(De "América y la tierra")
Se llamaba Enrique y, como todos los chagras de la región, nació besando los pies al gran coloso de gola nevada, el Cotopaxi.
Hacía tiempo ya que el miedo a los legendarios rugidos del volcán se había transformado en recuerdos sepultos y Latacunga crecía con el sopor campesino en sus faldas, lentamente como el musgo en la floresta.
En la Cordillera Occidental latía sin flama el bello Corazón junto al Atacazo, todavía canoso y distante. Abajo, retando las colinas, la arteria férrea llevaba sueños e historias de una ciudad a otra.
Los niños interrumpían sus juegos y olvidando su sangre se mezclaban para verlo pasar.
Los hijos de las longas se quedaban boquiabiertos sin saber si dar rienda suelta al salto emocionado de sus pequeños corazones y los hijos de la casa, con arrogante inocencia, fabricaban puentes con sus manos en el aire para hacer pasar por allí al magnífico juguete de humo.
Los grandes los sacudían de su ensueño recordándoles su cuna:
-¿Qué has de juntarte con la longada, hijito? Ve a seguir estudiando.
-¿Quias diacer añiñado, colos siñores? ¡Andá seguir barriendo, guanbra manavali! - retaba una india mientras le halaba la oreja a alguno.
Y la formidable máquina dejaba ver sus años en su rítmico avanzar. Los viejos miraban al intruso como una incumplida promesa y chasqueaban amargamente lo que les quedaba de dientes.
Los señoritos iban con un séquito de peones y mulas hasta la estación de Chimbacalle para ir de allí a Durán. Luego de tediosas maniobras llegaban a Guayaquil donde finalmente se embarcaban en un mar de pañuelos y sombreros hacia el viejo mundo. De esta manera el primo Alberto se fue a estudiar a “Lonrres” y nunca más se supo de él, ni una carta, ni un telegrama, sumiendo el corazón de la tía Rosario en miles de rosarios de lágrimas.
A cargo de la empobrecida hacienda quedó don Segundo Aguirre, hombre de pocas luces y responsabilidad de zángano, que dejó que La Lucita fuera apagándose paulatinamente.
Restó importancia cuando uno de los indios vino corriendo a avisarle que había visto unos cuatreros por los linderos.
Nada hizo cuando una mañana la ordeñadora le anunció que a su marido no sé quién le había atacado la noche anterior y que al amanecer faltaban varias cabezas de ganado, principalmente vacas.
-Nuasoman las lecheras, patrón, han dejado los toros nomás.
-Falta semishas, patrón.
-Se cayó las tejas del establo, patrón.
-Se ha seco el arroyo, hay quiacer otro, patrón.
-Nuay 'rramientas, patrón.
-Nuay harina de castisha ni mashca, patrón.
Y así la cadena de quejas, faltas y necesidades fue agrandándose, hasta que ningún respeto inspiraba el nuevo administrador, por más que fuera pariente de las Toledo.
Los peones, que eran muchos, se sentían abandonados y se iban rebelando.
No conocían ni entendían a Carlos Marx, pero la frase “revolución marxista” prendió en su sangre resentida como llama en paja estival y poco a poco fueron apropiándose de grandes parcelas y de lo que había en ellas:
-La tierra tiene que volver a sus originales güeños- decían los autoproclamados líderes.
Doña Teresa y doña Rosario maldecían la hora en que su hermana diera el “mal paso” con ese badulaque.
Doña María sufría en silencio sin permitir que sus ojos negros vertieran una sola lágrima, y así, las hermanas Toledo, huérfanas de voluntades férreas y don de mando cifraban sus magras esperanzas en Enrique.
¡Pobre muchacho! Tamaña empresa le ponían en los hombros las infelices mujeres por salvar las pocas hectáreas de La Lucita, y él, menos iluminado que el taita y que además a duras penas terminó la primaria, aceptó encantado, para más tarde -bastante tarde- darse cuenta que el poder solo sirve con el conocimiento, pero se encogió de hombros y cuando llegó la reforma agraria, tan solo vio pasar las tierras de una mano a otra, porque legalmente era menor de edad y los papeles estaban mal cuidados en manos de don Segundo, quien se mecía alegremente a la mitad de una botella de aguardiente.
La casona, sin más fortuna que la media vida que le restaba, cedía a las goteras que taladraban el alma de las viejas, cada vez más agrupadas para rezar el Santo Rosario, pero cada vez más distanciadas por sus íntimos reproches, culpas y frustraciones. La palabra cesó, solo se dejaba oír en agrias reconvenciones hacia el muchacho, que seguía esperando la promesa de su primo, el que antes de partir le había prometido mandarlo a traer para que conociera Europa.
De mala gana limpiaba las consecuencias de una pasada de copas en el cuarto asignado a los dos varones de la casa. Mientras atendía las borracheras y delirios de su padre, uno que otro golpe le pasaba zumbando en las orejas, había aprendido a esquivarlos, lo que al viejo exasperaba en gran manera, entre los ave marías de sus tías y de su madre, refugiadas del mundo y de sí mismas en los rezos para no ser tentadas por el Maligno, después de todo eran buenas. Después de todo eran solo mujeres.
Y Enrique se cansó de ver al olvido de los demás como en un espejo, así que él también olvidaría, solo conservaría en su memoria las ilustraciones y grabados del viejo Londres que en su niñez le habían sido mostradas.
La ilusión le seguía lacerando como la libertad a un preso.
La capital florecida en el cercano valle le llamaba como una mujer escondida entre perfumes y afeites.
Se cansó también de esperar noticias de su primo, más bien; lo olvidó. Así que desafiando las amenazas de sus tías, desoyendo los consejos de su madre, se dispuso a seguir el camino del padre. Como él, bajo el enlodado sendero hacia el pueblo, no miró que las chacras quedaban desoladas y mustias.
Pasó por los chaquiñanes sin fijarse en los sembríos frescos del maíz ni en las violetas flores del los fréjoles. De nadie se despidió, ni contestó el saludo lejano de una vaca.
Su corazón iba arrullado por la necia garúa que lo acompañó entre resbalones y caídas hasta Latacunga.
Antes de llegar, el fresco aroma de bizcocho con mapahuira lo sacó de su ensimismamiento, y se tentó de hurtarle a la Matilde cuatro o cinco allullas.
Apresuró el paso, la garúa maduraba, aún no clareaba pero él estaba acostumbrado a caminar a tientas, a fuerza de recorrer hasta altas horas de la noche los establos cuando era niño. Aminoró la marcha para no ser sentido por los perros, un paso en falso, un nuevo resbalón. Ahora sus manos estaban sucias. Se lavaría con el agua del canal, además las allullas de la Matilde valían la pena, ya se relamía del gusto, cuando toda la maniobra hecha para llegar a la tanda de bizcochos fue interrumpida por un gruñido desconocido.
Una raposa le había ganado en sus intenciones y viéndose sorprendida escapó asustada por sobre Enrique, que manoteando fue a dar con unas ollas, armándose tal estrépito que despertó a los perros y a la Matilde.
-¡¡¡Ya has de ver, guambra succio, cuando te agarre el Fermín!!! ¡¡¡Warmilla!!!- gritaba la longa en el colmo de la ira al no haber atrapado al sinvergüenza, que ayudado por el lodazal se perdía cuesta abajo en el camino y los matorrales.
Jadeante, en la proximidad de la calle principal de Latacunga, sintió que el frío de la mañana le quemaba la cara. Echó de ver que le caía un chorro de sangre por la ceja, era un rasguño adquirido a la raposa. Fue a lavarse en el agua que caía del techo de una casa, luego sacó una botella de aguardiente y se desinfectó la herida, bebió un poco. Nunca se dio cuenta cuándo se acostumbró al sabor.
El pueblo estaba despierto, el bullicio del mercado le avivaba las tripas. La acostumbrada agüita con panela y las tortillas de maíz fueron rechazadas por él en un rapto de soberbia y despecho esa madrugada, la misma que doña María, con el corazón abierto como un grano de lenteja le extendiera su bendición. Ahogó el hambre con otro sorbo de alcohol.
Enderezó hacia la plazoleta desde donde partían los buses interprovinciales, allí trabó amistad con un uno de los chóferes que venían de la capital y se enroló en el ejército de “enganchadores” que se encargaban de cobrar y acomodar a los pasajeros.
Ahora la ilusión fue reemplazada por la necesidad de huir de las amenazas, de los quehaceres que lo habían convertido poco a poco en un peón más, en el único peón. En la capital sería independiente, sería un hombre de verdad.
Allá arriba, arropada de niebla y miseria piadosa quedaba su niñez, con las mejillas tostadas por el aire helado y parameño, acaso le perseguiría el canto de algún gallo en sus recuerdos. Allí, aferradas a los tiempos gloriosos y a las novenas santorales, quedaban las ancianas.
-Ave María, gratia plena…
La casa, también mujer abandonada, se entregó de a poco al amor pernicioso de la humedad y las arañas.
-Ave María, gratia plena…
Lídice Robinson
Buenos Aires 24 de Febrero 2007
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