domingo, 16 de marzo de 2014

Delirio

(De América y la tierra)

Son casi las once, tibia y silenciosa es la noche.

Vienen por la Calle de las Siete Cruces dos mendigos viejos, vienen cargando sus costales llenos de tereques y susurrando sus filosóficas penas.

Ignacia, desde la recova de Santo Domingo, cansada de recoger los mullos regados entre las piedras, se encamina sola hacia la Plaza Grande. ¡Hambre! gritan sus tripas y alarga sus manos pidiendo pan, pero la gente que se detiene no sabe que es una niña y le regalan objetos y ropa vieja, y ella agradece con una sonrisa dolorosa. Ya no le quedan manos para pedir, pero sigue acuciándole el hambre y ahora el dolor en la garganta por no poder llorar.

El Sagrario hace el último llamado para los rezos, Carondelet ha iluminado su pasaje y su reloj da las doce, las beatas y los últimos devotos apuran el paso y la plaza queda desierta. El cielo muestra su indolente azul ante la soledad de Ignacia. Hay una pertinaz lluvia de estrellitas de fantasía que la lastima con sus chispas. Es Noche Buena pero le es ajena la alegría. Llegan los viejos vagabundos por la esquina y al verla detienen su coloquio. La encuentran sentada en el suelo abrazando sus rodillas. Son dos abuelos, olvidados también por la alegría. Ellos sí se dan cuenta de que es apenas una infante. ¿Dónde está tu madre? preguntan y ella, señalando calle abajo responde angustiada: ¡Danzando!

Entonces uno de los ancianos abre su morral y sacando del mismo algo que parece ser la miniatura en oro de la Basílica, se la ofrece y le dice: Tiene música. ¡Ábrela!

Ignacia toma la miniatura y levantando la tapa alcanza a oír una melodía muy bella, quizá la más bella y triste que pudiera recordar. El otro anciano le extiende en la mano una trenza de pan y le dice: Come con nosotros la mitad, la otra es para tu mamá. Ignacia abre los ojos y dejándolo todo toma la mitad de la trenza y corre contenta hacia la iglesia de San Agustín. Llega y en vez de la cruz que guarda la puerta ve una pileta de agua alrededor de la cual se halla su madre descalza y ajena danzando un fox. Ignacia la llama pero su madre parece ida y se evapora en el aire cuando la niña se abraza a sus pies. Un sollozo la sacude y la despierta en la inmensidad del dormitorio de las niñas. Se vuelve a dormir a ver si encuentra a su madre otra vez.


Lídice Robinson
01/01/2014

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