Yo no entendía lo que quería decir mi madre con "Cuándo tú taba entro e mi barriga, yo sufría de vértigo y me tenía que agarrá de la parede o de algún pojte porque si no sentía que me agarraban la' tripa y me la' tiraban pa'bajo."
En búsqueda de la sensación de las tripas, en el gran patio giraba y giraba con los brazos extendidos y lo más rápido posible y caía al suelo mientras terminaba de dar vueltas el firmamento de estío y las rayitas incandescentes se reducían a temblorosos y desordenados puntos celestes, lo más parecido eran los tirones de hambre y despues...
Un día volví a vivir con ella por un período breve y estaba por cumplir los catorce. Eran las 11 de la noche. Altísima hora para una ciudad que se ensombrece temprano. Mi madre y yo volvíamos del cine. Mis recuerdos no se atinan con el nombre de la película. Ladridos de perros en desacompasado coro nos habían acompañado desde la calle Chile hasta la Av. Napo, en lo alto de la colina. Todavía quedaba camino que subir para llegar a la vivienda y había que cruzar el puente metálico desde el cual se veía casi toda Quito, tanto el norte como ese creciente sur. El suave y grave acento costeño de mi madre me adentraba en una fantasía para terminar saliendo en otra, con sus relatos. Eran así nuestras caminatas obligadas, desde que puso en verbo la memoria, y tal vez por eso el cansado el retorno a casa se me hacía como viajar en litera de la cual me tenía que apear a veces bruscamente cuando llegábamos. Volvamos a esa noche y a ese puente... Aún lo estábamos cruzando cuando empezó un violento temblor que parecía que nuestro camino se nos desvencijaba, los postes de luz danzaban infernalmente sacudiendo sus eléctricos cabellos cerca del puente. Mi terror reconoció el vértigo como una mano oradándome las víceras, caí de rodillas sin poder articular ni grito ni palabra y tuve la sensación de que mi madre se había desvanecido. Alcé la vista y la vi parada en el centro casi flotando, con los brazos en cruz y de cara al Sur. Y escuché de sus labios una oración tan poderosa que al abrazarme a sus pies la tierra volvió al sosiego, el estruendo se deshizo como espuma dando lugar a los aullidos de los canes del vecindario.
-Ya no va a haber má temblore ejta noche- y no dijo nada más. Yo tampoco. Yo sabía que ella entera se había convertido en oración y dejando atrás ese pasillo de latas, en silencio subimos la última cuesta por el centro de la calle, no sea que se derrumben algunas casas después del terremoto. De tanto en tanto la miraba, ahora envuelta en otros pensamientos y se me presentaba en otra dimensión, aquella que aún hoy me resulta inalcanzable. Esa noche tuve uno de los más fantásticos sueños donde se conjuraban un pasto violeta y nueve lunas. Desde entonces no podía cruzar un puente ni utilizar escaleras eléctricas, ni ascensores con vista afuera sin que me ataque el vértigo y las náuseas, hasta que Ana vino a mi vida para poner las cosas en su lugar.
miércoles, 24 de octubre de 2018
Terremoto y calma
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