miércoles, 24 de octubre de 2018

Vendaval

(De Anecdotario)
No sé de su inquietud hasta que toca el racimo de metal y bambú colgado de algún balcón en soledad. De alguna manera, el aire que no se desliza sino que percute en los delgados dedos de las campanillas, me lleva al patio grande de tierra, donde alguna vez sembré un capulí y que acaso porfiado, siga dando sus negras cerezas. Así son los capulíes de mi tierra, rápidos y querendones. Prestan sombra, juego, recuerdos de ojos moros y besos azucarados, y como los quiteños no los sabemos amar, generosos se dan al sacrificio, cual hierba mala, para la prosperidad del cemento.
Volvamos al patio. El silencio de la ciudad en asueto trae un soplo de amaderado recuerdo de allá, mi infancia cuando mi madre me enseñó a sembrar mazorcas y el milagro que iba desde montoncitos de tierra, incipientes lanzas verdes hasta imponentes cañas de espigas canas que yo miraba desde de mi pequeñez y me preguntaba cómo hacer para regarlas de tan alto sin que me empapara por completo. La música repetida e infinita de los metálicos colgantes hace verme a los seis años con el tarro plástico lleno de agua, regando el maizal desde su origen hasta que el agua iba por el aire y me regresaba refrescante en el seco verano del barrio Toctiuco, y mi madre se reía y me explicaba que las plantas no beben por las espigas. Luego la cosecha de los senos túrgidos y acanalados, con su pelo de miel y sus dientes perlados, olorosa fiesta de choclos y de alguno que otro gusano sorprendido en su recámara.  Miedo les tenía yo a los pobres bichos verdes, a las pobres ponzoñas que corrían como manchas oscuras entre la maleza y como siempre causaban gran revuelo entre los guambras que estuviéramos allí.
Ese tiempo en que me tendía boca arriba para ver la casa de ladrillos recortada contra el cielo andante, un perpetuo peregrinaje de algodones y el techo y la pared y la alta ventana no terminaban de caer, entonces mi boca se llenaba de vértigo y venía la perra meneando la cola, como si le hubiera invitado a compartir conmigo sus pulgas. La echaba yo a los gritos cuando ya no podía controlarla y ella misma no medía sus mordiscos. Y así, Pasapatucasa, (tal era el nombre del pobre animal) corría con su rubicundez runa como riéndose de su juego.
Ese tiempo en el que al extender la vista hacia la montaña se percibían arropados por la neblina los bosques parameros y a veces, dos cuernos de marfil emergían de la cima.
Han huído las gráciles lagartijas, los tímidos sapitos se han refugiado en la memoria irretornable de la extinción, las cigarras han trocado en marcha fúnebre su canto.  Acaso los huillis-huillis olvidados en un estanque aguarden nuevas risas de niños. Esperarán en vano. Los colibríes se mudarán más lejos a rayar el aire con sus furtivos tornasoles y las libélulas estarán cortando pelos en otros cosmos.
Viene desde lejos este viento, a sacudir las persianas de mi ventana, ruge furioso e impotente ante mi ausencia. Viene a recordar mi origen. Viene a poner en la pintura de mi alma la tragedia de la franciscana ciudad a merced del humo y la locura del concreto. 2012

Terremoto y calma

Yo no entendía lo que quería decir mi madre con "Cuándo tú taba entro e mi barriga, yo sufría de vértigo y me tenía que agarrá de la parede o de algún pojte porque si no sentía que me agarraban la' tripa y me la' tiraban pa'bajo."
En búsqueda de la sensación de las tripas, en el gran patio giraba y giraba con los brazos extendidos y lo más rápido posible y caía al suelo mientras terminaba de dar vueltas el firmamento de estío y las rayitas incandescentes se reducían  a temblorosos y desordenados puntos celestes, lo más parecido eran los tirones de hambre y despues...
Un día volví a vivir con ella por un período breve y estaba por cumplir los catorce. Eran las 11 de la noche. Altísima hora para una ciudad que se ensombrece temprano. Mi madre y yo volvíamos del cine. Mis recuerdos no se atinan con el nombre de la película. Ladridos de perros en desacompasado coro nos habían acompañado desde la calle Chile hasta la Av. Napo, en lo alto de la colina. Todavía quedaba camino que subir para llegar a la vivienda y había que cruzar el puente metálico desde el cual se veía casi toda Quito, tanto el norte como ese creciente sur. El suave y grave acento costeño de mi madre me adentraba en una fantasía para terminar saliendo en otra, con sus relatos. Eran así nuestras caminatas obligadas, desde que puso en verbo la memoria, y tal vez por eso el cansado el retorno a casa se me hacía como viajar en litera de la cual me tenía que apear a veces bruscamente cuando llegábamos. Volvamos a esa noche y a ese puente... Aún lo estábamos cruzando cuando empezó un violento temblor que parecía que nuestro camino se nos desvencijaba, los postes de luz danzaban infernalmente sacudiendo sus eléctricos cabellos cerca del puente. Mi terror reconoció el vértigo como una mano oradándome las víceras, caí de rodillas sin poder articular ni grito ni palabra y tuve la sensación de que mi madre se había desvanecido. Alcé la vista y la vi parada en el centro casi flotando, con los brazos en cruz y de cara al Sur. Y escuché de sus labios una oración tan poderosa que al abrazarme a sus pies la tierra volvió al sosiego, el estruendo se deshizo como espuma dando lugar a los aullidos de los canes del vecindario.
-Ya no va a haber má temblore ejta noche- y no dijo nada más. Yo tampoco. Yo sabía que ella entera se había convertido en oración y dejando atrás ese pasillo de latas, en silencio subimos la última cuesta por el centro de la calle, no sea que se derrumben algunas casas después del terremoto. De tanto en tanto la miraba, ahora envuelta en otros pensamientos y se me presentaba en otra dimensión, aquella que aún hoy me resulta inalcanzable. Esa noche tuve uno de los más fantásticos sueños donde se conjuraban un pasto violeta y nueve lunas. Desde entonces no podía cruzar un puente ni utilizar escaleras eléctricas, ni ascensores con vista afuera sin que me ataque el vértigo y las náuseas, hasta que Ana vino a mi vida para poner las cosas en su lugar.

domingo, 8 de marzo de 2015

MUJER SIN TIEMPO.


De "América y la tierra"

Van llegando los amigos.
Todos traen presentes para la reina de la fiesta. Un rico helado de mango, torta de piña con chocolate, bombones de café colombianos. Llega mi amiga con su cuatro venezolano y su mamá con una perrita y una cinta roja. Son las doce del día; yo estoy contenta porque ya están todos los invitados. Pongo a punto mi guitarra y ensayamos lo que vamos a cantar cuando aparezca.
Es que no se lo espera. Nunca en su vida ha tenido una fiesta sorpresa. Habrá música, canto y baile.
La última vez que hablamos le dije que necesitaba de urgencia que me hiciera una limpia con ruda, para alejar los malos espíritus, una cura de las que ella sabía hacer y que después nos íbamos a festejar en algún restaurante.
Pasan las horas y cada vez que suena la puerta corren todos a esconderse, yo asomo la cabeza con la consiguiente  decepción. El medio día de junio apura la chicha de avena y naranjilla, ya va haciendo hambre. Es la una. Inquietos los convidados empiezan a rondar por la cocina. Destapan las ollas. Son las dos. Impostergable se vuelve el servicio de la comida y la sorpresa es para nosotros. Mamá, no llega. Sospecho que va a llegar muy tarde. En fin, decidimos celebrar su cumpleaños in absentia. La tradicional ronda de cachos, a cual más jocoso. Todos ríen y se divierten; joropo, sanjuanitos, uno que otro pasillo, se desliza por allí alguna canción romántica y así uno va olvidando el propósito de la fiesta. Se pasa bien mientras anochece y arriba la constelación del escorpión ha dado un paso más hacia la madrugada. Seguramente, mientras los asombrados invitados se van, mi madre está siendo el centro de la atención de desconocidos. 
Hoy, me asombro, la admiro, la vislumbro en su realidad y me reprocho la pequeñez de entendimiento al intentar sujetar con cuerdas la candela.
Me reprocho la pretensión de tener una madre común que aprisionar en la sociedad, al invitarle a los recitales en los que cantaba o los conciertos de coros que tuve la oportunidad de dirigir.
Muchas de esas veces, mi madre llegaba al final, eso sí, con toda la pompa que su idea de elegancia tenía. A veces, cuando estaba dirigiendo, yo sabía que había asistido a la cita porque la gente empezaba a voltear la cabeza hacia ella, bien, distraídos por el ruido de sus inseparables bolsas de plástico, o las veces de mayor etiqueta, atraídos por un punzante olor a perfume barato, es más, me parece recordar el nombre de la fragancia: “Tabú”.

¡Pobre mi madre! cuando yo le lanzaba una mirada de aquellas…Otras veces llegaba cuando todos nos habíamos ido. Así que, para asegurarme de que no se pierda la invitación, aprendí a citarla tres horas antes del evento. De alguna manera se las arreglaba para llegar tarde, pero ya no tanto como antes. 
Años después comprendí, que no es que mi madre tuviera problemas de puntualidad.
Es que es un ser sin Tiempo. Es de ese tipo de personas que viven aparentemente en el carril de nuestra frecuencia, la de los demás mortales, y cuando quiere uno darse cuenta son inasibles, como de otra densidad molecular. Para ella el tiempo, las horas son sólo números. No recuerdo haberla visto jamás preguntando la hora, ni con un reloj en la muñeca. Tampoco, el tiempo vivido con ella, he visto que se preocupara de mirar uno o los muchos relojes que pudiera yo tener por toda la casa.
Ella solo atendía (y seguro lo sigue haciendo hasta ahora) el repique de las campanas. Los aires de Quito, amigos rioplatenses y del mundo, son salpicados por el clamor de  sus campanarios templados a cual más bronce, a cual más barroca devoción y mi madre, con su oído de tísico sabía qué iglesia daba la hora y a que debía su llamado.
“Ve, éjte e’ del Tejar- decía- ya deben ser la sei” o “ éjte de La Mercé, tan yamando al Angelú”. Su reloj eran los ruidos del día, de la noche, los gallos, los perros, su reloj era la luminosidad del cielo, y no importaba si estaba nublado o no, ella sabía la hora, pero no aquella de sesenta minutos con sus divisiones, sino el tic tac de su tiempo, de su selva, la persistencia de su mar, y ¡qué pena! si el mundo no se ajustaba a ella, mi madre seguía adelante con su parsimonia, con su concienzudo hacer. Si por alguna razón debía saltarse algunos segundos de su tren, todo resultaba en un descarrilamiento de torpezas que la transformaban en un incendio incontrolable. Yo creo que todavía su esencia permanece en ese estado.
Ella se quedó flotando en un aire de conjuros para que escampe pronto en las más terribles tormentas, ella se quedó en cruz, en el eje de los sismos veraniegos, ella sigue bautizando a los aparecidos y espantos, sigue desafiando a los remolinos de hojas que le silban y envuelven, sigue rodeándose del mundo en los cartones, bolsas y botellas que este le deja, para ver si así pisa la tierra, si así se sintoniza con el restos de los mortales. Vano intento. Ella es un dragón de fuego y los dragones no existen en estas dimensiones.
En el fondo, sin enojo, yo sé que no será la última vez que la esperada luna no aparezca. Sus menguantes me han acompañado siempre y es porque ha preferido seguir de soslayo la pasión de sus cintura. Allí donde haya fuegos artificiales, banda, música y plaza, allí estará danzando con toda la sabrosura de su alma.

Lídice Robinson
Buenos Aires 9 de agosto de 2013 

domingo, 7 de diciembre de 2014

El enrevesao

(De América y la tierra)

Ilustración de Juan Borja


-¡Cómo se ha puesto e bonita la niña!- Le decían las amistades a doña Eufemia, de su hija que estaba po' cumplir los dieciséi año. Y es que era cierto, porque su piel ya no tenía mancha de paspa y se le había formao bonito el cuerpo.

Aidé era do jaño' mayó que mí. Cuando éramo compañera jen la escuela, tenía un pelo largo y negrísimo que siempre estaba trenzao sobre la cabeza en un royo, oye, que parecía una piña. Su' pestaña eran también mu largas y lo’ ojos que parecían do capulíe briyante. Tenía uno labio má grueso que lo  mío  y eso que a mí me yamaban la bembona.

E'tábamos en el mi'mo grao, no hablaba con nadie y era muy apocá hajta pa' contestar cuando lo profesore preguntaban algo. Se quedaba callá y con la vista 'bajo y lo profesore se ponían bravo, oye, y la trataban de tonta o vaga. A mí no me parecía que lo fuera pero así fue que se fue que'ando e año ha'ta que su mamá la sacó e la escuela, en parte pa' que no sufriera y en parte po'que la edá ya no le permitía seguí con nosotra, que éramo má chica .

Aidé fue haciéndose “guambra”, como 'icen acá lo’ serrano.

Doña Eufemia, que sabiéndose la mamá de la muchacha más linda 'el barrio, estaba presumidísima. Tenía l'eperansa de que fuera una mujercita e su casa y así le enseñó los quehacere, la tenía metía entro e casa y no 'ejaba que ningún alzao se atreviera a mirala. Eya decía que algún día vendrá un señor europeo o gringo que viéndola a la chica tan guapa y reservá no dudaría en llevásela con él, eso sí, despué de celebrao el casamiento. Y cuando lo decía se nos hacía agua la boca con solo la idea del pedazo e torta que nos iba a convidá.

-¡Hmmm! Esto va terminá mal– murmuraba mamá Julia, poniendo la cachimba a un lado e la boca.

Yo sabía que mi hermano Vicente estaba reuniendo plata para podé invitala a tomá uno helado y se mataba estibando cajas en el puerto.

-Ve, Aidé– le decía, empinándose a la ventana de eya y ofreciéndole unas pieza de tela que conseguía yo no sé ónde– yo a ti te quiero, porqué no me dejas entrar a tu casa y hablar con tu señora madre. Yo vo a sé un hombre solo pa ti. ¿Es que no me crees? O ¿es que tú no me quiere?- Y eya se quedaba muda como cuando en la escuela le preguntaban algo difícil. Y así fue que le fue dando largas y más largas a mi hermano que de la pena empezó a ponerse flaco y seco como un palo. Mi abuela que tenía ojo 'e adivina decía: -¡Hmmm! Esto e obra de alguno que no quiero nombrá!- y me mandaba a mí a echá agua e romero y agua bendita en el umbral de las puerta' e la casa. También iba a echale humo e su pipa a los palo e fruta y al solar. Incluso me decía que usara lo interiore al revé.

Mientras tanto, Aidé ya no se asomaba má a la ventana.

Una noche, estaba yo profundamente dormía, ¡como nunca, oye! Tú sabe que yo tengo sueño ligero como el gato, pero esa vez me bía acostao tardísimo y rendía porque estaba cuidando a mi hermano que volaba en fiebre, y deliraba como enbrujao. Cuando e pronto siento un a sacudia e mi mamá Julia que estaba asustada y me ecía: -Tranca bien la puerta y ponte a rezá y por ningún motivo digas na' ni preguntes si oyes a alguien cantando bajo e casa.

-Sí mamá– le dije yo.

-¡Aidé!

-¡Aidé!- Gritaban lo hombre del vecindario, buscándola y abriendo a machetazo el monte. Es que Aidé había desaparecío de su cuarto sin dejá rastro .

Yo rezaba al Santísimo, a la Virgen, a las Trece Ánimas Benditas.
Lo' perro, ladraban desesperao y auyaban y rascaban con la' juña la parede.

Seguí rezando hasta que casi había amanecido, cuan en es, e’cucho yo cantá una vo’ de hombre. Yo al principio pensé que jera mi tío Cuchucho, pero era como gangosa, y entonse’ se me espelucó el cuerpo, y cuando espié por la rendija de la cañas del cuarto e mi hermano, alcanso a vé que se e’taba yendo a cabayo un enano con sombrero. -Tate-, ije yo-pa mí, que este, no é d’esta. Oye, es que cuándo se ha visto que se necesite usa sombrero a la lú de la luna.

Al final, amaneció, y no habían encontrao a Aidé.

Todo lo jombre de la vecindá, habían vuelto. Alguno, taban arañao po la’ ortiga’ y la hualanga.

Entonce, empezaron a decí las vieja, que se la había llevao el duende, porque uno día jatrá, Aidé amanecía con su cabellera hecha nudo y como tenía lo’ ojo grande, como le gustan al duende; el bonito se bía enamorao d’eya, así, que no recomendaban a la jotra muchacha dormí con el pelo bien peinao con agua bendita y lo interiores al revé y que cuando oigamo cantá a alguno, con una guitarra de una sola cuerda, cerca de la ventana a las tre de la mañana, que é la jora en que salen los aparcío a recorré el mundo, que cuando oigamo, nos santigüemo y avisemo a los grande o alguna mujé que haya probao marido pa que pregunte: “¿ere d’ejta o de la otra?” y ¡zape! le eche orine’, porque así, lo jahuyentaban.

Mija! este duende, era muy malicioso, pue' en las noche se metía en el cuarto de la muchacha que había elegío, pa peinala mientra jeya dormía. Pero el condenao no sabía hacé trenza, así que la peinada amanecía con uno’ nudo grandote. También andaba siempre a cabayo, pero uno podía sabé que no era un hombre ni alma de Dio, porque lo montaba al revé. Es que era tan feo que temía vé su propia cara cuando el animal se agachaba a bebé agua, y pa podé robase a la muchacha sin que  ella se asuste, usaba un sombrero de ala jancha’, y si había algún pretendiente, el condenao, lo embrujaba, pa que se enfermara y se volviera loco. Y eso mismito, era lo que le taba pasando a mi hermano, así, que entre mi abuela, mamá y mi tías empezaron a jacé novena’ a la Santísima Virgen, pa rescatá al Vicente. ¡Pobre, mi hermano! ¡mese’ pasó en cama, con una tristeza bien honda!

Mientra tanto, la gente del barrio ‘ecía que, no hay que sé presumío, porque si no, le pasaba como a doña Eufemia, iba a misa todo lo día’ a rezá por su hija desaparecía.

A mí, una noche, me vino a cantá el Enrevesao, y yo, como no tengo miedo 'e nada, lo saqué en quema con meado calentico y le gritaba “¡La cera del Santíiisimo!”

Lídice Robinson
Buenos Aires, 25 de octubre de 2014

sábado, 25 de octubre de 2014

Un relato pa' dormí

-Mamitaa- resonó en la oscuridad del cuarto la voz de Ignacia

-Mmm, queeé?- la voz adormilada de doña América

-Cuénteme del costal de papas?

-¿Qué costal de papa'? 

-El que se cayó del puente.

-¿Pa’ qué? Ya te lo conté muchas vece’.

-Es que quiero dormirme.

-Mmm! Ta bien!- Doña America, acurrucó hacia su costado a su hija, y mientras se arropaban empezó

- Cuando tú, taba' en mi barriga, y yo no tenía ónde viví, le cuidaba la caseta de revista del Raúl Caisa, que estaba al ladito del puente del Cumandá. Iba todo el mundo a alquilá las revistas, yo ya sabía que a alguno que eran morbosos les gustaban las picantes. Ya me la jabía leído toditicas, desde las fotonovelas hasta, Kalimán, el Fantasma y el Negrito Memín, pero mis preferida jeran la policiacas, porque desde chica, yo quise haceme detective, pero la jodida de tu bi’abuela no me dejó e’tudiá. Oye, es que a mí me gustaba mucho la letura y la envestigasión.

Bueno, al principio, yo me iba a dormí en las noche al albergue pero, despué con mi panza, ya no podía subí, hajta El Tejar, entonce le dije al viejo Raúl, que me pagara para ime a un hotel, de esos barato que quedaban cerca de El Cumandá, pero viste que él era un viejo roñoso y en vez de plata propuso que me quedara a dormí ahí, mismo, en el kiosko, y que me iba a traé la comida. Yo pensé que estaba bien por un tiempo, pero después, ya no me traía la comida y me empezó acusá de que le robaba las revista, y cada dos por tré, me preguntaba, que para cuándo la criatura, que no le vaya yo a manchar na' cuando dé a lu’! Oye, cómo jorobaba, pero me aguanté porque no tenía ónde ime...

-Y el costal?- interrimpió, Ignacia

-Pérate, ya va! Yo acomodaba las revista como una cama y me acostaba, pero no podía dormí bocarriba, entonce poco a poco me levantaba y empezaba a dormí casi sentada, porque me faltaba es el aire, además, hacía un frío, y el ruido era muy juerte. Yo con mi oído e’ tísico escuchaba todo, hasta que me jui acostumbrando. Una noche, taba yo profundamente dormía, cuando siento que tú me pone los piese en la boca’el ejtómago y empezó a faltame más el aire, me levanto, lentamente y cuando me puse en pié, pululúm, siento que se viene el techo ‘e la caseta encima mío. ¡Diosito! El sujto que me pegué fue enorme, pues yo me quedé parada y las latas de zinc alrededor mío. En eso veo un bulto como un costal de papas sobre las latas. 

Yo escuchaba a la gente gritando –¡Auxilio, ¡¡¡saquen a la morena que duerme ahiií!!! Sáquenla que está embarasá!!!- y vino un montón de gente y yo les desía –Yo estoy bien! Yo estoy bien! ¡Ayuden a ese pobre hombre, antes que sea tarde!- y todos se fueron a vé si el costal de papa taba vivo, entonce, vemo, que el hombre se levanta, nos mira a todos como desorbitao, dijo no sé qué cosa y tambaleando se fue por el arco ‘e La Ronda… Ve, ¿ ya te dormiste? ¡Mmm! Hace rato que ronca la bonita…-

Doña América se persigna, bendice a su hija y se entrega al sueño, acaso reparador.

martes, 6 de mayo de 2014

La vaca negra


(De "América y la tierra")
-No te vaya’ Enrique.

- ¿Y por qué no me he de ir? ¿Quién va a traer la plata para comer?

-Por Dio’ te pido que te quede’, tengo un mal presentimiento, Enrique!

-¡Ya va! ¡Ya va a empezar!

-No te vaya’ que he soñaó con una vaca negra y eso quiere decí que va habé pelea.

-¡Bah, creencias! Vos me quieres meter miedo, y ¿qué si hay pelea? No te meterás nomás.

-La vaca estaba chorreando sangre, Enrique. Es grave soñá con eso. Quédate, quédate.

Y mientras doña América le perseguía relatando su sueño, Enrique llenaba una vieja lavacara de aluminio con agua y se aseaba para irse al Cumandá.

Ese día era el primero de clases en toda la sierra, pero Ignacia, no irá a la escuela.

No había plata para los útiles ni para la matrícula ni para…

La niña no comprendía por qué sus antiguos compañeritos la ignoraban ¡Sólo han pasado unas semanas! Y así ella cerró la ventana del cuarto, se sentó sobre la cama y observaba la discusión mientras el hombre preparaba su máquina de afeitar y convertía en espuma un jabón. Realizó el ritual de los hombres que huyen de las quejosas mujeres y los fastidiosos niños y se pierden bien lejos de sus moradas, en lo que sea. Él se refugiaba en el alcohol, que era el único amigo que le daba pan y lecho sin sudar en la simpleza del mundo, le mentía y le rasgaba la piel y el bolsillo con indolencia. Al anochecer cuando llegaba al cuarto, si llegaba, le esperaba una pantera asesina, agigantada y deformada por su visión etílica y fanfarroneando su hombría, por los ardores del agua, lanzaba también sus improperios, mentadas y también los golpes, pero la pantera era más fuerte que el gallinazo. Ignacia, en el medio, veía volar los cuervos de las palabras soeces salidos de un infierno oscuro y sobrecogedor. Luego, todo cesaba, con los conjuros entre dientes de doña América y los quejidos hiposos de Enrique. Afuera, los sapitos y el aullido de los perros denunciaban el silencio del barrio.

...
-Sí, trabajo dice él, cuando se ha visto que sea trabajo empinar la botella, en vez de quedarse solo por hoy, porque, seguro va habé pelea. Lo sueño nunca equivocan y yo tengo este pálpito Jesú María Santisima, y esta puerca sucia que no sirve ni pa prendé el fogón. A tu edá, tu hermana ya me llevaba el desayuno a la cama. Y el bonito, que lo único que hace es insúltame, darme dolor de cabesa, tate, va a venir borracho. Ya estoy cansada. Esto no me lo merejco. Un día d’esto’ me largo pa mi tierra y se quedan lo do, a ver…- Así estaba doña América, refunfuñando cuanta letanía atinaba a pasarle por la mente cuando se oyó por la puerta que daba al patio unos golpecitos y la voz endulzada de la vecina del terreno de al lado.

-Vecina Meri!, ¿Se puede?

-Diga vecina Blanca, pa qué soy buena.

-Aquí que vengo a pedile un favor bien grande.

-Diga nomás qué se le ofrece- respondió doña América tratando también de afinar su voz.

-Que me dé viendo al Roberto y a la Magali. Yo le he de pagar cuando vuelva.

Verá, es que como ya está bien viejita mi suegra se ha caído y se ha roto la cadera, y como el mío está de viaje, toca ile a cuidar en el hospital.

-No se preocupe vecina, yo se los cuido.

-Me shevo al Mauricio, ahí le dejo ya preparada la mamadera pa la Magali cuando se despierte. Ah, y hay comida, calentarále y serviránse usté y la suíta, nomás. Al Roberto ya le dejo comido y stá viendo la televisión.

-Ah, bueno vecina, vaya nomá tranquila que ahorita subo.

-Taluego.

-Taluego.

Las comadres se despedían mientras el barullo del cuarto contiguo de la casa aumentaba entre la saturación del relato deportivo, los gritos entre festivos y alevosos de los Chiluisa, el ruido de botellas o vasos rompiéndose, el Aucas había perdido. “Y esto me faltaba. Esto’ longo’, a quiene les serví cuando no tenían ni pa comé, a quiene los ayudé cuando se murió su muchachito. Si no hubiera sido por mi hubieran ido a la cárcel, porque ese muchachito estuvo yorando toa la santa noche y esto’ que roncaban ni me oyeron cuando le fui a golpeá la puerta, ni se dieron cuenta que la criatura se estaba muriendo. Yo que fui a buscar al padrecito pa que le diera la bendición a ese angelito, yo que le presté plata pa que pudieran hacele el velorio. Y así me pagaron, acusándome de que le había robado. ¡Roñoso’, miserable’!”

América estaba por estallar así que prefirió empeñarse cuanto antes en el encargo. Sus pálpitos eran más fuertes. “Mejor evitar una desgracia”. Arremangándose la pollera de paño que llevaba ese día, trepó por el pequeño chaquiñán hasta la vivienda de Doña Blanca. Previamente había dejado a Ignacia la tarea de lavar los platos en el patio, así ella la vigilaría desde la terraza contigua.

“Al fin, un poco de sosiego” pensó mientras bombeaba la válvula del reverbero. Un fósforo, otro, no encendía. “Ha de estar tapao”. Decidió limpiarlo. Vacío la escasa gasolina que había en una lata. “Tal como pensé, esta gasolina está sucia.” Como si el tiempo quisiera andar más lento, la beba seguía dormida y Roberto seguía viendo la TV. Un silencio pesado acompañaba el soplido y el bombeo de la válvula.

Se oyen bufidos y palabrotas y otras ininteligibles atravesando el zaguán de la casa. El indio Chiluisa, beodo y azuzado por los vasos de Crystal, va gritando y pateando cuanto obstáculos se le cruza. De una patada derriba la desvencijada puerta que separa el patio con la calle. Se dirige a la niña arrodillada frente a las lavacaras. -¿Dónde está la negra pucta de tu mama?- La tambaleante figura se agrandó sobre Ignacia, la agarró por el cuello y la tiró al suelo. Con horror ve la chica que se lleva las manos a la bragueta.

-¡Mami!, alcanza a gritar al tiempo que rodando se escapa hasta la cocina. Un trozo de leña silba en el aire y da en la espalda del borracho. La pantera ha saltado la terraza. La mujer del Chiluisa ha entrado corriendo y suplica a la negra que no le pegue a su marido. Se lo lleva casi arrastrando entre desvaríos y escupos.

-Entrate al cuarto que yo ya vengo con la comida. Tranca bien la puerta.

“Esto no habría pasado si no se hubiera ido el bonito del Enrique, tate, cuando vuelva, ya lo va a ver. Supersticiones mías dice él, ahí está. Pobre de él que venga borracho. Esto no es vida”.

Fue a ver a los niños de su comadre. Para entonces, Roberto se había quedado dormido y la nena estaba despertándose. Emprendió de nuevo la tarea de encender el reverbero para calentarle el biberón a la criatura.

Ignacia, ha desobedecido a su madre y ha salido del cuarto. La ve de espaldas a la calle frente a la hornalla encendida. Ve también a Chiluisa subiendo en puntillas como en acecho hacia donde estaba su madre. Lleva algo en la mano, el pico de una botella.

-¡Mami!- grita angustiada. América sin darse vuelta le ordena que vuelva al cuarto. El chacal avanza.

¡Mami! grita por segunda vez y ahora sí se voltea, a tiempo para esquivar el golpe traidor. La pantera retrocede, el chacal intenta asestar un segundo golpe, aún zigzaguea.

Una nube sorda de acontecimientos se impregnará eternamente en la memoria de Ignacia.

Ve cómo su madre hunde las manos en los bolsillos de su falda, saca una caja de fósforos y enciende uno. Con la puntería que le caracteriza prende la gasolina sucia de la lata. Un tercer golpe del indio y ella con una agilidad diabólica alcanza la antorcha y se la tira.

Ahora la antorcha es enorme y gira consumiendo el poliéster rojo y amarillo del chacal que aulla desesperado, cae y se retuerce entre gritos ahogados.

Se materializó todo el barrio al instante. Algunos para socorrer al que se estaba quemando. Otros para…

Ignacia corrió a abrazar a su madre. La turba frenética por la morbosidad y el racismo daba rienda suelta a la lengua.

-¡Negra incendiaria! ¡Negra asesina! ¡Bruja sucia!

La policía llegó antes que la ambulancia. A empujones se abrió paso hasta el cuarto donde estaban la rehén y los tres niños que lloraban. Ella, inmersa en la pesadilla de la vaca negra. Tal vez chorreaba sangre, tal vez chorreaba fuego.

El nudo entre madre e hija fue brutalmente desecho por los gendarmes. La esposaron mientras los curiosos le lanzaban piedras. Algunos policías trataba de alejar a la multitud. Los niños quedaron encerrados con candado en el cuarto de Doña Blanca, pero Ignacia, quería estar con su madre a toda costa. De algún modo trepó por la ventana, saltó al patio y fue corriendo hasta casi alcanzarla. Vio cómo la metían en la patrulla. Percibió una última mirada, sin lágrimas pero tan profunda que dolía, que parecía darle la facultad de volar, alcanzar la patrulla y detenerla y así hubiera sucedido de no ser por una mano fortuita que le impidió ser arrollada por una camioneta.


Lídice Robinson

                                                                                                                 Buenos Aires, marzo de 2013

viernes, 2 de mayo de 2014

Penas resecas

(De "América y la tierra")


Aunque su cráneo era muy pequeño, Ignacia poseía una cabellera abundante, larga y tan seca que de lejos parecía una chamiza andando. No se podía decir si era hermosa o no. Había que mirarla con mucha atención, pero la gente no tenía tiempo y si su madre pensaba que era bella, nunca se lo dijo. Habrá querido evitar que la niña creciera presumida y vanidosa o habrá sido porque en su juventud, doña América, jamás recibió un halago de su madre o de su abuela, menos aún, de sus hermanos y por eso, la idea de tener una hija que pudiera despertar la envidia de las vecinas, le era remota. No obstante jamás quiso cortarle la pajosa pelambrera, ni aún cuando a la pobre chicuela le aquejaban los piojos. –¡Humm! esto es piojo e pena.- decía y con la paciencia con la que hacia las cosas pequeñas, y dueña de una vista de águila, agarraba a la niña, se sentaba en el patio bajo el sol abrasador, la acostaba sobre su regazo y mechón por mechón iba escarmenando con agua de ortiga y uno a uno sacaba de todo, hasta que no quedaba ni un mísero liendre seco. Tan efectivo era su método que Ignacia quedaba como nueva. Eso sí, cada cabello que se le cayera iba a parar en una bolsa que después “curaba” con orines y agua bendita. Su secreto terror era que el mal de ojo pudiera arrebatarle otro hijo.

Es que años atrás, doña América había parido a su tercer vástago, quizá el que más amaba porque era fruto de sus amores con don Portugal Obando, un soldado que las circunstancias dieron de baja. Lo llamó Jackson.

–Mijo iba a ser guapo- decía, y se explayaba describiéndolo tan vívidamente que quien la oía, no tenía más que extender los brazos y agarrar al chiquillo y arrullarlo. – Iba a se’ adivino porque nació con una cru’ en el centro ‘e la lengua y al mes de nacío ya gorjeaba y se reía como si conversara con lo ángele, pero a lo’ tre mese’ mi muchachito se fue pa onde van lo’ angelito que no ha tocao el agua bendita y esto lo sé porque unos días antes, estaba yo barriendo el patio y a la seis de la tarde una lechuza se puso a cantar, yo la espantaba, y siempre volvía al mismo palo a cantar las otras tardes a la misma hora. Hasta que no vino má y a la mañana siguiente mi Jackson ya no se despertó. Cuando lo estábamos velando se le iba abriendo su boquita y en el lugar donde estaba la cruz había un hueco, como el de un queso. ¡Ay! Mijo murió sin bautizo por falta’e plata. Las brujas me lo mataron y ahora debe ser una almita en el limbo- capitulaba, con la voz seca y fría a fuerza de sollozos reprimidos, y uno se quedaba maldiciendo a esas las horribles mujeres.

La madre, hueca, como calabaza vieja, debió ir al centro del pueblo a pedir limosna para comprar un féretro y poderlo enterrar en el cerro cerca del cementerio. Meses después llegó del Oriente don Portugal en busca del hijo. –Andá a velo al cementerio- Fue la respuesta de América. Ella le daba la espalda mientras atizaba el fogón. El hombre, la miró de pie a cabeza, queriendo adivinar en vano una emoción tan sola, con la cual consolarse y recordó a la preciosa morena de diecinueve años que huída de su casa se confió a su costilla y con quien se fue a vivir como un adolecente en un palafito del manglar esmeraldeño.

-Oye, dame un hijo, le suplicaba y ella se esforzaba por complacerle y a cada expectativa sucedía la desilusión de los amantes. Sin embargo así, un año y medio duró el idilio hasta que la primera mujer de Portugal apareció de sorpresa. Había venido de la Sierra, era unos años mayor que él, corpulenta y de mal carácter. Empezó el declive de la felicidad.

Al principio, América quiso retirarse por las buenas, le explicó a Portugal que debía volver donde su señora pues ella había llegado primero. Él, sin querer contradecirle, se iba; pero al cabo de un par de días volvía, con algún chichón o rasguño, a la ternura de su morena. Despechada y aprovechando que Portugal estaba de servicio en el cuartel, “la legal” ora sola, ora en gavilla, con las otras mujeres de los soldados, empezó a acechar a la “negra tal y cual”. Cuando se la encontraba por la calle, le tiraba una que otra sátira, sin saber que no hay que torear a las vacas que pacen. De vez en cuando, una comedida piedra llegaba a la espalda de América -¡Mona tal, robamarido! – le gritaban y ella seguía adelante, espigada y erguida como una reina. –“Tate, ejta’ longas buscapleito, se creen que porque son mujere de milico, puen vení a la tierra de “lo mono” a jodélo a uno.”

Hasta que en una ocasión la emboscaron, pero América había ya tomado los recaudos necesarios, pues, escuchando su corazonada, había preparado su pelo en una serie de diminutas trenzas cosidas, había bañado su cuerpo en aceite y se había vestido con ropa ceñida de entre casa. Joven, de sangre ferviente, dejaba fluir el fuego del combate ancestral, las mujeres no lo esperaban, la mona no peleaba, no se defendía, danzaba y a cada bofetada o arañazo detenía con un golpe. Intentaron asirla, por el cabello, por la ropa, por los brazos, pero ella se escurría, en cada descuido asestaba con puntería un puñetazo o una patada hasta que cerca del cansancio vino la policía a separarlas. Detenida, se la llevaron a interrogarla, las gavilleras, como testigos contusos. “La oficial” victimizada mostraba un hueco de su muslo. Insta el intendente a que hable la fiera. América no contesta, pero sus ojos llamean y ante el horror y morbo de todos ella escupe un pedazo de carne.

-¡Tú te yeva’ a tu marío y con él te yeva’ este recuerdo!

El precedente se sienta en la memoria de los curiosos.

Portugal se ha enterado del incidente, viene a ver a su amante, convence a los oficiales que la dejen libre. Las horas que siguen son amargas. Todo, es diferente ahora, pues deben despedirse. “La oficial” ha logrado que le den el pase al Oriente. Ellos entrelazados, como esperando una piadosa muerte, pretenden convertirse en piedra, pero la aurora húmeda filtraba sus vapores entre las guadúas del cuarto.

Lídice Robinson
25 de febrero 2014