.
Al principio, él solo ponía las manos como defensa pero los golpes que recibía eran muy fuertes y le producían no poco dolor.
Pronto se trenzaron en una lucha que rodaba por el suelo y la furia vencía al asombro.
Los demás rodearon a los luchadores, animando al uno, animando a la otra, a ambos, era todo un espectáculo. Hasta que el barullo atrajo la atención de los maestros en el corredor.
Dos manos firmes separaron a los contendientes y resonó la voz atiplada de la maestra, dejando en culpable silencio a los demás chicos.
-¿Qué te pasa Ignacia?
¿Por qué golpeas a tu compañerito?- increpó visiblemente contrariada. No podía comprender cómo una niña tan dulce y educada había dejado en tan lamentable estado a otro chico.
Aún agitada, la niña lo miró, en un esfuerzo por contener el llanto. Y al ver que un hilo de sangre se deslizaba de la nariz del de la bocota, estalló sin poder explicar nada.
-¡A sus tareas!- exclamó la maestra mientras conducía a los litigantes al departamento médico y a la dirección respectivamente.
Para los niños, el ser llevado a la dirección, significaba ser un niño malo y tenía un precio: ¡La expulsión!
Rápidamente vinieron a su vivaz memoria los días previos al inicio de clases:
Vio a su madre radiante llegar con la noticia de que la había matriculado en esa escuelita que tantas veces miró extasiada desde el alambrado. Se pasó la manito por el lloroso rostro y entre gimoteos recordaba que una vez la mamita se había puesto muy guapa, guapísima para ir al centro y comprarle los útiles escolares.
Cuando regresó le contagió su entusiasmo, mostrándole el libro “Caritas Alegres” en el que aprendería por fin a leer, claro que antes se había ocupado de enseñarle una que otra letra.
Siguió buscando en la bolsa de papel y aspiró ese característico olor a nuevo y, ante sus agrandados ojos surgió la caja de pinturas ¡Nuevas! ¡Qué felicidad! ¡Y la mamita la había comprado! ¡Doce colores! Las tradicionales “Carioca”.
Echó una mirada al gran tarro de galletas, repleto de bolígrafos, lápices y crayones viejos que usaba para hacer sus dibujos y garabatos. Sintió pena. No se desharía de ellos.
Vuelta a mirar la caja nueva, le parecía sagrada y la depositó suave y respetuosamente a un costado. Miró a su madre, ocupada en buscar en otra bolsa de papel y en un impulso quiso abrazarla, pero a mitad de camino se contuvo, ella era también sagrada, más que las pinturas.
¡El uniforme de los lunes!:
Un saquito rojo con ribetes bicolor en azul y blanco, una falda plisada azul marino y una blusa blanca.
¡Un mandil blanco y con pechera! Como el de la niña de “Mundo de juguete”, la novela que a veces miraba en casa de los vecinos.
¡Todo era nuevo! Salvo los zapatos. No alcanzó la plata.
No importaba.
Fuera de eso, todo era prometedor:
No tenían luz eléctrica, pero los lápices de colores harían más brillante la luz de la vela y de la lamparita de kerosén hecha por su mamá.
No tenían agua corriente, pero ahora pintaría un grifo propio y una ducha de agua caliente.
No tenían cocina a gas pero ahora los leños del fogón proporcionarían un fuego rojo y chispeante para hacer más frecuente la deliciosa comida. Para hacer más frecuente la comida.
Sí, toda la sensación de hambre de sus anteriores días había desaparecido ante tales promesas. Hasta fabricaría un castillo para que pudieran vivir ella, su madre y acaso su padrastro.
Mientras tanto la mamita canturreaba un antiguo bolero, de esos que no han dejado rastro, forraba los cuadernos y los libros con papel de empaque y ponía en sus lomos las iniciales I. B.
Luego abrió el “Caritas Alegres” que ilustraba niños blancos, rubios y rollizos, y escribió en la carátula con su bellísima letra inglesa, una especie de poema que leyó en voz alta para que Ignacia lo recitara:
“Si este libro se perdiera,
Como puede suceder,
Le suplico a quien lo encuentre,
Que lo sepa devolver.
No es de oro ni de plata,
Ni es cosa de comer.
Es de una niña pobre
Que tan solo quiere aprender”
Se esfumó el entusiasmo de Ignacia cuando su madre, con su habitual mirada severa y voz grave le dijo:
-“A tu’ otro’ hermano’ no lo’ pu’e mandá l’ ejcuela, eyo no han tenío tu suerte.
Ejto me ha costao mucha plata. Si no aprovecha’ loj e’tudio y me trae’ de mu’ buena pa’rriba te saco ‘e la ejcuela y te pongo a trabajá”
Ese pensamiento la asaltó de pronto.
Se detuvo y con voz casi angustiada suplicó a la profesora:
- Señorita Sonia, ¡no quiero ser expulsada!- y reanudó el llanto. San Pedro, la miró conmovida, cerró los ojos y decidió que no era para tanto.
Estando en la puerta de la Dirección, agarró a la niña para volver al aula, pero el Director que ya había sido informado, les salió al encuentro:
-¿Cuál es la novedad, Señorita San Pedro? – Preguntó fijandol a mirada en Ignacia a través de sus gruesos lentes.
-La niña Barker estaba golpeando a Jorge, el del año pasado, y no ha querido decirnos por qué.
Evidentemente, Navarrete se había prometido una historia deliciosa, pero primero debía calmar a la asustada niña.
-A ver, jilguerito ¿Te pegó muy duro?- la niña negó con la cabeza a pesar del moretón en el brazo.
– ¡Que traigan a Jorge! – Jorge apareció con un taco de algodón en la nariz. El director creyó comprenderlo todo.
Al chico le gustaba hacer llorar a las niñas poniéndoles bichos en sus ropas y en sus pupitres, cuando no en los carriles.
Era afecto a buscar pelea pero como era el más fortachón, los otros le temían. No estudiaba, todo el tiempo desaliñado.
Siempre se dijo que algún día encontraría la horma de sus zapatos, pero nadie imaginó que sería una niña la que lo pondría en cintura.
-¿Qué te pasó en la nariz?- El chico no respondió al momento.
Se sentía humillado.
¡Una niña lo había tumbado frente a los demás! Y lo que era peor ¡La hija de una negra!
Pero seguramente la castigarían por su insolencia.
-¡Ella me pegó!
-¿Por qué?
-No sé.
-¡Dijo que mi mamá es ladrona porque es negra! -gritó Ignacia.
-Y ¿Por qué dijiste tal cosa?- El chico se encogió de hombros.
-¡No es modo de responder!- retó Navarrete.
-Porque no quería prestarle mis “cariocas” entonces él dijo que seguramente eran robadas, y mi mamita no es ladrona, por eso…por eso… ¡Por favor, no me expulse!- volvió a gemir la niña.
-¡Pero Ignacia! No va a pasarte eso- aventuró San Pedro, con una expresión de súplica al Director.
Él, que siempre estaba de buen humor y que a pesar del mal momento y de lo delicado de la situación, corroboró amablemente.
-Así es, y tú, ¡Jorge!...- el niño tembló- No volverás a molestar a nadie.
¡Nunca más! ¿Me oíste? Vas a aplicarte o tendrás que dejar la escuela.- el chico estaba expectante- Profesora, falta poco para que suene el timbre, vaya y deje a los chicos con tarea, luego quiero una Junta con todos los maestros en mi oficina.
-¡Jorge!- esta vez en tono de complicidad- Te golpeaste en los juegos. ¿Estamos?- El muchacho suspiró aliviado, una explicación así le evitaría una golpiza de su padre alcohólico.
Más tarde, la maestra se encargaría de explicar a los niños que todos son iguales ante la ley, indios, negros, blancos, todos y sobre todo ante la ley de Dios.
Ignacia se prometió que nunca más habría de lastimar a nadie y defendería a aquellos que no pudieran defenderse.
Los niños la admiraban por su valor, pero sobre todo por su fuerza. A sus siete años, era en la escuela, todo un personaje.
Todos los lunes, el director pedía que la niña cantara junto a él el himno nacional, y cuando tuvo sarampión, llegaban sus compañeros con la orden del día para que siempre estuviera al corriente.
La madre estaba orgullosísima de la popularidad de la niña.
Al final del primer grado obtuvo uno de los mejores puntajes de ese año.
Llegó la sabatina, las vacaciones tocaban timbre y el verano se acercaba con sus barridos cielos azules y sus ricos helados de mora y coco.
Lídice Robinson
Buenos Aires, 30 de noviembre 2006
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