miércoles, 24 de octubre de 2018

Vendaval

(De Anecdotario)
No sé de su inquietud hasta que toca el racimo de metal y bambú colgado de algún balcón en soledad. De alguna manera, el aire que no se desliza sino que percute en los delgados dedos de las campanillas, me lleva al patio grande de tierra, donde alguna vez sembré un capulí y que acaso porfiado, siga dando sus negras cerezas. Así son los capulíes de mi tierra, rápidos y querendones. Prestan sombra, juego, recuerdos de ojos moros y besos azucarados, y como los quiteños no los sabemos amar, generosos se dan al sacrificio, cual hierba mala, para la prosperidad del cemento.
Volvamos al patio. El silencio de la ciudad en asueto trae un soplo de amaderado recuerdo de allá, mi infancia cuando mi madre me enseñó a sembrar mazorcas y el milagro que iba desde montoncitos de tierra, incipientes lanzas verdes hasta imponentes cañas de espigas canas que yo miraba desde de mi pequeñez y me preguntaba cómo hacer para regarlas de tan alto sin que me empapara por completo. La música repetida e infinita de los metálicos colgantes hace verme a los seis años con el tarro plástico lleno de agua, regando el maizal desde su origen hasta que el agua iba por el aire y me regresaba refrescante en el seco verano del barrio Toctiuco, y mi madre se reía y me explicaba que las plantas no beben por las espigas. Luego la cosecha de los senos túrgidos y acanalados, con su pelo de miel y sus dientes perlados, olorosa fiesta de choclos y de alguno que otro gusano sorprendido en su recámara.  Miedo les tenía yo a los pobres bichos verdes, a las pobres ponzoñas que corrían como manchas oscuras entre la maleza y como siempre causaban gran revuelo entre los guambras que estuviéramos allí.
Ese tiempo en que me tendía boca arriba para ver la casa de ladrillos recortada contra el cielo andante, un perpetuo peregrinaje de algodones y el techo y la pared y la alta ventana no terminaban de caer, entonces mi boca se llenaba de vértigo y venía la perra meneando la cola, como si le hubiera invitado a compartir conmigo sus pulgas. La echaba yo a los gritos cuando ya no podía controlarla y ella misma no medía sus mordiscos. Y así, Pasapatucasa, (tal era el nombre del pobre animal) corría con su rubicundez runa como riéndose de su juego.
Ese tiempo en el que al extender la vista hacia la montaña se percibían arropados por la neblina los bosques parameros y a veces, dos cuernos de marfil emergían de la cima.
Han huído las gráciles lagartijas, los tímidos sapitos se han refugiado en la memoria irretornable de la extinción, las cigarras han trocado en marcha fúnebre su canto.  Acaso los huillis-huillis olvidados en un estanque aguarden nuevas risas de niños. Esperarán en vano. Los colibríes se mudarán más lejos a rayar el aire con sus furtivos tornasoles y las libélulas estarán cortando pelos en otros cosmos.
Viene desde lejos este viento, a sacudir las persianas de mi ventana, ruge furioso e impotente ante mi ausencia. Viene a recordar mi origen. Viene a poner en la pintura de mi alma la tragedia de la franciscana ciudad a merced del humo y la locura del concreto. 2012

Terremoto y calma

Yo no entendía lo que quería decir mi madre con "Cuándo tú taba entro e mi barriga, yo sufría de vértigo y me tenía que agarrá de la parede o de algún pojte porque si no sentía que me agarraban la' tripa y me la' tiraban pa'bajo."
En búsqueda de la sensación de las tripas, en el gran patio giraba y giraba con los brazos extendidos y lo más rápido posible y caía al suelo mientras terminaba de dar vueltas el firmamento de estío y las rayitas incandescentes se reducían  a temblorosos y desordenados puntos celestes, lo más parecido eran los tirones de hambre y despues...
Un día volví a vivir con ella por un período breve y estaba por cumplir los catorce. Eran las 11 de la noche. Altísima hora para una ciudad que se ensombrece temprano. Mi madre y yo volvíamos del cine. Mis recuerdos no se atinan con el nombre de la película. Ladridos de perros en desacompasado coro nos habían acompañado desde la calle Chile hasta la Av. Napo, en lo alto de la colina. Todavía quedaba camino que subir para llegar a la vivienda y había que cruzar el puente metálico desde el cual se veía casi toda Quito, tanto el norte como ese creciente sur. El suave y grave acento costeño de mi madre me adentraba en una fantasía para terminar saliendo en otra, con sus relatos. Eran así nuestras caminatas obligadas, desde que puso en verbo la memoria, y tal vez por eso el cansado el retorno a casa se me hacía como viajar en litera de la cual me tenía que apear a veces bruscamente cuando llegábamos. Volvamos a esa noche y a ese puente... Aún lo estábamos cruzando cuando empezó un violento temblor que parecía que nuestro camino se nos desvencijaba, los postes de luz danzaban infernalmente sacudiendo sus eléctricos cabellos cerca del puente. Mi terror reconoció el vértigo como una mano oradándome las víceras, caí de rodillas sin poder articular ni grito ni palabra y tuve la sensación de que mi madre se había desvanecido. Alcé la vista y la vi parada en el centro casi flotando, con los brazos en cruz y de cara al Sur. Y escuché de sus labios una oración tan poderosa que al abrazarme a sus pies la tierra volvió al sosiego, el estruendo se deshizo como espuma dando lugar a los aullidos de los canes del vecindario.
-Ya no va a haber má temblore ejta noche- y no dijo nada más. Yo tampoco. Yo sabía que ella entera se había convertido en oración y dejando atrás ese pasillo de latas, en silencio subimos la última cuesta por el centro de la calle, no sea que se derrumben algunas casas después del terremoto. De tanto en tanto la miraba, ahora envuelta en otros pensamientos y se me presentaba en otra dimensión, aquella que aún hoy me resulta inalcanzable. Esa noche tuve uno de los más fantásticos sueños donde se conjuraban un pasto violeta y nueve lunas. Desde entonces no podía cruzar un puente ni utilizar escaleras eléctricas, ni ascensores con vista afuera sin que me ataque el vértigo y las náuseas, hasta que Ana vino a mi vida para poner las cosas en su lugar.