(De "América y la tierra")
-No te vaya’ Enrique.
- ¿Y por qué no me he de ir? ¿Quién va a traer la plata para comer?
-Por Dio’ te pido que te quede’, tengo un mal presentimiento, Enrique!
-¡Ya va! ¡Ya va a empezar!
-No te vaya’ que he soñaó con una vaca negra y eso quiere decí que va habé pelea.
-¡Bah, creencias! Vos me quieres meter miedo, y ¿qué si hay pelea? No te meterás nomás.
-La vaca estaba chorreando sangre, Enrique. Es grave soñá con eso. Quédate, quédate.
Y mientras doña América le perseguía relatando su sueño, Enrique llenaba una vieja lavacara de aluminio con agua y se aseaba para irse al Cumandá.
Ese día era el primero de clases en toda la sierra, pero Ignacia, no irá a la escuela.
No había plata para los útiles ni para la matrícula ni para…
La niña no comprendía por qué sus antiguos compañeritos la ignoraban ¡Sólo han pasado unas semanas! Y así ella cerró la ventana del cuarto, se sentó sobre la cama y observaba la discusión mientras el hombre preparaba su máquina de afeitar y convertía en espuma un jabón. Realizó el ritual de los hombres que huyen de las quejosas mujeres y los fastidiosos niños y se pierden bien lejos de sus moradas, en lo que sea. Él se refugiaba en el alcohol, que era el único amigo que le daba pan y lecho sin sudar en la simpleza del mundo, le mentía y le rasgaba la piel y el bolsillo con indolencia. Al anochecer cuando llegaba al cuarto, si llegaba, le esperaba una pantera asesina, agigantada y deformada por su visión etílica y fanfarroneando su hombría, por los ardores del agua, lanzaba también sus improperios, mentadas y también los golpes, pero la pantera era más fuerte que el gallinazo. Ignacia, en el medio, veía volar los cuervos de las palabras soeces salidos de un infierno oscuro y sobrecogedor. Luego, todo cesaba, con los conjuros entre dientes de doña América y los quejidos hiposos de Enrique. Afuera, los sapitos y el aullido de los perros denunciaban el silencio del barrio.
...
-Sí, trabajo dice él, cuando se ha visto que sea trabajo empinar la botella, en vez de quedarse solo por hoy, porque, seguro va habé pelea. Lo sueño nunca equivocan y yo tengo este pálpito Jesú María Santisima, y esta puerca sucia que no sirve ni pa prendé el fogón. A tu edá, tu hermana ya me llevaba el desayuno a la cama. Y el bonito, que lo único que hace es insúltame, darme dolor de cabesa, tate, va a venir borracho. Ya estoy cansada. Esto no me lo merejco. Un día d’esto’ me largo pa mi tierra y se quedan lo do, a ver…- Así estaba doña América, refunfuñando cuanta letanía atinaba a pasarle por la mente cuando se oyó por la puerta que daba al patio unos golpecitos y la voz endulzada de la vecina del terreno de al lado.
-Vecina Meri!, ¿Se puede?
-Diga vecina Blanca, pa qué soy buena.
-Aquí que vengo a pedile un favor bien grande.
-Diga nomás qué se le ofrece- respondió doña América tratando también de afinar su voz.
-Que me dé viendo al Roberto y a la Magali. Yo le he de pagar cuando vuelva.
Verá, es que como ya está bien viejita mi suegra se ha caído y se ha roto la cadera, y como el mío está de viaje, toca ile a cuidar en el hospital.
-No se preocupe vecina, yo se los cuido.
-Me shevo al Mauricio, ahí le dejo ya preparada la mamadera pa la Magali cuando se despierte. Ah, y hay comida, calentarále y serviránse usté y la suíta, nomás. Al Roberto ya le dejo comido y stá viendo la televisión.
-Ah, bueno vecina, vaya nomá tranquila que ahorita subo.
-Taluego.
-Taluego.
Las comadres se despedían mientras el barullo del cuarto contiguo de la casa aumentaba entre la saturación del relato deportivo, los gritos entre festivos y alevosos de los Chiluisa, el ruido de botellas o vasos rompiéndose, el Aucas había perdido. “Y esto me faltaba. Esto’ longo’, a quiene les serví cuando no tenían ni pa comé, a quiene los ayudé cuando se murió su muchachito. Si no hubiera sido por mi hubieran ido a la cárcel, porque ese muchachito estuvo yorando toa la santa noche y esto’ que roncaban ni me oyeron cuando le fui a golpeá la puerta, ni se dieron cuenta que la criatura se estaba muriendo. Yo que fui a buscar al padrecito pa que le diera la bendición a ese angelito, yo que le presté plata pa que pudieran hacele el velorio. Y así me pagaron, acusándome de que le había robado. ¡Roñoso’, miserable’!”
América estaba por estallar así que prefirió empeñarse cuanto antes en el encargo. Sus pálpitos eran más fuertes. “Mejor evitar una desgracia”. Arremangándose la pollera de paño que llevaba ese día, trepó por el pequeño chaquiñán hasta la vivienda de Doña Blanca. Previamente había dejado a Ignacia la tarea de lavar los platos en el patio, así ella la vigilaría desde la terraza contigua.
“Al fin, un poco de sosiego” pensó mientras bombeaba la válvula del reverbero. Un fósforo, otro, no encendía. “Ha de estar tapao”. Decidió limpiarlo. Vacío la escasa gasolina que había en una lata. “Tal como pensé, esta gasolina está sucia.” Como si el tiempo quisiera andar más lento, la beba seguía dormida y Roberto seguía viendo la TV. Un silencio pesado acompañaba el soplido y el bombeo de la válvula.
Se oyen bufidos y palabrotas y otras ininteligibles atravesando el zaguán de la casa. El indio Chiluisa, beodo y azuzado por los vasos de Crystal, va gritando y pateando cuanto obstáculos se le cruza. De una patada derriba la desvencijada puerta que separa el patio con la calle. Se dirige a la niña arrodillada frente a las lavacaras. -¿Dónde está la negra pucta de tu mama?- La tambaleante figura se agrandó sobre Ignacia, la agarró por el cuello y la tiró al suelo. Con horror ve la chica que se lleva las manos a la bragueta.
-¡Mami!, alcanza a gritar al tiempo que rodando se escapa hasta la cocina. Un trozo de leña silba en el aire y da en la espalda del borracho. La pantera ha saltado la terraza. La mujer del Chiluisa ha entrado corriendo y suplica a la negra que no le pegue a su marido. Se lo lleva casi arrastrando entre desvaríos y escupos.
-Entrate al cuarto que yo ya vengo con la comida. Tranca bien la puerta.
“Esto no habría pasado si no se hubiera ido el bonito del Enrique, tate, cuando vuelva, ya lo va a ver. Supersticiones mías dice él, ahí está. Pobre de él que venga borracho. Esto no es vida”.
Fue a ver a los niños de su comadre. Para entonces, Roberto se había quedado dormido y la nena estaba despertándose. Emprendió de nuevo la tarea de encender el reverbero para calentarle el biberón a la criatura.
Ignacia, ha desobedecido a su madre y ha salido del cuarto. La ve de espaldas a la calle frente a la hornalla encendida. Ve también a Chiluisa subiendo en puntillas como en acecho hacia donde estaba su madre. Lleva algo en la mano, el pico de una botella.
-¡Mami!- grita angustiada. América sin darse vuelta le ordena que vuelva al cuarto. El chacal avanza.
¡Mami! grita por segunda vez y ahora sí se voltea, a tiempo para esquivar el golpe traidor. La pantera retrocede, el chacal intenta asestar un segundo golpe, aún zigzaguea.
Una nube sorda de acontecimientos se impregnará eternamente en la memoria de Ignacia.
Ve cómo su madre hunde las manos en los bolsillos de su falda, saca una caja de fósforos y enciende uno. Con la puntería que le caracteriza prende la gasolina sucia de la lata. Un tercer golpe del indio y ella con una agilidad diabólica alcanza la antorcha y se la tira.
Ahora la antorcha es enorme y gira consumiendo el poliéster rojo y amarillo del chacal que aulla desesperado, cae y se retuerce entre gritos ahogados.
Se materializó todo el barrio al instante. Algunos para socorrer al que se estaba quemando. Otros para…
Ignacia corrió a abrazar a su madre. La turba frenética por la morbosidad y el racismo daba rienda suelta a la lengua.
-¡Negra incendiaria! ¡Negra asesina! ¡Bruja sucia!
La policía llegó antes que la ambulancia. A empujones se abrió paso hasta el cuarto donde estaban la rehén y los tres niños que lloraban. Ella, inmersa en la pesadilla de la vaca negra. Tal vez chorreaba sangre, tal vez chorreaba fuego.
El nudo entre madre e hija fue brutalmente desecho por los gendarmes. La esposaron mientras los curiosos le lanzaban piedras. Algunos policías trataba de alejar a la multitud. Los niños quedaron encerrados con candado en el cuarto de Doña Blanca, pero Ignacia, quería estar con su madre a toda costa. De algún modo trepó por la ventana, saltó al patio y fue corriendo hasta casi alcanzarla. Vio cómo la metían en la patrulla. Percibió una última mirada, sin lágrimas pero tan profunda que dolía, que parecía darle la facultad de volar, alcanzar la patrulla y detenerla y así hubiera sucedido de no ser por una mano fortuita que le impidió ser arrollada por una camioneta.
Lídice Robinson
Buenos Aires, marzo de 2013
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