viernes, 2 de mayo de 2014

Penas resecas

(De "América y la tierra")


Aunque su cráneo era muy pequeño, Ignacia poseía una cabellera abundante, larga y tan seca que de lejos parecía una chamiza andando. No se podía decir si era hermosa o no. Había que mirarla con mucha atención, pero la gente no tenía tiempo y si su madre pensaba que era bella, nunca se lo dijo. Habrá querido evitar que la niña creciera presumida y vanidosa o habrá sido porque en su juventud, doña América, jamás recibió un halago de su madre o de su abuela, menos aún, de sus hermanos y por eso, la idea de tener una hija que pudiera despertar la envidia de las vecinas, le era remota. No obstante jamás quiso cortarle la pajosa pelambrera, ni aún cuando a la pobre chicuela le aquejaban los piojos. –¡Humm! esto es piojo e pena.- decía y con la paciencia con la que hacia las cosas pequeñas, y dueña de una vista de águila, agarraba a la niña, se sentaba en el patio bajo el sol abrasador, la acostaba sobre su regazo y mechón por mechón iba escarmenando con agua de ortiga y uno a uno sacaba de todo, hasta que no quedaba ni un mísero liendre seco. Tan efectivo era su método que Ignacia quedaba como nueva. Eso sí, cada cabello que se le cayera iba a parar en una bolsa que después “curaba” con orines y agua bendita. Su secreto terror era que el mal de ojo pudiera arrebatarle otro hijo.

Es que años atrás, doña América había parido a su tercer vástago, quizá el que más amaba porque era fruto de sus amores con don Portugal Obando, un soldado que las circunstancias dieron de baja. Lo llamó Jackson.

–Mijo iba a ser guapo- decía, y se explayaba describiéndolo tan vívidamente que quien la oía, no tenía más que extender los brazos y agarrar al chiquillo y arrullarlo. – Iba a se’ adivino porque nació con una cru’ en el centro ‘e la lengua y al mes de nacío ya gorjeaba y se reía como si conversara con lo ángele, pero a lo’ tre mese’ mi muchachito se fue pa onde van lo’ angelito que no ha tocao el agua bendita y esto lo sé porque unos días antes, estaba yo barriendo el patio y a la seis de la tarde una lechuza se puso a cantar, yo la espantaba, y siempre volvía al mismo palo a cantar las otras tardes a la misma hora. Hasta que no vino má y a la mañana siguiente mi Jackson ya no se despertó. Cuando lo estábamos velando se le iba abriendo su boquita y en el lugar donde estaba la cruz había un hueco, como el de un queso. ¡Ay! Mijo murió sin bautizo por falta’e plata. Las brujas me lo mataron y ahora debe ser una almita en el limbo- capitulaba, con la voz seca y fría a fuerza de sollozos reprimidos, y uno se quedaba maldiciendo a esas las horribles mujeres.

La madre, hueca, como calabaza vieja, debió ir al centro del pueblo a pedir limosna para comprar un féretro y poderlo enterrar en el cerro cerca del cementerio. Meses después llegó del Oriente don Portugal en busca del hijo. –Andá a velo al cementerio- Fue la respuesta de América. Ella le daba la espalda mientras atizaba el fogón. El hombre, la miró de pie a cabeza, queriendo adivinar en vano una emoción tan sola, con la cual consolarse y recordó a la preciosa morena de diecinueve años que huída de su casa se confió a su costilla y con quien se fue a vivir como un adolecente en un palafito del manglar esmeraldeño.

-Oye, dame un hijo, le suplicaba y ella se esforzaba por complacerle y a cada expectativa sucedía la desilusión de los amantes. Sin embargo así, un año y medio duró el idilio hasta que la primera mujer de Portugal apareció de sorpresa. Había venido de la Sierra, era unos años mayor que él, corpulenta y de mal carácter. Empezó el declive de la felicidad.

Al principio, América quiso retirarse por las buenas, le explicó a Portugal que debía volver donde su señora pues ella había llegado primero. Él, sin querer contradecirle, se iba; pero al cabo de un par de días volvía, con algún chichón o rasguño, a la ternura de su morena. Despechada y aprovechando que Portugal estaba de servicio en el cuartel, “la legal” ora sola, ora en gavilla, con las otras mujeres de los soldados, empezó a acechar a la “negra tal y cual”. Cuando se la encontraba por la calle, le tiraba una que otra sátira, sin saber que no hay que torear a las vacas que pacen. De vez en cuando, una comedida piedra llegaba a la espalda de América -¡Mona tal, robamarido! – le gritaban y ella seguía adelante, espigada y erguida como una reina. –“Tate, ejta’ longas buscapleito, se creen que porque son mujere de milico, puen vení a la tierra de “lo mono” a jodélo a uno.”

Hasta que en una ocasión la emboscaron, pero América había ya tomado los recaudos necesarios, pues, escuchando su corazonada, había preparado su pelo en una serie de diminutas trenzas cosidas, había bañado su cuerpo en aceite y se había vestido con ropa ceñida de entre casa. Joven, de sangre ferviente, dejaba fluir el fuego del combate ancestral, las mujeres no lo esperaban, la mona no peleaba, no se defendía, danzaba y a cada bofetada o arañazo detenía con un golpe. Intentaron asirla, por el cabello, por la ropa, por los brazos, pero ella se escurría, en cada descuido asestaba con puntería un puñetazo o una patada hasta que cerca del cansancio vino la policía a separarlas. Detenida, se la llevaron a interrogarla, las gavilleras, como testigos contusos. “La oficial” victimizada mostraba un hueco de su muslo. Insta el intendente a que hable la fiera. América no contesta, pero sus ojos llamean y ante el horror y morbo de todos ella escupe un pedazo de carne.

-¡Tú te yeva’ a tu marío y con él te yeva’ este recuerdo!

El precedente se sienta en la memoria de los curiosos.

Portugal se ha enterado del incidente, viene a ver a su amante, convence a los oficiales que la dejen libre. Las horas que siguen son amargas. Todo, es diferente ahora, pues deben despedirse. “La oficial” ha logrado que le den el pase al Oriente. Ellos entrelazados, como esperando una piadosa muerte, pretenden convertirse en piedra, pero la aurora húmeda filtraba sus vapores entre las guadúas del cuarto.

Lídice Robinson
25 de febrero 2014

No hay comentarios:

Publicar un comentario