De "América y la tierra"
Van llegando los amigos.
Todos traen presentes para la reina de la
fiesta. Un rico helado de mango, torta de piña con chocolate, bombones de café
colombianos. Llega mi amiga con su cuatro venezolano y su mamá con una perrita
y una cinta roja. Son las doce del día; yo estoy contenta porque ya están todos
los invitados. Pongo a punto mi guitarra y ensayamos lo que vamos a cantar
cuando aparezca.
Es que no se lo espera. Nunca en su vida ha
tenido una fiesta sorpresa. Habrá música, canto y baile.
La última vez que hablamos le dije que
necesitaba de urgencia que me hiciera una limpia con ruda, para alejar los
malos espíritus, una cura de las que ella sabía hacer y que después nos íbamos
a festejar en algún restaurante.
Pasan las horas y cada vez que suena la
puerta corren todos a esconderse, yo asomo la cabeza con la consiguiente decepción. El medio día de junio apura la
chicha de avena y naranjilla, ya va haciendo hambre. Es la una. Inquietos los
convidados empiezan a rondar por la cocina. Destapan las ollas. Son las dos.
Impostergable se vuelve el servicio de la comida y la sorpresa es para
nosotros. Mamá, no llega. Sospecho que va a llegar muy tarde. En fin, decidimos
celebrar su cumpleaños in absentia. La
tradicional ronda de cachos, a cual más jocoso. Todos ríen y se divierten;
joropo, sanjuanitos, uno que otro pasillo, se desliza por allí alguna canción
romántica y así uno va olvidando el propósito de la fiesta. Se pasa bien
mientras anochece y arriba la constelación del escorpión ha dado un paso más
hacia la madrugada. Seguramente, mientras los asombrados invitados se van, mi
madre está siendo el centro de la atención de desconocidos.
Hoy, me asombro, la admiro, la vislumbro en
su realidad y me reprocho la pequeñez de entendimiento al intentar sujetar con
cuerdas la candela.
Me reprocho la pretensión de tener una madre
común que aprisionar en la sociedad, al invitarle a los recitales en los que
cantaba o los conciertos de coros que tuve la oportunidad de dirigir.
Muchas de esas veces, mi madre llegaba al
final, eso sí, con toda la pompa que su idea de elegancia tenía. A veces,
cuando estaba dirigiendo, yo sabía que había asistido a la cita porque la gente
empezaba a voltear la cabeza hacia ella, bien, distraídos por el ruido de sus
inseparables bolsas de plástico, o las veces de mayor etiqueta, atraídos por un
punzante olor a perfume barato, es más, me parece recordar el nombre de la
fragancia: “Tabú”.
¡Pobre mi madre! cuando yo le lanzaba una
mirada de aquellas…Otras veces llegaba cuando todos nos habíamos ido. Así que,
para asegurarme de que no se pierda la invitación, aprendí a citarla tres horas
antes del evento. De alguna manera se las arreglaba para llegar tarde, pero ya
no tanto como antes.
Años después comprendí, que no es que mi
madre tuviera problemas de puntualidad.
Es que es un ser sin Tiempo. Es de ese tipo
de personas que viven aparentemente en el carril de nuestra frecuencia, la de
los demás mortales, y cuando quiere uno darse cuenta son inasibles, como de
otra densidad molecular. Para ella el tiempo, las horas son sólo números. No
recuerdo haberla visto jamás preguntando la hora, ni con un reloj en la muñeca.
Tampoco, el tiempo vivido con ella, he visto que se preocupara de mirar uno o
los muchos relojes que pudiera yo tener por toda la casa.
Ella solo atendía (y seguro lo sigue haciendo
hasta ahora) el repique de las campanas. Los aires de Quito, amigos
rioplatenses y del mundo, son salpicados por el clamor de sus campanarios templados a cual más bronce, a
cual más barroca devoción y mi madre, con su oído de tísico sabía qué iglesia
daba la hora y a que debía su llamado.
“Ve, éjte e’ del Tejar- decía- ya deben ser
la sei” o “ éjte de La Mercé, tan yamando al Angelú”. Su reloj eran los ruidos
del día, de la noche, los gallos, los perros, su reloj era la luminosidad del
cielo, y no importaba si estaba nublado o no, ella sabía la hora, pero no
aquella de sesenta minutos con sus divisiones, sino el tic tac de su tiempo, de
su selva, la persistencia de su mar, y ¡qué pena! si el mundo no se ajustaba a
ella, mi madre seguía adelante con su parsimonia, con su concienzudo hacer. Si
por alguna razón debía saltarse algunos segundos de su tren, todo resultaba en
un descarrilamiento de torpezas que la transformaban en un incendio
incontrolable. Yo creo que todavía su esencia permanece en ese estado.
Ella se quedó flotando en un aire de conjuros
para que escampe pronto en las más terribles tormentas, ella se quedó en cruz,
en el eje de los sismos veraniegos, ella sigue bautizando a los aparecidos y
espantos, sigue desafiando a los remolinos de hojas que le silban y envuelven,
sigue rodeándose del mundo en los cartones, bolsas y botellas que este le deja,
para ver si así pisa la tierra, si así se sintoniza con el restos de los
mortales. Vano intento. Ella es un dragón de fuego y los dragones no existen en
estas dimensiones.
En el fondo, sin enojo, yo sé que no será la
última vez que la esperada luna no aparezca. Sus menguantes me han acompañado
siempre y es porque ha preferido seguir de soslayo la pasión de sus cintura.
Allí donde haya fuegos artificiales, banda, música y plaza, allí estará
danzando con toda la sabrosura de su alma.
Buenos Aires 9 de agosto de 2013

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